Ranitas galvanizadas

Por Andrés Sobico.

Una tarde del año 1773, Giovanni Aldini está pescando ranas. Prefiere no cazarlas con trampas, porque para eso no necesitaría ninguna habilidad. A Giovanni le gusta ir hasta al borde de la laguna y acecharlas con una gran caña. Como carnada usa polillas o mariposas, que ata de un piolín muy fino que cuelga del extremo de la caña. Luego las hace volar sobre el borde de la laguna “infestada” de ranas, según dice su tía Lucía, que no les tiene mucha simpatía a los batracios.

Las ranas las pesca para su tío, el famoso doctor Luigi Galvani, que además de médico es un estudioso de la fisiología de las ranas entre otras muchas cosas interesantes que Giovanni ni sabe. Siempre diseccionan ranas juntos, su tío ya le prometió que para cuando cumpla doce le va a regalar su propio juego de pinzas y bisturís; siempre le dice que las ranas son una fuente de conocimiento muy importante, porque su fisiología tiene un gran parecido con la anatomía humana.

Después les gusta comerse en la cena un estofado de patas de ranas con ravioles de seso de ranas; ese plato es exquisito, aunque trabajoso de preparar. (Giovanni sospecha que por eso a su tía Lucía no le simpatizan).

La rana y la mosca, de Josefina Wolf para el libro Pequeñas teorías sobre el comportamiento animal. Andres Sobico y Josefina Wolf. Ed. La Bohemia
La rana y la mosca, de Josefina Wolf para el libro Pequeñas teorías sobre el comportamiento animal. Andres Sobico y Josefina Wolf. Ed. La Bohemia

Pero volvamos a la laguna donde dejamos a Giovanni con su larga caña, al borde de esa laguna artificial. La técnica es fácil, al agitar el insecto aleteando la rana no puede evitar pegarle el lengüetazo y atrapar la polilla, en el mismo momento en que la polilla entra al buche de la rana el chico hace un gesto hacia atrás con su muñeca y la rana viene como volando hacia su mano, la retira del extremo del hilo y va a parar, viva, a un canasto que tiene a su lado para eso. Si hace todo muy rápido a veces hasta recupera la polilla entera, lista para seguir siendo un señuelo vivo y volador. Hoy ya acumuló un par de docenas de batracios, es tiempo de volver a la mansión de su tío, en la que se queda a veces un mes entero, −él tiene muchos hermanos, pero sus tíos no tienen ni tendrán hijos−.

Cien metros antes de llegar Giovanni ve estacionado un carruaje de esos modernos con amortiguadores y vidrios perfectos, lo reconoce porque ya lo han llevado a pasear en él ¡y hasta le dijeron al cochero que se lo deje manejar por un rato dentro de la gran propiedad!

Es de Alessandro Volta, un colega de su tío que sabe también muchas cosas. A don Alessandro y a su tío y les gusta hacer tertulias eléctricas, así las llaman; se reúnen con amigos nobles y ricos como ellos y hacen experimentos con ese fluido moderno que llaman electricidad. Aún no ha nacido ni el abuelo de Edison, así que no hacen prender lamparitas, nada con luz. Juegan de otra forma. Primero dan vuelta una manivela que hace girar una piel de conejo. Al dar vuelta la piel se frota contra una botella de vidrio con agua y un trozo de metal dentro. De esa botella sale un clavo de cobre, o algo así, lo importante es que esa botella guarda electricidad, eso lo tienen que hacer siempre para poder guardar electricidad en la botella. Con la punta del clavo tocan alguna parte del cuerpo de la dama divertida que lo pida. Un chispazo sale de la botella y la dama salta de su sofá para risas de todos y de ella misma.

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Ahora Giovanni entra corriendo a la mansión para saludar con un abrazo de niño al tío Alessandro, como él le dice; pero los encuentra a ambos científicos en una acalorada discusión académica, ambos con un puro y una copa de lemoncello en sus manos. Giovanni no se preocupa mucho porque entiende que esos queridos señores están discutiendo para saber más y un poco también como quién juega a los naipes para ver quién gana.

Sin interrumpirlos él se queda mirándolos, y piensa que cuando sea grande él también va a ser un científico así y va a poder echar humo fumando puros mientras habla de todo lo que sabe como si fuera una máquina a vapor que nunca para −Giovanni Aldini no sabía que, en su futuro, ese sueño se le iba a cumplir−.

Cuando los dos hombres lo ven, abren sus brazos para recibir al niño.

