La construcción de una identidad a través del vestir: Frida Kalho

En Frida Kahlo la originalidad y expresión estética no sólo se representan en su obra, además de pintar, dibujar y escribir de una manera poética e intensa, intervino y transformó aquello que le rodeaba, incluyéndose a sí misma.

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Por Hilda Trujillo Soto

CV: Directora de los Museos Frida Kahlo-Casa Azul y Diego Rivera-Anahuacalli

En Frida Kahlo la originalidad y expresión estética no sólo se representan en su obra, además de pintar, dibujar y escribir de una manera poética e intensa, intervino y transformó aquello que le rodeaba, incluyéndose a sí misma. Creó una imagen y construyó una personalidad a través de su forma de vestir.

Portaba con orgullo indumentaria de las diferentes regiones de México, además algunas de esas prendas fueron creadas y diseñadas por la propia Frida. Es cierto, que este tipo de ropa le permitía disimular la cortedad y delgadez de su pierna derecha, afectada por la poliomielitis a los seis años, y le permitió ocultar su cuerpo destrozado por el accidente que sufrió al regresar de la escuela a su casa. También constituía una manera de agradar a su esposo Diego Rivera, pero sobre todo, le permitió vindicarse como una mujer independiente, sin prejuicios, orgullosa de sus raíces y que no toleraba ataduras sociales o cánones impuestos por la moda de la época.

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El uso de atuendos Tehuanos era de origen familiar. En una de las fotografías del archivo de la Casa Azul, existe una imagen de la familia Calderón donde Matilde madre de Frida aparece, junto a otras mujeres, luciendo vestidos y resplandores característicos del Istmo de Tehuantepec. Se sabía que la madre de Frida era de origen oaxaqueño, pero se desconocía que ella misma portara las ropas típicas de la región. Esta fotografía pudo conocerse cuando se clasificaron las imágenes que estuvieron en baúles, cajones y baños cerrados por casi 50 años en la Casa Azul, Museo Frida Kahlo.

Frida supo valorar esa riqueza y coleccionó prendas de distintas regiones del país. Intervino algunas: utilizaba algodón español, sedas francesas para diseñar su ropa, inspirándose en los atuendos originarios de nuestras culturas. En alguna ocasión, viajando con el propósito de comprar textiles para la Ofrenda de Muertos, que se coloca tradiconalmente en los Museos Diego Rivera-Anahuacalli y Frida Kahlo-Casa Azul, encontramos en una casa en la sierra del estado de Puebla- una fotografía en la que aparecían André Bretón, León Trotsky, Frida Kahlo y Diego Rivera, la cuál es un testimonio de que estuvieron ahí, seguramente adquiriendo prendas, que, por cierto, hoy día se siguen realizándose con gran maestría.

Por otro lado, la madre de Frida Kahlo era una excelente costurera. El gusto por las telas finas, por el juego de texturas y colores, lo hereda la artista. Pero no sólo por esto es que el guardarropa de Frida reviste interés y valor; también es testimonio de una vasta riqueza textil del país, que en muchos casos se ha perdido. Cabe destacar que, gracias a esfuerzos como los de Artes de México, Remigio Mestas, Isabel y Alfredo Harp Helú en Oaxaca y desde luego muchos otros, se ha logrado rescatar diseños que se creían perdidos.

Sin lugar a dudas, Frida Kahlo utiliza la vestimenta mexicana para crear su propio personaje con el que hoy se le reconoce. Es conocido que llamaba la atención por doquier. La prestigiada revista Vogue publicó una fotografía de Frida en octubre de 1937. Diego Rivera y Frida Kahlo fueron amigos de Rosamond Bernier, legendaria editora de Vogue en Estados Unidos, e inspiró a la diseñadora italiana Elsa Schiaparelli para crear un vestido llamado “Señora Rivera”. El gusto y sentido estético de Frida por los colores y texturas de nuestro país han seguido inspirando a artistas de la moda contemporánea, como Jean Paul Gaultier, Dai Rees, Alexander McQueen, Riccardo Tisci – de Givenchy–, Rei Kawakubo – de Comme de Garçons– el dúo holandés Viktor & Rolf, Karl Lagerfeld, Kenzo, entre muchos otros. En particular Gaultier presentó en el año 1998 la colección de moda títulada “Homenaje a Frida Kahlo”.

