Final de conversación

Este nuevo siglo ha sido marcado por el efecto que las tecnologías de las comunicaciones han tenido en la sociedad. Ahora permanecemos en estado de conversación permanente con todos nuestros contactos, al menos hasta el punto de lo inefable. Homenaje a Liliana Bodoc.

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Por Laura Demidovich y Valeria Sorín

Mantener abierto el diálogo es el mandato de hoy.

Este nuevo siglo ha sido marcado por el efecto que las tecnologías de las comunicaciones han tenido en la sociedad. Primero, por el estallido de los blogs, donde alguien se especializaba en algún tipo de repertorio o saber y editorializaba desde su sitio personal. Desde la extensión de esta práctica, se pudo observar una transformación en la construcción de los referentes y creadores de tendencias. Cierta lateralización que se agudizaría con la siguiente irrupción.

Está muy dicho ya que las redes sociales –Facebook, Twitter, Instagram, YouTube– nos han dejado sin intimidad, ya que las esferas que la era moderna había definido –ámbito público, ámbito privado–, que incluso se habían delimitado arquitectónicamente –zaguán, recibidor, sala diferenciados de las habitaciones–, fueron dinamitadas. Y somos nosotros quienes nos paramos a diario en esa construcción para, pico en mano, terminar de derribarla posteando encuentros, amores, platos del día.

La tercera de estas tecnologías, el wasap –o en su denominación en inglés WhatsApp–, ha impregnado nuestra vida cotidiana con la propuesta de no concluir ninguna conversación. Todos estamos por wasap en permanente contacto. Cada participación es un eslabón en un hilo interminable de comentarios. “Cambio y fuera” no parece una expresión consistente para este tipo de comunicación, por lo que es más habitual que las despedidas tengan algo como: “La seguimos después”.

Si la metáfora a utilizar la ancláramos en un tiempo verbal, hemos pasado del presente “Nosotros somos”, al continuo “Estamos siendo”. Enflaquecimos el horizonte de nuestra existencia para creer que no tiene borde, que es por lo tanto infinita.

¿Qué buscamos nosotros, habitantes del siglo XXI, con tanta conversación interminable? Escaparle a la muerte. O al menos sostener la ilusión de que no existe.


La cachetada final

CLD2018-marzo-Editorial-Bodoc2 Diario Z

A principios de febrero de este año, nos enteramos de la noticia del fallecimiento abrupto de la escritora Liliana Bodoc. La noticia corrió rápidamente por las redes y todos aquellos que la conocíamos y la admirábamos –se debe notar que no había posibilidad de conocerla sin admirarla– expresamos el estado de perplejidad en el que estábamos. Lo que dio lugar a la expresión del dolor, y posteriormente al homenaje.

Pero si ayer/la-semana-pasada/el-otro-día me-la-crucé/me-dijo/me-escribió/charlamos”.

Lo inefable.

¿Cómo puede haber silencio ahora en esta conversación si estaba abierta? ¿Cómo que no tendré posibilidad como lector de vivir como saga el Tiempo de dragones? ¿Cómo…?

Cuando un escritor muere, la obra queda finalmente concluida. La obra está ahora completa. Tiene lugar lo verdaderamente inefable. El cachetazo suena en el silencio, en el vacío de palabras en que nos deja el final.


Oda al punto final

Los lectores suelen quejarse de la sensación de vacío y de expulsión del mundo literario en el que se habían sumergido que les queda al arribar al punto final de una novela. Hay quienes recomiendan leer varios libros a la vez solo para no sentirse tan vacíos de mundo.

Sin embargo, en la era de las series y las sagas, habría que escribir una oda al punto final. Porque, si la literatura brinda algo, es la posibilidad de experimentar y jugar con las metáforas para tener posibilidad de dar contexto y palabra a la vida. El punto final nos dice que las conversaciones no se extinguen, como la vida puede y va a terminar en algún punto.

Y hay un vacío. Porque el modo preciso en que Liliana Bodoc brindaba mundo es irrepetible. Ese vacío no pide ser llenado, sino admitido.

A diferencia de la vida, los libros pueden ser releídos. Y los escritores pueden ser redescubiertos y disfrutados en sus obras. Una forma diferente de continuidad: la trascendencia.