Tío Luigi le cuenta que don Alessandro ha traído para mostrarles su última invención, que aún es bastante secreta. Pero quiere que ellos la usen en sus experimentos con ranas.

Por casualidad, hacía un tiempo que el tío Luigi había descubierto que, si se acercaba el clavo de cobre de una de esas botellas eléctricas al cuerpo muerto de una rana, al saltar la chispa la patita se movía. El descubrimiento había tenido lugar cuando estaban diseccionando una rana. Giovanni enseguida le había pedido si podía usar ese procedimiento con ranas vivas, para así poder ganarles a sus amigos en las competencias de saltos de ranas que hacían en la escuela. El tío Galvani se había negado rotundamente, no sólo porque tendría que llevar las botellas de Leyden a la escuela, además del artefacto a manivela para cargarlas electrostáticamente, sino porque experimentar con electricidad con ranas vivas le parecía una crueldad, ¡y menos para jugar!

Quizá por eso, una semana antes, cuando lo había encontrado en su laboratorio jugando con el hijo del jardinero, lo había perdonado; porque las dos ranas que estaban usando no estaban vivas.

 


Función de títeres

El juego que había inventado Giovanni era de competencia, como casi todos los que se le ocurrían. El juego estaba inspirado en las marionetas sicilianas que andaban de pueblo en pueblo, y que su tío tantas veces lo había llevado a ver en la piazza de Bologna, frente a la universidad donde daba clases.

En esos Pupis Sicilianis, así les llamaban, siempre había caballeros y moros que peleaban con espadas y que tenían unas armaduras espectaculares y que casi siempre había que salvar a una reina secuestrada o a una princesa.

La primera vez Giovanni había quedado fascinado, les parecieron mágicos; al terminar el espectáculo, el tío Galvani lo había llevado a ver “el otro lado” del escenario, y allí, un amable titiritero, con esa tonada entre italiano y siciliano, le había mostrado como eran los gestos técnicos y los controles para manejar la espada, el escudo, la cabeza y las piernas y brazos.

En ese momento, hacía un año, no le había gustado tanto saber cómo era ese otro lado, pero después fueron a verlos como cinco veces más y él ya se había hecho amigo de los titiriteros y era casi un experto en el tema, que usaba para hacer sus propios Pupis en su escuela y ser popular.

Pero el día en el que el tío lo descubrió en el laboratorio; Giovanni ya tenía la idea de hacer un ring de box para ranas. En cuanto el tío de fue a dar clases a la facultad en su carruaje con chofer, y aprovechando que su tía ese día −como tantos− no se sentía tan bien como para levantarse de la cama, el chico se fue directo al laboratorio y puso manos a la obra. Armó rápidamente el ring a la medida de las ranas. Mediante unas perchitas de alambre que hizo especialmente, ya tenía a un par de ranas −de las muertas− erguidas en cada lado del ring, listas para luchar.

Le llevó un rato de darle a la manivela con el disco de piel de conejo para cargar con electricidad todas las botellas de Leyden que pudo encontrar en el laboratorio.

Cuando las tuvo listas, con la seriedad que caracteriza al investigador, fue probando en diferentes partes del cuerpo de la rana. Tocaba con el clavo, saltaba la chispa, y la rana se movía, a veces abría la boca, o un ojo; pero eso no le interesaba, el estaba buscando dónde debía colocar la chispa eléctrica para que moviera un brazo o el otro, una pierna o la otra. Le llevó bastante tiempo la búsqueda, porque a cada rato debía cargar de nuevo todas las botellas. Por eso fue por lo que llamó al hijo del jardinero para que lo ayude con la manivela, prometiéndole que luego jugarían juntos. Rocco le dijo que sí, con la condición de jugar con la ranita más verde.

Giovanni se dio cuenta que si al clavo de cobre de la botella le conectaba un alambre fino de cobre quedaba mejor, porque no se veía tanto a los titiriteros eléctricos. Tres horas después ya sabían hasta como hacer que movieran los brazos de diferentes maneras según donde hacían caer la chispa en el cuerpo de las ranas fallecidas.

Cargaron todas las botellas con electricidad y se repartieron la mitad para cada uno, cinco botellas por cada participante. Luego se pusieron uno a cada lado de la mesa, Giovanni cumplió su promesa de dejar que Rocco usara la más verde, porque a él le gustaba más la que tenía manchitas marrones, le parecía más guerrera.

