Librero activo

De la mano del librero también se promociona la lectura. Aquí María Osorio lo desarrolla sin dejar lugar a dudas.

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Mediadora, editora, librera, María Osorio promueve dentro y fuera de Colombia el respeto y cuidado por el librero, desde una comprensión profunda de toda la cadena de valor entorno a la lectura y la edición. Babel Libros, tanto librería como editorial, es el faro desde el cual busca marcar el camino a seguir.

Colombia cuenta hoy con 35 librerías independientes que trabajan con literatura infantil. Y cerca de cien librerías pertenecientes a las principales cadenas del sector. Así y todo, al igual que en el resto de Latinoamérica muchas ciudades se encuentran sin comercios especializados donde abastecerse de libros. Por eso la asociación de librerías independientes de ese país ha tomado conciencia de la importancia de fomentar y apoyar el surgimiento de nuevas librerías.

María Osorio ha dedicado parte del 2017 a viajar por el continente explicando la necesidad e importancia del trabajo en red, del trabajo vinculado, y del lugar de las editoriales en el cuidado de los demás eslabones en la cadena del libro.

El librero no es, desde su mirada, reemplazable por un botón de comprar en una publicación en redes sociales, el librero es irremplazable en el fomento lector.


Diagnóstico de situación

—En gran cantidad de ciudades de Latinoamérica no hay librerías. ¿Qué diferencia haría que se instalara una?

—La oferta de las bibliotecas es importante, mucho, y en un país como Colombia es el único espacio de acceso al libro de la mayoría de la población (y tenemos la fortuna de que en cada uno de los más de 1100 municipios hay una pequeña biblioteca). Sin embargo, esto no quiere decir que haya circulación del libro en todo el territorio. Estas dotaciones, o la mayor parte de ellas, no solo acá sino en América Latina, están hechas desde el centro, escogidas por grupos que hacen una tarea muy seria de selección, toda igual para todos los municipios, pensando en utilizar bien los pocos recursos que por lo general tienen los ministerios de cultura. Para lograr una verdadera circulación del libro y un interés por la lectura, habría, pienso, que atomizar esa compra, que la compra se haga localmente, en las librerías, que se seleccione localmente, de acuerdo con los intereses de las comunidades. Para lograrlo hay que crear esa cadena de librerías por todo el territorio, fortalecer la autonomía y los criterios de los bibliotecarios para la compra, y sobre todo no despreciar ni descreer de la necesidad de la lectura que tienen las comunidades más apartadas de nuestros países. Reemplazar la manera proteccionista de hacer por una verdadera inclusión en la cultura.

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Desembalar, ordenar, promocionar, entregar

—Usted ha trabajado toda su vida en la promoción de lectura, desde mucho antes de ser editora y librera. Ahora bien, ¿cómo cumple ese rol un librero? ¿Puede un librero tanto empujar la lectura como cohibirla?

—Yo creo que los agentes naturales de la promoción de lectura son bibliotecarios y libreros. Y como librero me refiero al que ha desaparecido en las grandes cadenas y se ha convertido en un vendedor más, y que reaparece y se mantiene en las librerías independientes; un librero que conoce la oferta y que la dispone en su espacio para favorecer el encuentro entre libros y lectores. Un librero que lee y conoce los libros que están en su estantería, que conoce a sus lectores y que no es para nada ajeno al mundo editorial. Un librero que sabe lo que se produce y lo mezcla a su manera particular para un público que sabe diverso como la oferta. Un público no genérico y para el cual se esfuerza en seleccionar entre la variedad de lo que se produce. Un librero que hace crecer su espacio dándole una forma particular, que se acomoda a la necesidad de los lectores y no a sus propias facilidades para inventariar o para responder a las expectativas de los editores.

—Pensando en los aspectos comerciales, el libro es decididamente un bien de consumo. ¿En qué aspectos de sus tareas cotidianas (armado de ofertas, escaparates, orden de los libros en el local) se diferencia la promoción de la venta y la promoción de la lectura?

—En general los productos culturales todos, necesitan de la compra, ¿cuál es la diferencia entre comprar una boleta para un cine, un bono para un festival de teatro, o comprar un libro? ¿Tal vez solo la forma colectiva en que se accede a esos otros productos culturales? En estos tiempos en que el consumo es la norma, hay que diferenciar entre la venta por la moda, para aprovechar el momento efímero, para aprovechar la oportunidad, porque salió la película, porque es el tema de moda, e incluso porque el escritor está en la ciudad, o en la feria… diferenciar esta venta con la labor diaria del librero, el que necesita que los libros permanezcan y que selecciona libros que permanecen, por generaciones, en el imaginario colectivo. El culto a la novedad es el que confunde la venta con la promoción de la lectura.