CLD2018-marzo-Editorial-Bodoc1

 

Ranitas galvanizadas

Por Andrés Sobico.

Una tarde del año 1773, Giovanni Aldini está pescando ranas. Prefiere no cazarlas con trampas, porque para eso no necesitaría ninguna habilidad. A Giovanni le gusta ir hasta al borde de la laguna y acecharlas con una gran caña. Como carnada usa polillas o mariposas, que ata de un piolín muy fino que cuelga del extremo de la caña. Luego las hace volar sobre el borde de la laguna “infestada” de ranas, según dice su tía Lucía, que no les tiene mucha simpatía a los batracios.

Las ranas las pesca para su tío, el famoso doctor Luigi Galvani, que además de médico es un estudioso de la fisiología de las ranas entre otras muchas cosas interesantes que Giovanni ni sabe. Siempre diseccionan ranas juntos, su tío ya le prometió que para cuando cumpla doce le va a regalar su propio juego de pinzas y bisturís; siempre le dice que las ranas son una fuente de conocimiento muy importante, porque su fisiología tiene un gran parecido con la anatomía humana.

Después les gusta comerse en la cena un estofado de patas de ranas con ravioles de seso de ranas; ese plato es exquisito, aunque trabajoso de preparar. (Giovanni sospecha que por eso a su tía Lucía no le simpatizan).

La rana y la mosca, de Josefina Wolf para el libro Pequeñas teorías sobre el comportamiento animal. Andres Sobico y Josefina Wolf. Ed. La Bohemia
La rana y la mosca, de Josefina Wolf para el libro Pequeñas teorías sobre el comportamiento animal. Andres Sobico y Josefina Wolf. Ed. La Bohemia

Pero volvamos a la laguna donde dejamos a Giovanni con su larga caña, al borde de esa laguna artificial. La técnica es fácil, al agitar el insecto aleteando la rana no puede evitar pegarle el lengüetazo y atrapar la polilla, en el mismo momento en que la polilla entra al buche de la rana el chico hace un gesto hacia atrás con su muñeca y la rana viene como volando hacia su mano, la retira del extremo del hilo y va a parar, viva, a un canasto que tiene a su lado para eso. Si hace todo muy rápido a veces hasta recupera la polilla entera, lista para seguir siendo un señuelo vivo y volador. Hoy ya acumuló un par de docenas de batracios, es tiempo de volver a la mansión de su tío, en la que se queda a veces un mes entero, −él tiene muchos hermanos, pero sus tíos no tienen ni tendrán hijos−.

Cien metros antes de llegar Giovanni ve estacionado un carruaje de esos modernos con amortiguadores y vidrios perfectos, lo reconoce porque ya lo han llevado a pasear en él ¡y hasta le dijeron al cochero que se lo deje manejar por un rato dentro de la gran propiedad!

Es de Alessandro Volta, un colega de su tío que sabe también muchas cosas. A don Alessandro y a su tío y les gusta hacer tertulias eléctricas, así las llaman; se reúnen con amigos nobles y ricos como ellos y hacen experimentos con ese fluido moderno que llaman electricidad. Aún no ha nacido ni el abuelo de Edison, así que no hacen prender lamparitas, nada con luz. Juegan de otra forma. Primero dan vuelta una manivela que hace girar una piel de conejo. Al dar vuelta la piel se frota contra una botella de vidrio con agua y un trozo de metal dentro. De esa botella sale un clavo de cobre, o algo así, lo importante es que esa botella guarda electricidad, eso lo tienen que hacer siempre para poder guardar electricidad en la botella. Con la punta del clavo tocan alguna parte del cuerpo de la dama divertida que lo pida. Un chispazo sale de la botella y la dama salta de su sofá para risas de todos y de ella misma.

Rana-galvani

Ahora Giovanni entra corriendo a la mansión para saludar con un abrazo de niño al tío Alessandro, como él le dice; pero los encuentra a ambos científicos en una acalorada discusión académica, ambos con un puro y una copa de lemoncello en sus manos. Giovanni no se preocupa mucho porque entiende que esos queridos señores están discutiendo para saber más y un poco también como quién juega a los naipes para ver quién gana.