Pactaron jugar a cinco rounds de un minuto cada uno, el gran reloj científico a péndulo del tío tenía segundero, porque les parecía que iban a gastar una botella por round.

En el primer round, quedó claro qué divertido era ese juego.

En el segundo round ya vieron que no les iban a alcanzar las botellas porque se entusiasmaron y las ranas tiraban más piñas y patadas al aire que otra cosa.

En el tercer round, Rocco ya había aprendido a economizar electricidad y a esperar el momento para conectar el chispazo y que su rana mande el golpe certero a la de manchitas marrones.

Al comenzar el cuarto round Giovanni Aldini anunció al imaginario público que él iba ganando, y ahí fue justo que entró el Tío Galvani por la puerta del laboratorio.

Es largo de explicar lo que pasó después, pero sepan que Rocco no fue castigado, y que Giovanni fue obligado a escribir caligráficamente ab-so-lu-ta-men-te todo lo que había aprendido al desarrollar el juego. La explicación debía incluir detallados dibujos anatómicos de las ranas y un dibujo técnico aparte del sistema de conexiones eléctricas.


El nuevo match

Eso había sucedido hacía unos quince días atrás, hoy su tío Galvani le cuenta que el señor Volta había traído este artefacto, el primero en su tipo, con el que iba a revolucionar la ciencia de Italia y el mundo.

Abrió la puertita de una caja de madera angosta y alta, y sacó como un tubo de vidrio de 40 centímetros de alto. Adentro se veían como monedas de cobre y monedas de níquel apiladas, una y una, una y una. Y entre las monedas algo que parecía algodón mojado. De la base salía un alambre y de la parte de arriba salía otro.

Volta se lo mostró con orgullo a Giovanni. Le dijo que habían imaginado con su tío varios usos científicos para su novedosa pila eléctrica. Sin embargo, él había traído hoy no una sino dos pilas eléctricas y, si a Giovanni le parecía bien –dijo mientras le guiñaba un ojo a Luigi Galvani− podían ir ahora mismo al laboratorio de su tío a jugar una lucha de ranas.

El tío Galvani estuvo de acuerdo, pero como castigo de la travesura del otro día la primera lucha eléctrica de ranas sería entre el Signore Volta y el Signore Galvani. Giovanni debería hacer de presentador y árbitro.

Y si quieren saber sobre el futuro venturoso que finalmente tuvo en su vida Giovanni Aldini, el famoso sobrino de Galvani, gugléenlo por favor.

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Para seguir leyendo

  • Sobre la electricidad animal, Luigi Galvani y Giovanni Aldini.
    En su obra publicada en 1791 “Comentario sobre las fuerzas eléctricas que se manifiestan en el movimiento muscular” (De viribus electricitatis in motu musculari commentarius, 1791), Galvani logró demostrar la producción de corrientes eléctricas en el seno de los tejidos animales, sobre todo en los músculos.

 

 

 

 

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Volar con la imaginación

Existe una sola herramienta que ha logrado plasmar el sueño eterno de volar: la tecnología. Con ella pasamos en 1903 de la fantasía de volar como pájaros a la bella realidad de hacerlo como humanos.

Por Andrés Sobico

Existe una sola herramienta que ha logrado plasmar el sueño eterno de volar: la tecnología; con ella pasamos en 1903 de la fantasía de volar como pájaros a la bella realidad de hacerlo como humanos.

Volar con la imaginación es en esencia tan, tan, tan humano, que podría usarse como manera de medir cordura. Y si cordura viene de cuerda, acordemos que un colorido barrilete, una grácil cometa, siempre necesita de algún hilo.

Las dos hijas de Bill Tate hoy están de punta en blanco, en la misa se han aparecido con sus vestiditos de satén francés de la mejor calidad.

A ellas les gusta ser hijas de Bill, no porque sea el juez de paz de esa pequeña localidad costera y tan ventosa, sino porque su papá es rebueno, y su mamá también, ella les hizo esos dos vestidos blancos de satén francés, y hasta les dejó usar un poquito su flamante máquina de coser Singer a manivela para que cosieran ellas mismas el broderí y así quedaran más bonitos; les pareció tan moderno estar justo en 1900 usando ese invento tan moderno.