La ropa fue también un fuerte símbolo y tema principal en la pintura de Kahlo, como lo muestran, entre muchas otras obras, el autorretrato dedicado a León Trotsky (1937), Autorretrato en la frontera entre México y Estados Unidos (1932), Raíces (1943), Perro Xoloitzcluincle conmigo (1938), Autorretrato con resplandor de tehuana (1948), Autorretrato con el retrato del Doctor Farill (1951), Las dos Fridas (1939), Recuerdo (1937), Mi vestido cuelga ahí (1933).

En distintas etapas de su vida, la elección de prendas de vestir significó una búsqueda de identidad para Frida. Así lo demuestran las fotografías donde aparece vestida de varón, tal es el caso de una de las imágenes familiares tomada por su padre el destacado fotógrafo Guillermo Kahlo. A través de su vestuario se puede observar su metamorfosis, por ejemplo, una fotografía en la que se aprecia su círculo de amigos de la preparatoria -Los Cachuchas- , ella vestida de colegiala y mirando retadoramente a la cámara; en contraste con el despertar político-artístico que habría de marcar por completo su vida cuando conoce a Tina Modotti y Diego Rivera, así en otra fotografía vestida como obrera en una manifestación, junto a Diego Rivera caminando por las calles alzando la mano en señal de protesta o en la representación que hace de ella Diego Rivera en uno de los murales de la Secretaría de Educación Pública, vestida de camisola y pantalón de obrera repartiendo armas al pueblo.

Debió ser admirable verla en San Francisco, Detroit o Nueva York, paseando orgullosamente, ataviada con vestidos y joyas de distintas regiones del país, del brazo de Diego Rivera, inclusive se ha dicho que los automóviles se detenían para mirarla. Más tarde, cuando se divorcia de Diego,  Frida se corta el cabello y se viste con trajes de hombre o ropa tradicional. De esta época data la obra Autorretrato con el pelo cortado (1940), que pertenece a la Colección del Museo de Arte Moderno, Moma, en la ciudad de Nueva York.

Sin embargo, hoy se identifica a Frida, alrededor del mundo con el hermoso respandor de tehuana. Este vestido fue pieza preferida en el guardarropa de la pintora, porque con él la artista se inmortalizó, tanto en su obra como en imágenes fotográficas – testigo es aquella tomada en 1939 por Bernard Silberstein. Muchos otros fotógrafos retrataron a Frida Kahlo atraídos por su personalidad y vestimenta: Edward Weston, Nickolas Muray, Lola Álvarez Bravo, Manuel Álvarez Bravo, Imogen Cunningham, Lucienne Bloch, Guillermo Dávila, Fritz Henle, Emmy Lou Packard o Leo Matiz, entre otros.

En la forma de vestir de Frida se puede reconocer la creatividad y el profundo sentido del colorido que tenía la artista. Su ropa, además de ser en sí una manera de esconder flaquezas físicas y emocionales, traduce su fuerte temperamento. Su atuendo fue un elemento fundamental en la construcción de su audaz personalidad que la ha hecho trascender en la historia de la pintura del siglo XX.

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Frida Kalho para armar.

La cosntrucción de una identidad a través del vestir: Frida Kalho

En Frida Kahlo, la originalidad y la creatividad no sólo radican en su obra. Se creó una imagen, se construyó una personalidad a través de su forma de vestir.

Por Hilda Trujillo Soto, directora de los Museos Frida Kahlo y Diego Rivera-Anahuacalli

Frida_CasaAzul_TocadoEn Frida Kahlo, la originalidad y la creatividad no sólo radican en su obra. Ella no sólo pinta, dibuja, escribe, sino que interviene y transforma todo lo que está a su alrededor, incluyéndose a ella misma. Se creó una imagen, se construyó una personalidad a través
de su forma de vestir.

Portaba con orgullo indumentaria de las diferentes regiones de México y algunas piezas
creadas por ella misma. Es cierto que este tipo de ropa le permitía esconder la cortedad y
delgadez de su pierna derecha, afectada por la poliomielitis a los seis años, además
constituía una manera de agradar a su esposo Diego Rivera, pero sobre todo le permitió
vindicarse como una mujer independiente, sin prejuicios, y orgullosa de sus orígenes
culturales.

El gusto por la vestimenta tradicional mexicana le venía a Frida de familia. En una de las
fotografías del archivo de la Casa Azul, existe una imagen de la familia Calderón donde
Matilde madre de Frida aparece, junto con otras mujeres, luciendo vestidos y
resplandores característicos del Istmo de Tehuantepec. Se sabía que la madre de Frida
era de origen oaxaqueño, pero lo que se desconocía es que ella misma usara las ropas
típicas de la región. Esta fotografía pudo conocerse cuando se clasificaron las imágenes
que estuvieron en baúles, cajones y baños cerrados por casi 50 años en la Casa Azul,
Museo Frida Kahlo.