Sin interrumpirlos él se queda mirándolos, y piensa que cuando sea grande él también va a ser un científico así y va a poder echar humo fumando puros mientras habla de todo lo que sabe como si fuera una máquina a vapor que nunca para −Giovanni Aldini no sabía que, en su futuro, ese sueño se le iba a cumplir−.

Cuando los dos hombres lo ven, abren sus brazos para recibir al niño.

Tío Luigi le cuenta que don Alessandro ha traído para mostrarles su última invención, que aún es bastante secreta. Pero quiere que ellos la usen en sus experimentos con ranas.

Por casualidad, hacía un tiempo que el tío Luigi había descubierto que, si se acercaba el clavo de cobre de una de esas botellas eléctricas al cuerpo muerto de una rana, al saltar la chispa la patita se movía. El descubrimiento había tenido lugar cuando estaban diseccionando una rana. Giovanni enseguida le había pedido si podía usar ese procedimiento con ranas vivas, para así poder ganarles a sus amigos en las competencias de saltos de ranas que hacían en la escuela. El tío Galvani se había negado rotundamente, no sólo porque tendría que llevar las botellas de Leyden a la escuela, además del artefacto a manivela para cargarlas electrostáticamente, sino porque experimentar con electricidad con ranas vivas le parecía una crueldad, ¡y menos para jugar!

Quizá por eso, una semana antes, cuando lo había encontrado en su laboratorio jugando con el hijo del jardinero, lo había perdonado; porque las dos ranas que estaban usando no estaban vivas.

 


Función de títeres

El juego que había inventado Giovanni era de competencia, como casi todos los que se le ocurrían. El juego estaba inspirado en las marionetas sicilianas que andaban de pueblo en pueblo, y que su tío tantas veces lo había llevado a ver en la piazza de Bologna, frente a la universidad donde daba clases.

En esos Pupis Sicilianis, así les llamaban, siempre había caballeros y moros que peleaban con espadas y que tenían unas armaduras espectaculares y que casi siempre había que salvar a una reina secuestrada o a una princesa.

La primera vez Giovanni había quedado fascinado, les parecieron mágicos; al terminar el espectáculo, el tío Galvani lo había llevado a ver “el otro lado” del escenario, y allí, un amable titiritero, con esa tonada entre italiano y siciliano, le había mostrado como eran los gestos técnicos y los controles para manejar la espada, el escudo, la cabeza y las piernas y brazos.

En ese momento, hacía un año, no le había gustado tanto saber cómo era ese otro lado, pero después fueron a verlos como cinco veces más y él ya se había hecho amigo de los titiriteros y era casi un experto en el tema, que usaba para hacer sus propios Pupis en su escuela y ser popular.

Pero el día en el que el tío lo descubrió en el laboratorio; Giovanni ya tenía la idea de hacer un ring de box para ranas. En cuanto el tío de fue a dar clases a la facultad en su carruaje con chofer, y aprovechando que su tía ese día −como tantos− no se sentía tan bien como para levantarse de la cama, el chico se fue directo al laboratorio y puso manos a la obra. Armó rápidamente el ring a la medida de las ranas. Mediante unas perchitas de alambre que hizo especialmente, ya tenía a un par de ranas −de las muertas− erguidas en cada lado del ring, listas para luchar.

Le llevó un rato de darle a la manivela con el disco de piel de conejo para cargar con electricidad todas las botellas de Leyden que pudo encontrar en el laboratorio.

Cuando las tuvo listas, con la seriedad que caracteriza al investigador, fue probando en diferentes partes del cuerpo de la rana. Tocaba con el clavo, saltaba la chispa, y la rana se movía, a veces abría la boca, o un ojo; pero eso no le interesaba, el estaba buscando dónde debía colocar la chispa eléctrica para que moviera un brazo o el otro, una pierna o la otra. Le llevó bastante tiempo la búsqueda, porque a cada rato debía cargar de nuevo todas las botellas. Por eso fue por lo que llamó al hijo del jardinero para que lo ayude con la manivela, prometiéndole que luego jugarían juntos. Rocco le dijo que sí, con la condición de jugar con la ranita más verde.

Giovanni se dio cuenta que si al clavo de cobre de la botella le conectaba un alambre fino de cobre quedaba mejor, porque no se veía tanto a los titiriteros eléctricos. Tres horas después ya sabían hasta como hacer que movieran los brazos de diferentes maneras según donde hacían caer la chispa en el cuerpo de las ranas fallecidas.