A ellas les gusta vivir en un lugar que se llama Kitty Hawk, como decir “Pequeño Halconcito”. Ellas han tenido varias aves de mascota, palomas de campo, algún cucú; pero más les gustó tener a Glider, una gaviota macho que encontraron detrás de la Duna Grande, la que llaman Kill Devil. Lo encontraron cuando era tan pichón que ni era todo blanco todavía. Glider sobrevivió a los abrazos de Wanda y especialmente de Olivia, que en ese entonces tenía tres años. Después creció y no se volaba porque la mamá de las nenas le mantenía las alas recortadas. Cuando Wanda cumplió nueve, le pidió permiso para ocuparse ella de mantenerle las plumas de las alas recortadas, con el secreto plan de dejárselas crecer. Querían que Glider aprendiera a volar para que las acompañara a la playa y aprendió rápido. Es que en Kitty Hawk “volaba cualquier cosa que no estuviera atada”, como decía la abuela Tate.

Así que algunas tardes las hermanas iban a jugar a la playa cerca de casa, su abuela las llevaba y muchas veces las tres, bajo el sol otoñal, se acostaban en la arena entibiada y allá arriba, quieto en el viento, Glider. A Olivia un día le pareció que Glider era un barrilete, y que había un hilo invisible que ella sostenía en su mano, de tan quieto que estaba allá arriba.

Wanda le preguntó a su abuela si algún día Glider iba a emigrar, como la vez que tuvieron ese pato canadiense que un otoño levantó vuelo para siempre al pasar una bandada. La abuela le dijo que las gaviotas no emigran, aunque a ella siempre le había parecido que cuando se ponen así, quietitas en el viento, y cierran sus ojos, capaz que viajan con su imaginación (ella había venido de otro país, del otro lado del mar).

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Hace quince días Baum, un amigo de ellas, había guiado desde el puerto hasta su casa a dos señores que venían a hablar con su papá, eran de la misma edad que su papá Bill; primero no sabían de qué hablaban, pero veían a su papá entusiasmado mientras estos dos señores que eran hermanos, así como ellas, le mostraban unos dibujos y un libro que tenía unas cigüeñas dibujadas. Cuando terminaron con el libro, ellas enseguida lo pidieron para verlo (y leerlo, Wanda ya sabía leer bien). El señor, que se llamaba Orville, con una sonrisa amable les dijo que sí enseguida, pero el más grande, que era pelado, tomó el libro, lo llevó hasta la mesa de la cocina, y les dijo que podían verlo, pero solo si lo miraban ahí, sin moverlo de la mesa al pasar las hojas.

Así lo hicieron y Olivia enseguida le preguntó a su hermana mayor si había tantas cigüeñas dibujadas porque iban a traer a un hermanito varón, pero Wanda enseguida la tranquilizó y le explicó que le parecía que era un libro para hacer barriletes.

Lo dijo porque no quería preocupar a su hermanita, aunque le parecía raro que dos señores tan atildados así, de saco y corbatín, se pusieran a hacer barriletes, pero estaba en otro idioma que ella no entendía.

¡Pero al final sí! ¡Venían a hacer barriletes! Su papá le prestó el garaje y con un carro trajeron un montón de maderas, alambres, herramientas y otras cosas. Su papá estaba muy entusiasmado y a él le gustó mucho una lámpara de acetileno que daba mucha luz, y no hacía feo olor, como la de kerosene que tenían en casa; todo eso se lo explicó Bill a su hija Wanda cuando la encendieron para cenar ese día con los dos hermanos Wright, ese era el apellido de ellos. A Wanda le pareció que habían dicho Right que quiere decir correctos; al final cuando tantas veces vinieron a visitarlos y se hicieron amigos con su papá, él decía que sí, que deberían llamarse los hermanos Correctos de tan honestos que eran.

Esa vez estuvieron como quince días y todos los días iban a la playa, donde habían construido un cobertizo para dejar las herramientas y todo lo demás. Al final de la primera semana, su mamá las dejó ir con su abuela a mirar lo que hacían el señor Wilbur y el señor Orville; ellas ya querían ir desde antes (le parece a Wanda que a su abuela también), porque Glider cada vez que ellos se iban temprano a la playa los seguía, y después volvía con ellos a la tardecita.

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Fueron caminando las tres, era justo donde habían encontrado a Glider de pichón, no quedaba tan cerca y, a medida que se acercaban a la duna Kill Devil, veían algo blanco en el aire, no se parecía a una gaviota en que era muy cuadrado, pero se parecía a una gaviota en que se quedaba sí, quieto en el aire; y los hermanos Wright justo abajo, como mirándolo fijo.