Frida supo valorar esa riqueza y coleccionó prendas provenientes de distintas regiones
del país. Intervino algunas de ellas: utilizaba telas españolas de algodón, sedas francesas
para diseñar su ropa, dándole un estilo indígena. Hace poco, viajando a Huejutla a
comprar textiles para la Ofrenda de Muertos, que se colocan en los Museos Anahuacalli y
Frida Kahlo, nos encontramos en la casa de una de las artesanas con una fotografía en
la que aparecían André Bretón, Frida y Diego, testimonio de que estuvieron ahí,
seguramente adquiriendo prendas de la región, que hoy se siguen realizando con gran
maestría.

Por otro lado, la madre de Frida era una excelente costurera. El gusto por las telas finas,
por el juego de texturas y colores lo hereda la artista, por lo que se entiende que, años
después, la pintora diseñara e, incluso, interviniera su propia ropa. Pero no sólo por esto
es que el guardarropa de Frida reviste interés y valor; también es testimonio de una
riqueza textil del país que en muchos casos se ha perdido, pues algunas piezas no se
realizan más. Cabe anotar que, gracias a esfuerzos como los de Artes de México o de
Remigio Mestas de Oaxaca, se ha logrado rescatar diseños que ya se habían perdido.
Ante todo Frida utiliza la vestimenta mexicana para crear su propio personaje, para crear su unicidad. Tan lo logró que llamaba la atención por doquier. La prestigiada revista Vogue publicó una fotografía de Frida en octubre de 1937. Diego y Frida fueron amigos de Rosamon Bernier, legendaria editora de Vogue en Estados Unidos, e inspiró a la diseñadora italiana Elsa Schiaparelli para crear un vestido “señora Rivera”. El gusto de
Frida por los colores y texturas nacionales ha seguido inspirando a artistas de la moda
contemporánea, como Jean Paul Gaultier, Dai Rees, Comme de Garçons, Alexander
McQueen, Riccardo Tisci de Givenchy, Rei Kawakubo Comme de Garçons y el duo
holandés Viktor & Rolf y muchos otros. En particular Gaultier presentó en 1998 “Homenaje a Frida Kahlo”.

La ropa fue también un fuerte símbolo y un tema principal en la pintura de Kahlo, como lo muestran el autorretrato dedicado a León Trotsky (1937), Autorretrato en la frontera entre México y Estados Unidos (1932), Raíces (1943), Escluincle y yo (1938), Autorretrato con resplandor de tehuana (1948), Autorretrato de Frida y el doctor Farill (1951), Las dos
Fridas (1939), Recuerdo (1937), Mi vestido cuelga ahí (1934), sólo por citar algunas
obras.

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Zapato intervenido de Frida Kalho.

Para Frida, la forma de vestir significó una búsqueda de identidad. Así lo demuestran las
fotografías donde aparece vestida de varón, en una fotografías familiar tomada por su
padre Guillermo Kahlo, o como obrera-artista, con cachucha y camisa de mezclilla. A
través de su vestuario se puede observar la metamorfosis entre su primer círculo de
amigos intelectuales Los Cachuchas y el despertar político-artístico que habría de
marcar por completo su vida en otra fotografía vestida como obrera en una
manifestación, junto a Diego Rivera, alzando la mano en señal de protesta y después su
transformación al portar como reina las indumentarias de distintos orígenes del país.
Debió ser admirable verla, en San Francisco, Detroit o Nueva York, paseando
orgullosamente, ataviada con vestidos y joyas, al lado de Diego Rivera. Se dice que los
automóviles se detenían para mirarla. Más tarde, cuando se divorcia de Diego, Frida se
corta el pelo y se viste con trajes de hombre o ropa tradicional. De esta época hay una
obra en el MoMA en Nueva York titulada Autorretrato con el pelo cortado (1940).

Sin embargo, si hay un traje con el que se identifica a Frida ése es el hermoso vestido de
tehuana. Este vestido fue pieza preferida en el guardarropa de la pintora y reviste especial interés porque, con él, la artista se inmortalizó, tanto en su obra como en imágenes fotográficas –como lo atestigua aquella tomada en 1939 por Bernard Silberstein. Muchos otros fotógrafos retrataron a Frida Kahlo atraídos por su personalidad y vestimenta: Edward Weston, Nickolas Muray, Lola Álvarez Bravo, Manuel Álvarez Bravo, Imogen Cunningham, Lucienne Bloch, Guillermo Dávila, Fritz Henle, Emmy Lou Packard o Leo Matiz, entre otros.