Cargaron todas las botellas con electricidad y se repartieron la mitad para cada uno, cinco botellas por cada participante. Luego se pusieron uno a cada lado de la mesa, Giovanni cumplió su promesa de dejar que Rocco usara la más verde, porque a él le gustaba más la que tenía manchitas marrones, le parecía más guerrera.

Pactaron jugar a cinco rounds de un minuto cada uno, el gran reloj científico a péndulo del tío tenía segundero, porque les parecía que iban a gastar una botella por round.

En el primer round, quedó claro qué divertido era ese juego.

En el segundo round ya vieron que no les iban a alcanzar las botellas porque se entusiasmaron y las ranas tiraban más piñas y patadas al aire que otra cosa.

En el tercer round, Rocco ya había aprendido a economizar electricidad y a esperar el momento para conectar el chispazo y que su rana mande el golpe certero a la de manchitas marrones.

Al comenzar el cuarto round Giovanni Aldini anunció al imaginario público que él iba ganando, y ahí fue justo que entró el Tío Galvani por la puerta del laboratorio.

Es largo de explicar lo que pasó después, pero sepan que Rocco no fue castigado, y que Giovanni fue obligado a escribir caligráficamente ab-so-lu-ta-men-te todo lo que había aprendido al desarrollar el juego. La explicación debía incluir detallados dibujos anatómicos de las ranas y un dibujo técnico aparte del sistema de conexiones eléctricas.


El nuevo match

Eso había sucedido hacía unos quince días atrás, hoy su tío Galvani le cuenta que el señor Volta había traído este artefacto, el primero en su tipo, con el que iba a revolucionar la ciencia de Italia y el mundo.

Abrió la puertita de una caja de madera angosta y alta, y sacó como un tubo de vidrio de 40 centímetros de alto. Adentro se veían como monedas de cobre y monedas de níquel apiladas, una y una, una y una. Y entre las monedas algo que parecía algodón mojado. De la base salía un alambre y de la parte de arriba salía otro.

Volta se lo mostró con orgullo a Giovanni. Le dijo que habían imaginado con su tío varios usos científicos para su novedosa pila eléctrica. Sin embargo, él había traído hoy no una sino dos pilas eléctricas y, si a Giovanni le parecía bien –dijo mientras le guiñaba un ojo a Luigi Galvani− podían ir ahora mismo al laboratorio de su tío a jugar una lucha de ranas.

El tío Galvani estuvo de acuerdo, pero como castigo de la travesura del otro día la primera lucha eléctrica de ranas sería entre el Signore Volta y el Signore Galvani. Giovanni debería hacer de presentador y árbitro.

Y si quieren saber sobre el futuro venturoso que finalmente tuvo en su vida Giovanni Aldini, el famoso sobrino de Galvani, gugléenlo por favor.

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Para seguir leyendo

  • Sobre la electricidad animal, Luigi Galvani y Giovanni Aldini.
    En su obra publicada en 1791 “Comentario sobre las fuerzas eléctricas que se manifiestan en el movimiento muscular” (De viribus electricitatis in motu musculari commentarius, 1791), Galvani logró demostrar la producción de corrientes eléctricas en el seno de los tejidos animales, sobre todo en los músculos.

 

 

 

 

Los olvidados (¡¿)

En la escuela nos enseñaron que los signos de exclamación y de interrogación son dobles: uno de apertura y otro de cierre. Esto que llevamos tan marcado en nuestro cerebro parece que se nos olvida en estos tiempos de inmediatez tecnológica.

Por Norma Castellano

Todo lo que se cierra, alguna vez se abrió.

En la escuela nos enseñaron que los signos de exclamación y de interrogación son dobles: uno de apertura y otro de cierre. Esto que llevamos tan marcado en nuestro cerebro parece que se nos olvida en estos tiempos de inmediatez tecnológica.

El uso de los signos de apertura de interrogación y de exclamación —peculiaridad del sistema de puntuación del español— se incorpora como norma en la Orthographía (RAE) de 1754, pero recién un siglo más tarde este criterio fue aplicado de forma generalizada.