Y su Glider allá, volando al ladito de esa cosa, que es como un barrilete gigante, ahora se ve bien porque están más cerca, y Glider que las ve y viene enseguida volando contra el viento a saludarlas y ¡eeek! ¡eeek! las llama como diciendo “vengan a ver que tengo un nuevo amigo”.

Ahora están los cinco (seis con Glider) juntos, y se ven muy bien los hilos que cada uno de los hermanos usa para controlar el artefacto. Lo primero que pregunta la abuela es de qué tela lo habían hecho, y Orville le cuenta que su hermana Katherine la había encargado por correo, ella había elegido satén francés porque tenía que ser una tela fuerte y liviana, y que a pesar de que estaba muy ocupada con la casa y sus clases en el colegio de señoritas, se había hecho tiempo para coserlas a medida del artefacto (no escuchó Wanda cuando Wilbur le contó en voz baja que su madre había muerto hacía unos años).

Y Olivia, que ya se había encariñado con Orville porque era el más gracioso, le pide si ella se puede subir al barrilete y así estar al ladito de Glider, que estaba copiando todos los movimientos del barrilete gigante.

Orville sonríe y le explica que todavía no, que ellos están investigando, que la idea es ir paso a paso, que nadie se tiene que lastimar, y que, en unos meses, la próxima vez que vengan, quizá él ya pueda subirse y planear así como lo hace Glider, pero “no estamos seguros todavía”, dice Wilbur, “pero puede ser”.

Esa noche cenaron otra vez todos juntos a la luz de de la moderna lámpara de acetileno que los hermanos Wright le regalaron a Bill Tate en aquel primer viaje a Kitty Hawk. Al otro día volverían a su Dayton natal, a medio día de viaje. Daisy, la mamá de Wanda y de Olivia, quedó tan agradecida por el satén francés que les regalaron Wilbur y Orville, que se puso a coser en la Singer a manivela justo después de la cena.

barrilete finalHoy, los Wright y los Tate fueron juntos a misa antes de que partieran hacia Dayton, y los espléndidos vestidos de satén francés fueron el comentario de todos los vecinos.

Su abuela andaba por ahí divertida contándoles a todos que estos dos buenos hermanos estaban un poco locos si usaban una tela tan cara para hacer barriletes.

 

 

Dominar la máquina

Historia tras bambalinas de la revolución industrial. Un niño que inventa la cibernética. Un mundo donde todo es posible. Por Andrés Sobico.

 

 

Por Andrés Sobico

Este relato narra como un niño aburrido del trabajo repetitivo, con dificultades de concentración en una sola tarea, fue el inventor de la autorregulación de las primeras máquinas a vapor.

 

A Humphrey no le gusta trabajar, dicen.

Siempre tiene problemas en cada lugar donde trabaja: que distrae a los demás porque no para de hablar, o que se trompea con otros más grandes que él, o que será muy hábil metiéndose bajo los telares funcionando pero después hace muy malos nudos.

A Humphrey le dicen Humpy-no-trabaja.

Es un chico despierto, a sus empleadores incluso les cae bien. Hasta tuvo suerte, alguna vez él pidió ir a cierto puesto de trabajo y el dueño de la factory lo asignó como aprendiz de un carpintero especializado en ruedas hidráulicas que trabajaba para las fábricas textiles de última generación, las de telares automáticos. Pero duró poco, (algo pasó una noche) fue Humpy el que volvió una mañana al escritorio del Dueño a pedirle otro trabajo.

Y que voy a hacer contigo Humpy, hace tres años que trabajas para nosotros y encima parece que ahora va a salir una ley que los va a obligar a ir a la escuela y entonces ustedes van a producir menos”; eso siempre les decía como para justificar el salario magro, pero faltaban aún como cien años para que salga la ley que obligaría a enviar a los menores de diez años a la escuela, además de trabajar hasta seis horas por día.

Corre el año 1711 y Humphrey Potter acaba de cumplir ayer once años, aunque no lo ha festejado, y nadie que él conozca celebre sus cumpleaños.

 

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La estación St. Nazare, por Monet

 

Bajo los árboles

El comienzo del siglo XVIII es una época en el que abunda eso llamado progreso.

El efecto colateral de haber arrasado con todos los árboles de Inglaterra para alimentar el fuego de la naciente revolución industrial fue darse cuenta que vivían sobre yacimientos de carbón mineral, algo mucho mejor para quemar. Decenas de miles de ingleses trabajan en las minas y muchos de ellos mueren ahogados en el fondo inundado. “Eso es malo para los negocios porque quiere decir que si está inundado no podemos bajar a buscar más carbón -dicen los Dueños-. Necesitamos ingenios mecánicos que eleven el agua de allí abajo.