En la forma de vestir de Frida se puede reconocer la creatividad y el profundo sentido del colorido que tenía la artista. Su ropa, además de ser en sí una manera de esconder
flaquezas físicas y emocionales, traducía su temperamento. Su atuendo fue un elemento
fundamental en la construcción de su fuerte personalidad que la ha hecho trascender en
la historia de la pintura del siglo XX.

 

Publicado originalmente en:
http://www.museofridakahlo.org.mx/assets/files/page_files/document/133/FILE_2_2.pdf

 

Dedicado al asombro

El proyecto Frida nació en el patio de la Casa Azul, cuando Lacombe quedó asombrado bajo la fuerza de Frida Kalho.

Dijo Lacombe: "Lo que para mí es importante es que el artista debe dedicarse plenamente a su obra. Es de ese proceso creativo y sus revanchas. Este libro lo que muestra es el artista, pero también cómo hacer con la vida de uno un universo."

Asombro. Esa es la palabra con la que se puede definir el trabajo de Benjamín Lacombe. Se trata de un hombre dedicado a generar asombro con libros impactantes. Como lo hemos hablado en su anterior visita a la Argentina, a través de sus libros acerca obras clásicas complejas a un público amplio. Lleva consigo un proyecto cultural donde el asombro deviene estrategia para el acceso de lectores de todas las latitudes al corpus cultural que lo impactó a él en su propia juventud.

Este proyecto es diferente, nació en el patio de una casa azul en México DF, bajo el impacto y el asombro del encuentro con la obra de Frida Kalho. Por eso este libro que ha presentando en las ferias del libro de Latinoamérica es tan importante: ¿cómo asombrar con Frida, después de Frida?

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El reencuentro

“¡Cuántas páginas que me dedicaron! ¡Ocho!”, dice mientras sostiene un ejemplar de Cultura LIJ #27 donde salió el primer reportaje. A su lado, Sebastien Perez hojea el número 39 de Cultura LIJ. Benjamín Lacombe lo hace parar en el reportaje a Nicolás Arispe al ver la tapa del libro La partida. “Ese libro es muy bueno. Lo vi en la Feria de Bogotá y lo compré, es excelente.” Coincidimos plenamente.

Hace tres años lo entrevisté por primera vez. En ese entonces presentaba dos ediciones especiales: Seda, la novela de Alessandro Baricco, y La Biblia. Reviso las fotografías de ese día y allí está: la cartuchera con la imagen de Frida. Seguramente ya estaba sumergido en el mundo de Frida, ya estaba trabajando en la búsqueda de su Frida interior.

Hasta ahora su obra tiene que ver mayormente con reinterpretar obras ficcionales. Pero Frida Kalho es un personaje real que se ha convertido en un símbolo de la identidad latinoamericana. Ustedes, ambos, debieron deconstruir ese símbolo para reconstruirlo en sus propios términos. ¿Cómo fue ese proceso?

(Sebastien Perez) —En mi caso no partí del símbolo. La primera vez que la descubro es cuando fuimos a la Casa Azul. Y fue en el patio de la Casa Azul donde Benjamín me propuso que hiciéramos este libro juntos. Pero no tenía una representación previa. Ella en Francia no es conocida, de su obra hay un conocimiento muy superficial. Por lo tanto, no partí del personaje, sino de la persona a la que conocí primero al recorrer su casa: el lugar donde nació, creció y murió. Tuve la suerte de conocerla desde su hogar, desde un lugar de lo íntimo. Y luego, cuando volví a Francia, la seguí conociendo a través de sus escritos, de su correspondencia, de sus diarios. O sea que no trabajé sobre su imagen o la persona que ella representaba.

(Benjamín Lacombe) —En mi caso conocía el ícono de Frida, su símbolo. Ya había hecho otros personajes históricos, como María Antonieta y Leonardo Da Vinci. No era la primera vez que trabajaba sobre un personaje real. Pero a diferencia de esos casos, esta vez tenía fotos y videos, y otros elementos objetivos donde poder observarla. Era más fácil para poder acercarme visualmente al personaje, para poder trabajar su rostro.
Lo más difícil para mí fue mostrar su pintura con mi propia voz. Para mí era muy importante poder hablar de su obra, pero sin perder mi propia voz. No quería hablar de ella desde los rótulos que conocemos. Quería hacer un trabajo que regresara al artista, que es lo fundamental. Quería enfocarme en el vínculo entre su sufrimiento corporal y su obra.

