Lecturas (y lectores) imperecederos

Lecturas para siempre.
#EscenasLectoras que se las traen.

Por Daniela Azulay

CLD2017-Diciembre-EscenasLectoras-LectoresImperecederos

Una de las cosas maravillosas que tiene ser coleccionista es que la gente, cada vez que encuentra lo que coleccionás, lo separa para ti. A mí, por ejemplo, la gente me envía #EscenasLectoras. También tornillos o cosas de metal encontradas en la calle, pero esa es otra historia.

En enero de este año fui etiquetada por Lucía Molina y Vedia en un retuit que comparto ahora, al filo de este año que se termina. Quería que viera lo que se había encontrado.

Este señor leyendo Patoruzito es lo mejor que me va a suceder en el día”.

El tuit original lo firma Matías Gontán, alias @finiyela ‏ en Twitter.

El señor de la escena en cuestión lee un antiguo cómic argentino, Patoruzito, en un colectivo de esos que parecen haber sido construidos por personas que no usan el transporte público: incómodos, con escalones y asientos demasiado altos, sin mucha baranda ni manijas accesibles para agarrarse. Pero incluso en ese escenario, este señor encontró su lugar para leer. El sol entra por la ventana con una luz divina, y Patoruzito lo acompaña.

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El primer nombre de este personaje fue Curugua-Curiguagüigua y nació como personaje secundario un 24 de agosto de 1927. Patoruzú/cito fue definido por su autor, Dante Quinterno, como el último indio tehuelche que vino de la Patagonia con sus monedas de oro a la gran ciudad. Hay muchas lecturas y relecturas sobre este personaje y su creador, que a lo largo de los años fue analizado desde distintas miradas.

Siempre me gusta ver a adultos leyendo historietas, libros ilustrados, libros álbum. Parafraseando a Istvansch, en esta cultura letrada en la cual vivimos, le damos más importancia al discurso de la letra que al de las imágenes, y a mí me gusta cuando la realidad me devuelve gente grande rebelándose a dejar de leer algunos géneros después de determinada edad.

Yo lo celebro… En el mapa de lectores y lectoras, así también es como se arma la red: con escenas que invitan a nuevas –o viejas– lecturas.

 

Para seguir leyendo:

Acerca del nacimiento de Paturuzú: Todo historietas

 

 

Crecer sin dibujar

Los ilustradores Ivan Kerner y Mey Clerici recorren desde hace dos años el mundo realizando talleres de arte para chicos. Pero en Etiopía…

Por Mey Clerici
Foto: Sofía Nicolini Llosa

crecersindibujarHacía ya varios días que estábamos de gira visitando aldeas de tribus del sur de Etiopía. En algunas de ellas nos quedamos a dormir en carpa para despertar al día siguiente junto con las familias del lugar, tomar el café típico que preparan y sirven en media calabaza, desayunar la pasta de legumbres súper energética que cocinan y estar ahí viviendo por un momento lo que ellos viven cada día.

Ese día llegamos casi al mediodía a la aldea de la tribu Dassanech. El sol pegaba con toda la fuerza y nosotros estábamos medio zombies. A veces se juntan muchos días de no parar y nos cansamos. Somos felices y agradecidos de estar haciendo esto, pero a veces simplemente nos agotamos un cacho y desearíamos un ratito estar en Buenos Aires tomando un mate con amigos, estar en casa y ese tipo de cosas de siempre con las cosas de uno. Después se nos pasa, obvio.

Ese día estábamos con la energía re baja y, al llegar a la aldea y salir de la camioneta, un montón de chicos vinieron corriendo a buscarnos. Íbamos a pasar todo el día ahí con ellos, nos íbamos a quedar a dormir y al día siguiente íbamos a seguir ahí. Nos sentíamos muy culposos de no estar con todas las pilas para jugar y dibujar con los chicos Dassanech como hacemos con cada grupo de chicos que conocemos. Pusimos por un momentito piloto automático para arrancar. Les preguntamos a los locales si había algún lugar con un poco de sombra para poder conocernos con los chicos y hacer un taller de dibujo, y ellos nos señalaron este lugar. Era como una casita hecha de palos que quedaba ahí nomás.