Y el vacío vino en ayuda.

Thomas Newcomen era un herrero y pequeño empresario que vio la veta de hacer máquinas atmosféricas de vacío para las minas de carbón que elevasen el agua del fondo. El Engine Newcomen fue la Gran Máquina, la gran bomba que subía el agua y los ingresos de los Dueños de las minas.

Junto a Ella hoy está él, Humphrey Potter. Tiene 11 años y está fascinado, la máquina tiene una altura de diez humpys por lo menos. Allá arriba un gran balancín va y viene lentamente 10 veces por minuto. Estamos en pleno invierno y la temperatura es agradable en ese taller en la entrada a la mina.

-Tu trabajo es fácil -le explicó el Dueño- y de mucha responsabilidad. Acá hay dos válvulas. Cuando el vapor esté listo y llene todo este recipiente, vos tenés que abrir para que el vapor entre a este otro. Justo cuando se llene cerrás, y abrís la válvula de agua fría. Esperás que el balancín baje hasta acá y hacés todo de nuevo. Abrir/cerrar, cerrar/abrir. ¿Entendés? Cuando cerrás una abrís la otra, y cuando cerrás la otra abrís una.

-Sí, ¡entendí!

Humpy siempre entendía todo, y estaba feliz de estar ahí, abrigadito y a cargo de esa Máquina tan moderna. Pero no había podido sacarse la costumbre de preguntar que le había metido en tantos problemas.

-¿Y el que hacía este trabajo antes que yo?

-Se quedó dormido, y la presión de vapor hizo explotar la máquina. Fijate ahí en el techo, quedó pegada una parte de su camisa.

La máquina

Humpy quedó ahí, a cargo de la Máquina, al comienzo fue muy divertido para él, se sentía poderoso haciendo girar la palanca A hasta que la presión del vapor sea adecuada. Y justo al cerrar la A, abrir la palanca B que hacía caer el agua que enfriaba (él no pensaba “A”, y “B”, les había puesto nombres); y el silbido del vapor, y el gran balancín que iba y volvía, 10 veces por minuto.

Después de ese primer largo día, cuando le trajeron su reemplazo de turno y pudo irse a dormir, ya le estaba pasando eso que le pasaba siempre. Era una sensación incómoda, algo que siempre lo había empujado a buscarse problemas.

Se había aburrido (claro que ese verbo no lo conocían los niños de esa época).

Abrir A/cerrarB, AbrirB/CerrarA. Abrir/Cerrar, Cerrar/Abrir.

Casi añoraba las épocas de meterse bajos los telares en funcionamiento.

Ya para la primera semana Humpy había sentido dos veces el peligro: el agotador trabajo repetitivo lo había adormecido y la máquina estuvo a punto de explotar.

Esa noche, en su cama, antes de dormirse, cortó las sábanas raídas y se trenzó dos sogas, tenía la solución.

Al empezar su turno esa mañana, Humpy tenía más sueño que de costumbre. Abrir/Cerrar, Cerrar/Abrir. Abrir/Cerrar, Cerrar/Abrir. Pero cerca del mediodía, cuando se fueron los adultos y él quedó sólo, Humpy hizo lo suyo. Con una soga más un palo de palanca (una de las patas de su cama), conectó una válvula con la otra, y luego la otra soga a un extremo del balancín. Ajustó todo y se alejó tres pasos a observar su obra: el balancín al bajar movía el palo, que movía a la soga, que cerraba la válvula A al mismo tiempo que la otra soga abría la B. Y viceversa, y así.

Humpy comprobó que la máquina funcionaba sola. La máquina se estaba liberando de ese pequeño humano, y ese pequeño humano se estaba liberando de ella. Humpy festejó con pequeños bailes saltarines (por eso le decían Jumpy los otros chicos trabajadores) y, cuando recuperó el aliento, buscó un rinconcito cálido para echarse a dormir.

Así lo encontraron en el cambio de turno.

Humpy, escapando de la alienación; quizá sólo por el goce de inventar; ¿O sólo para poder dormir?, diez días después de cumplir once años, había creado la autorregulación de las máquinas de vapor.

Había inventado la cibernética.

 

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Lluvia, vapor y velocidad, Turner (1844)

 

 

 

Por Andrés Sobico

CV: Profesor en Educación Tecnológica