—En el libro han trabajado con referencias a las pinturas de Frida Kalho, pero también incorporando citas textuales de ella. ¿Cómo ha sido ese trabajo de recopilación e incorporación de la voz de Frida en el texto?

(SP) —Al principio no queríamos hacer una biografía clásica; Benjamín quería que diéramos cuenta del proceso creativo. En realidad me costó mucho empezar el texto, porque era una estructura totalmente diferente sobre la que tenía que apoyarme. Fue un proceso totalmente diferente a otros trabajos anteriores.
Normalmente partíamos de un texto. Pero esta vez, como queríamos dar cuenta del proceso creativo, que era un proceso visual, no sabía por dónde empezar. Fue necesario que Benjamín hiciera un esquema, un story board, de cómo iba a ser el libro para poder pensarlo a partir de las temáticas que definimos. Recién así pude trabajar, a partir de tener una idea de cómo sería este sistema de troquelados, de diferentes capas. A partir de ahí fue todo más sencillo.
Yo había leído todo lo de ella. Estaba totalmente inmerso de sus escritos. Y seleccionamos las frases que más tenían que ver con los temas de cada sección. Una vez que había extraído las citas, pude empezar a abordar e hilar en torno de esas citas. La sentía a ella proyectada dentro de mí.
Las comillas surgen como un recurso para que el público pueda entender qué texto es de ella y qué texto es mío.

(BL) —En mi caso, en el tratamiento de las citas pictóricas radicó la mayor dificultad.
El caso de El ciervo herido fue muy complejo, porque si sacaba un solo elemento, toda la estructura de la pintura se derrumbaba. Cada elemento cuenta. Por lo tanto, tuve que quedarme muy cerca del original. Es una estructura muy bien pensada, donde todo está relacionado con el número nueve: son nueve árboles, nueve con las flechas, nueve ramas del árbol caído. Y todo elemento cuenta: un árbol roto, tenemos la tempestad en el cielo de fondo, pero el mar calmo. Y el número nueve permanentemente que, para las culturas mayas y aztecas, representa el renacer de todo. Frida pinta este cuadro justo antes de una operación muy importante, después de la cual podía morir o curarse definitivamente. Por eso la tempestad y el mar calmo. Lo que hice fue cambiar la posición de Frida o la cantidad de orejas −de las cuatro del original solo dejé dos−. Retirar o modificar el número de árboles o de flechas sería traicionar el simbolismo que habita en ese cuadro. En otros casos pude hacer una composición que fuese más mía. La otra dificultad fue la paleta de colores muy alejada de mi tendencia natural.

Ver artículo Entre Frida y Lacombe, de esta misma edición. 

El arte y el artista

—En Frida el dolor y la muerte están presentes todo el tiempo, pero al mismo tiempo su obra está plenamente viva. Hoy vivimos en una época en que nuestras vidas están muy expuestas y la intimidad pierde valor. ¿Es necesario que el artista encarne su obra?

(BL) —Depende mucho, para mí un artista tiene un solo deber y es con su obra. No tiene poder de representación. El caso de Frida es muy particular porque ella todo lo que tocaba lo convertía en ella misma. Todos los objetos de su casa son ella misma. En su casa, en la casa azul, casi no hay cuadros de ella, sino objetos de su vida cotidiana intervenidos: sus zapatos, sus muñecas, sus corsés. Es Frida. Todo es Frida. Eso es válido para el caso de ella.

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Ver nota del Museo Casa Azul, en esta misma edición.

(BL) —Pero hay otros artistas cuya obra habla por sí sola y habla mucho de ellos. En el caso de Ron Muek, él no da ninguna interpretación, no va a ninguna de sus inauguraciones, no le interesa dar claves para la interpretación. Recuerdo que la Fundación Cartier realizó un video donde otros artistas venían a interpretar su obra. Y se escuchaban explicaciones brillantes y contrapuestas acerca de la misma obra. En eso radica la potencia del arte, en que no hay un manual de cómo hay que hacer las cosas, sino formas particulares de hacer.

(BL) —Otros artistas pueden ser muy difíciles de entender desde el punto de vista plástico, como Sophie Calle. Pero luego la obra toma sentido. Lo interesante es el proceso de preparación, pero luego la foto final que ella toma no es lo que más interesa, no el objeto, sino cómo piensa ella el proyecto.