Estos signos tienen la función de ser marcadores de la modalidad del enunciado. Quien emite un mensaje puede presentarlo, por ejemplo, como una pregunta (modalidad interrogativa) o como la expresión de una emoción (modalidad exclamativa). En los casos en que los enunciados no estén encabezados por un elemento interrogativo o exclamativo (qué, quién, etc.), la presencia de estos signos implica cambios de significado: Ha venido; ¿Ha venido?; ¡Ha venido!

Es un error suprimir los signos de apertura, situación que generalmente obedece a la imitación de otras lenguas en las que únicamente se coloca el de cierre, como el inglés. Sin embargo, las nuevas tecnologías de la comunicación (SMS, Whatsapp, etc.) colaboraron para que nos “olvidemos” de estos signos, ya sea por una limitación en la cantidad de caracteres (Twitter), ya sea porque, por la procedencia anglosajona del dispositivo, no encontramos este signo en el teclado.

En estos nuevos contextos comunicativos, la inmediatez preside en todo momento una comunicación que, aunque escrita, se encuentra más próxima a la oralidad y, en consecuencia, se aleja un poco de las reglas del código escrito. La Ortografía de la lengua española (RAE, 2010), haciendo referencia a las abreviaturas acuñadas en estos medios, establece que son válidas dentro de estos contextos, pero que no deben extenderse a la lengua general.

Podríamos aplicar este mismo criterio a los signos de apertura, pero siempre que sea posible, será preferible tomarse un tiempo para encontrarlos en los teclados de nuestros dispositivos móviles. Y usarlos, por supuesto.

De yapa

-Nunca se escribe punto detrás de un signo de interrogación ni de exclamación.

-Siempre se escriben pegados a la primera y a la última palabra del periodo que enmarcan, y separados por un espacio de las palabras que los preceden o los siguen. Si lo que sigue al signo de cierre es otro signo de puntuación, no se deja espacio entre ambos.

La máquina de ser otro

¿Cómo derribar prejuicios? Cuestión de ponerse en los zapatos de otra persona. Un grupo de jóvenes ha creado una máquina que reproduce la experiencia de ser otro por un rato.

El riesgo es que la empatía sea la forma de lavarnos las manos y sentirnos bien con nosotros mismos”, dijo Marte Roel y me conquistó. La empatía no tiene sentido si solo sirve para limpiar nuestra conciencia y no para recuperar nuestra sociedad.

Marte Roel y Daniel González Franco, jóvenes artistas y emprendedores mexicanos, están muy lejos de esa posibilidad. Junto a científicos, tecnólogos, antropólogos y hasta filósofos son parte del colectivo artístico BeAnotherLab.

En el marco del seminario Diálogos globales: refugiados y migrantes, Roel y González Franco explicaron a una audiencia nutrida que la empatía puede pensarse en torno a una escala cuya base sería el dolor vicario –la empatía en torno de la sensación física–; estaría en segundo lugar la adopción de otra perspectiva, como por ejemplo cuando leemos acerca de una forma de vida diferente a la nuestra; en tercer lugar la empatía propiamente dicha, cuando podemos sentir las emociones del otro; y el punto más alto sería la compasión, que es la empatía llevada a la acción.

Un colectivo para ir a todas partes

The machine to be another
Cortesía BeAnotherLab

El trabajo de BeAnotherLab cuestiona y subvierte las jerarquías entre distintos modos de conocimiento, como son el arte, la ciencia y la tecnología. Su metodología busca capturar a investigadores con abordajes innovadores a través de la realidad virtual.

El proyecto que han estado llevando por todo el mundo es LaMaquinaParaSerOtro (TMBA). Se trata de un sistema de corporización virtual que permite a individuos experimentar el mundo a través de los ojos y el cuerpo de otro ser humano. Combinando realidad virtual, imágenes de primera persona, tacto físico y actuación, la máquina funciona como una plataforma abierta para diseñar experiencias inmersivas y “ser” otra persona.

(Recomendamos ver el video de la sección Colombia: https://vimeo.com/172267667)

El fundamento es sencillo: cuando tengo familiaridad con alguien, puedo empatizar. Todos portamos juicios inconscientes que hacen que no sintamos la misma empatía al dolor o la emoción según prejuicios raciales, religiosos, o de grupo social. Estudios sugieren que el uso de simulación corporal favorece la disminución de prejuicios raciales en esos niveles profundos.