En el camino nos contaron que esta era la escuelita de la aldea donde los nenes de la tribu aprenden. Una hermosura de lugar: piso de tierra, paredes de palos, techo de chapa, dos pizarrones negros al frente y un maestro voluntario que viaja desde el pueblo más cercano hasta la aldea todos los días para dar clases. Entonces caminamos hasta la escuelita de palo. Nos avisaron que había que esperar un poco porque el aula estaba ocupada. Nos asomamos y resultó que adentro estaba lleno de adultos. Todos sentados en los pupitres mirando al frente, cada uno con un cuaderno y un lápiz en mano. El maestro señalaba con un palo palabras en amarige (el idioma oficial de Etiopía) y ellos repetían.

Nos contaban bajito al oído, mientras presenciábamos la clase desde un costado, que ellos solo hablan la lengua tradicional de la tribu, pero que desde hacía solo tres días estaban aprendiendo a hablar y a escribir en amarige para poder ir al pueblo y vender sus productos, comercializar y poder comunicarse mejor con todos. Y para eso empezaron de cero total. Ese día estaban aprendiendo los números del uno al veinte a fuerza de repetición.

Entonces, en un momento le dije al maestro que, si querían, podíamos presentarnos y enseñarles palabras en inglés o ayudarlos en lo que fuera. Pero a él (que a esta altura lo queremos un montón) se le ocurrió una idea mucho mejor: nos pidió que pasáramos al pizarrón y que dibujáramos los animales y las cosas que los rodean en el campo, así ellos podían ayudarse con dibujos para aprender más fácil las palabras nuevas.

Entonces, felices, Ivanke y yo pasamos al frente y dibujamos una vaca, un pájaro, un árbol, el sol, la luna, las estrellas, las nubes, un hombre, una mujer, una gallina y algunas cosas más. Y después les escribimos sus nombres en inglés y ellos luego los repitieron en amarige y en su lengua nativa. No nombraban las cosas que dibujamos, las gritaban. Ponían una fuerza, una energía. Estaban tan entusiasmados por aprender.

Levantaban la mano y se ofrecían para pasar al frente a nombrar cada dibujo señalándolo con el palo largo del maestro. Y así. Para ese entonces nosotros ya teníamos de vuelta toda la energía del mundo, todas las pilas y todo el entusiasmo que nos contagió esta gente en unos pocos minutos.

Así que le preguntamos al maestro si podíamos hacer un taller de dibujo con los adultos y así fue. Nos pasamos las siguientes dos horas dibujando con ellos. Y como nunca antes habían dibujado en la vida, todo era nuevo y misterioso. Esta gente creció aprendiendo a interpretar los sonidos de los pájaros, a cazar, a criar animales en el campo, a mirar al cielo y saber qué clima se viene, a construir sus propias chozas desde la nada y hacer cosas que nosotros, con nuestra urbanidad encima, no podríamos ni resolver. Pero dibujar dibujar, nunca.

Con las hojas y los crayones adelante, eran como nenes muy chiquitos, pero en cuerpos de adultos y viejos. Aun así, nunca sintieron vergüenza ni se sintieron intimidados. Todo lo contrario: se dejaron llevar desde el primer momento por esta nueva y, por momentos, difícil experiencia de hacer que salga por la punta del lápiz un dibujo nuevo y único hecho por ellos mismos.

Desde afuera se asomaban los chicos, pispeaban entre los huecos de los palos de las paredes del aula y se morían por entrar y dibujar también. Ya les iba a llegar el momento. Más tarde dibujamos un montón con ellos. Pero ahora les tocaba a los grandes, que habían esperado décadas. A los grandes, que crecieron sin dibujar.