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(BL) —Lo que para mí es importante es que el artista debe dedicarse plenamente a su obra. Es de ese proceso creativo y sus revanchas. Este libro lo que muestra es el artista, pero también cómo hacer con la vida de uno un universo. Y, en el caso de Frida, con su columna rota ella arma su universo. Y es de ese proceso creativo que este libro habla. Cómo el arte puede ser una forma de resiliencia.

Un universo dentro de una casa azul

Un acercamiento a la casa-museo de Frida Kalho.

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Casa Azul de Frida Kalho
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Patio de la Casa Azul en México DF.
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Frida Kalho para armar.
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Muñecos en la Casa Azul.
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Cuaderno de Frida Kalho.
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Corsé intervenido por Frida Kalho. Colección Casa Azul.
CLD2017-Frida_CasaAzul_Xoloitcuintle
Diego Rivera con un Xoliotcuintle, perros que rescataron los Rivera-Kalho.
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Cama de Frida Kalho.
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Silla de ruedas frente al caballete.
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Sillón intervenido por Frida Kalho.

Entre Kalho y Lacombe

Lacombe ha trabajado su libro Frida sobre obras que es importante revisitar.

Benjamín Lacombe ha trabajado en el libro Frida basándose en las obras de Frida Kalho que nos parecía importante revisitar. A su vez, las obras de esta artista están plagadas de referencias simbólicas que es interesante conocer.CLD2017-LaVoz-Lacombe-FridaGIF.gif

En el capítulo “La tierra”

  • El abrazo de amor del universo, la tierra (México), yo, Diego y el señor Xólotl (1949). Hay que hacer notar que el señor Xólotl es para los aztecas el dios del fuego, quien cuida al sol durante la noche, y quien guía a los muertos en su camino final. El perro presente en el cuadro es un xoloitzcuintle, o perro de Xólotl, raza que se creyó extinta y que Kalho y Rivera criaron. En el abrazo se reúnen hombre y mujer, noche y día. Lacombe en este caso quita a Diego Rivera y al universo de la escena, y deja solo el lado femenino de la composición: es Frida y la Tierra, aunque con ellas duerme un xoloitzcuintle.
  • Raíces (1943). Aquí Frida descansa sobre lava seca, un paisaje estéril, desierto y rocoso de resquebrajada sequedad. De su torso salen raíces de las que fluye su sangre y nace de ella también una planta. En el cuadro original la mirada se dirige al espectador, fuera del cuadro. Lacombe modifica esto para orientar la mirada de Frida hacia la tierra, donde yace un esqueleto.

En el capítulo “La fauna”

  • Autorretrato con collar de espinas (1940). En este retrato Frida tiene una corona de espinas, a modo de la de Cristo, junto con un colibrí muerto. A su izquierda, un gato mira atento el colibrí. A su derecha, un mono, regalo de Diego. Lacombe prefiere cambiar el gato por otro mono.
  • El venado herido (1946). Ver nota principal, Lacombe explica allí las operaciones realizadas en este caso.

En el capítulo “El amor”

  • Diego en mis pensamientos (1943). Ataviada con uno de los trajes típicos mexicanos de Tehuana, en este retrato Frida incorpora un retrato de Diego en su frente. Lacombe lo incorpora también, pero con un recurso muy atractivo: el troquel. Diego así aparece en un plano diferente, que se revela completamente al dar vuelta la hoja. El mayor cambio aquí está en la incorporación de una red roja en la que se puede ver ya una corona de espinas, ya un sistema de arterias, ya la osamenta de un ciervo, ya…

 

La columna rota

  • La columna rota (1944). Su columna rota, ahora sostenida artificialmente por un corsé. Su cuerpo atravesado por clavos. Dolor físico y emocional. Lacombe toma la fuerza de esa obra, pero le cierra los ojos, en un gesto que subraya lo privado del dolor. Nuevamente el juego de planos exterior/interior ubica la columna en una siguiente hoja visualizada a través del troquel de la página.

La posteridad

  • Viva la vida (1954). Ocho días antes de morir, la artista firma este cuadro: “Viva la vida / Frida Kahlo / Coyoacán 1954 México”. En las representaciones populares mexicanas del Día de los Muertos, la sandía aparece asociada a los esqueletos. Lacombe interviene la obra modificando el fondo para hacer aparecer la casa azul; asimismo incorpora tres mariposas, que para los mayas y los aztecas estaban relacionadas con las almas de los muertos.