LaMáquinaParaSerOtro nació como la tesis final del máster de Philippe Bertrand en 2011 y ha evolucionado, sumando colaboradores que han enriquecido el proyecto. El grupo central de investigadores está conformado por Philippe Bertrand, Daniel González Franco, Arthur Pointeau, Christian Cherene, Marte Roel.

Una de las innovaciones importantes del trabajo es la de construir conocimiento en conjunto. Por eso la mayor parte del proyecto se encuentra bajo licencias de Creative Commons, o sea con permiso de uso no comercial. Se pueden encontrar procedimientos para construir la máquina de ser otro en: https://github.com/BeAnotherLab

Reproducciones oficiales de La Máquina de Ser Otro son BeAnotherLab (Barcelona, España), BeAnotherLab, (DF, México), Lacuna Lab, Berlin School of Brain and Mind, y Gorki Theatre (Berlín, Alemania), McGill University (Montreal, Canadá), Universitat de Valencia (Valencia, España).


Más sobre este proyecto

 

 

 

Un toque de madera

Como parte de las actividades que Catalunia llevó a cabo como invitado de honor a la Feria del libro infantil de Bologna de 2017, hubo durante un fin de semana juegos interactivos para chicos hechos íntegramente en madera. Un posibilidad unplugged para la imaginación.

Como parte de las actividades que Catalunia llevó a cabo como invitado de honor a la Feria del libro infantil de Bologna de 2017, hubo durante un fin de semana juegos interactivos para chicos hechos íntegramente en madera. Un posibilidad unplugged para la imaginación.

Dominar la máquina

Historia tras bambalinas de la revolución industrial. Un niño que inventa la cibernética. Un mundo donde todo es posible. Por Andrés Sobico.

 

 

Por Andrés Sobico

Este relato narra como un niño aburrido del trabajo repetitivo, con dificultades de concentración en una sola tarea, fue el inventor de la autorregulación de las primeras máquinas a vapor.

 

A Humphrey no le gusta trabajar, dicen.

Siempre tiene problemas en cada lugar donde trabaja: que distrae a los demás porque no para de hablar, o que se trompea con otros más grandes que él, o que será muy hábil metiéndose bajo los telares funcionando pero después hace muy malos nudos.

A Humphrey le dicen Humpy-no-trabaja.

Es un chico despierto, a sus empleadores incluso les cae bien. Hasta tuvo suerte, alguna vez él pidió ir a cierto puesto de trabajo y el dueño de la factory lo asignó como aprendiz de un carpintero especializado en ruedas hidráulicas que trabajaba para las fábricas textiles de última generación, las de telares automáticos. Pero duró poco, (algo pasó una noche) fue Humpy el que volvió una mañana al escritorio del Dueño a pedirle otro trabajo.

Y que voy a hacer contigo Humpy, hace tres años que trabajas para nosotros y encima parece que ahora va a salir una ley que los va a obligar a ir a la escuela y entonces ustedes van a producir menos”; eso siempre les decía como para justificar el salario magro, pero faltaban aún como cien años para que salga la ley que obligaría a enviar a los menores de diez años a la escuela, además de trabajar hasta seis horas por día.

Corre el año 1711 y Humphrey Potter acaba de cumplir ayer once años, aunque no lo ha festejado, y nadie que él conozca celebre sus cumpleaños.

 

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La estación St. Nazare, por Monet

 

Bajo los árboles

El comienzo del siglo XVIII es una época en el que abunda eso llamado progreso.

El efecto colateral de haber arrasado con todos los árboles de Inglaterra para alimentar el fuego de la naciente revolución industrial fue darse cuenta que vivían sobre yacimientos de carbón mineral, algo mucho mejor para quemar. Decenas de miles de ingleses trabajan en las minas y muchos de ellos mueren ahogados en el fondo inundado. “Eso es malo para los negocios porque quiere decir que si está inundado no podemos bajar a buscar más carbón -dicen los Dueños-. Necesitamos ingenios mecánicos que eleven el agua de allí abajo.

Y el vacío vino en ayuda.

Thomas Newcomen era un herrero y pequeño empresario que vio la veta de hacer máquinas atmosféricas de vacío para las minas de carbón que elevasen el agua del fondo. El Engine Newcomen fue la Gran Máquina, la gran bomba que subía el agua y los ingresos de los Dueños de las minas.

Junto a Ella hoy está él, Humphrey Potter. Tiene 11 años y está fascinado, la máquina tiene una altura de diez humpys por lo menos. Allá arriba un gran balancín va y viene lentamente 10 veces por minuto. Estamos en pleno invierno y la temperatura es agradable en ese taller en la entrada a la mina.

-Tu trabajo es fácil -le explicó el Dueño- y de mucha responsabilidad. Acá hay dos válvulas. Cuando el vapor esté listo y llene todo este recipiente, vos tenés que abrir para que el vapor entre a este otro. Justo cuando se llene cerrás, y abrís la válvula de agua fría. Esperás que el balancín baje hasta acá y hacés todo de nuevo. Abrir/cerrar, cerrar/abrir. ¿Entendés? Cuando cerrás una abrís la otra, y cuando cerrás la otra abrís una.

-Sí, ¡entendí!

Humpy siempre entendía todo, y estaba feliz de estar ahí, abrigadito y a cargo de esa Máquina tan moderna. Pero no había podido sacarse la costumbre de preguntar que le había metido en tantos problemas.

-¿Y el que hacía este trabajo antes que yo?

-Se quedó dormido, y la presión de vapor hizo explotar la máquina. Fijate ahí en el techo, quedó pegada una parte de su camisa.

La máquina

Humpy quedó ahí, a cargo de la Máquina, al comienzo fue muy divertido para él, se sentía poderoso haciendo girar la palanca A hasta que la presión del vapor sea adecuada. Y justo al cerrar la A, abrir la palanca B que hacía caer el agua que enfriaba (él no pensaba “A”, y “B”, les había puesto nombres); y el silbido del vapor, y el gran balancín que iba y volvía, 10 veces por minuto.

Después de ese primer largo día, cuando le trajeron su reemplazo de turno y pudo irse a dormir, ya le estaba pasando eso que le pasaba siempre. Era una sensación incómoda, algo que siempre lo había empujado a buscarse problemas.

Se había aburrido (claro que ese verbo no lo conocían los niños de esa época).

Abrir A/cerrarB, AbrirB/CerrarA. Abrir/Cerrar, Cerrar/Abrir.

Casi añoraba las épocas de meterse bajos los telares en funcionamiento.

Ya para la primera semana Humpy había sentido dos veces el peligro: el agotador trabajo repetitivo lo había adormecido y la máquina estuvo a punto de explotar.

Esa noche, en su cama, antes de dormirse, cortó las sábanas raídas y se trenzó dos sogas, tenía la solución.

Al empezar su turno esa mañana, Humpy tenía más sueño que de costumbre. Abrir/Cerrar, Cerrar/Abrir. Abrir/Cerrar, Cerrar/Abrir. Pero cerca del mediodía, cuando se fueron los adultos y él quedó sólo, Humpy hizo lo suyo. Con una soga más un palo de palanca (una de las patas de su cama), conectó una válvula con la otra, y luego la otra soga a un extremo del balancín. Ajustó todo y se alejó tres pasos a observar su obra: el balancín al bajar movía el palo, que movía a la soga, que cerraba la válvula A al mismo tiempo que la otra soga abría la B. Y viceversa, y así.

Humpy comprobó que la máquina funcionaba sola. La máquina se estaba liberando de ese pequeño humano, y ese pequeño humano se estaba liberando de ella. Humpy festejó con pequeños bailes saltarines (por eso le decían Jumpy los otros chicos trabajadores) y, cuando recuperó el aliento, buscó un rinconcito cálido para echarse a dormir.

Así lo encontraron en el cambio de turno.

Humpy, escapando de la alienación; quizá sólo por el goce de inventar; ¿O sólo para poder dormir?, diez días después de cumplir once años, había creado la autorregulación de las máquinas de vapor.

Había inventado la cibernética.

 

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Lluvia, vapor y velocidad, Turner (1844)

 

 

 

Por Andrés Sobico

CV: Profesor en Educación Tecnológica