—¿Quién organiza el fondo de una librería: el editor o el librero?

—Depende, hay espacios en los que los editores incluso compran espacio en las mesas de novedades, en las vitrinas. Hay de todo, también libreros que prefieren su comodidad que la del lector y organizan la librería por editorial, así son capaces de encontrar rápidamente el libro (si el lector sabe de qué editorial se trata, o si pregunta un libro puntualmente). Un librero que muy fácilmente hace un inventario, una devolución. Prefiero el librero que dispone de manera creativa y personal los libros, que al juntarlos los hace ver de otra manera. Que su librería no es una foto del mercado, o del primer día en que puso los libros. Un librero que le da oportunidad a ese libro que ha permanecido unos meses de lomo, en el último entrepaño de su estantería. Un librero que los agrupa de manera inteligente para hacerles ver más posibilidades a sus lectores. Y también un librero que no deja que un cliente que entra a su librería salga sin un libro.


Para seguir de cerca a María Osorio

 

El pequeño tesoro

La librería catalana El petit tresor se ha hecho conocida tras fronteras, y a sus puertas llegan personas de toda España, Latinoamérica y el mundo. Todos quieren descubrir su tesoro.

CLD2017-Nov-Librerias-Petit-logo.pngA poco de comenzar a andar, la librería El Petit Tresor se ha hecho conocida tras fronteras. Este pequeño tesoro surge en 2009 como un espacio virtual donde la mirada se dirige en muchas direcciones hacia los libros para niños, la literatura infantil y juvenil, y la ilustración, entre pequeños detalles. Y recién en 2015 se convierte en un espacio real donde se venden libros, claro, pero que es entendido por Germán Machado y Stela Camacho como un espacio donde se llevan a cabo proyectos tanto de promoción lectora como de formación de lectores y apoyo para mediadores.

La librería sostiene una nutrida agenda de actividades. “Hemos dado con un formato de presentaciones de libros para un público familiar, que consiste en la visita de escritores e ilustradores, contar un cuento, hacer un dibujo en vivo, conversar sobre la obra y el trabajo de los autores”, nos explica Machado.

Uno de los puntos más interesantes son las Tertulias Li(j)terarias que se llevan a cabo una vez al mes con las bibliotecarias de la comarca, a las que se suman otras personas interesadas en LIJ. El formato tertuliano funciona especialmente entre aquellos que se sienten parte de una comunidad y como lo ha demostrado la experiencia que llevaron a cabo en el municipio español de Ballobar, promueven el ejercicio cívico de la democracia (la experiencia fue publicada en Cultua LIJ y recopilada en el libro Políticas de Lectura)

Y un proyecto que quisiéramos proponer y sacar adelante en este tercer año es el de los clubes de lectura para lectores más entrenados”, agrega el escritor librero.


Promocionar la lectura por otros medios

—Usted antes que nada es escritor, pero se ha instalado en Catalunya y ha puesto una librería especializada en el público infantil. ¿Me equivoco si digo que se toma el trabajo de librero como la posibilidad de ver en primer plano los devenires sociales, con cierta mirada antropológica?

—Creo que el orden es diferente: primero está la mirada sociológica, o antropológica, si prefieres, y luego el trabajo de librero. Estudié sociología unos cuantos años. Leí bastante sobre teoría y filosofía. La cuestión social no me es ajena desde mi adolescencia. Y supongo que esto de ponerme de librero ha sido entrar en un tipo de vínculo distinto, que me exigía volver a pensar cómo se dan las relaciones sociales entre las personas, más especialmente, entre el mundo adulto y el mundo infantil, a través de los libros, ya sea como compradores, como demandantes, como interesados o como lectores potenciales.
En ese sentido, la mirada antropológica sufrió una excitación en la experiencia cotidiana, a favor o en contra de las teorías, como sorpresa o como disgusto. Pero bueno, no te equivocas del todo.

—A su librería no solo la visita público general, sino estudiantes que se preparan para ser maestros y profesores. ¿Cómo se aprende a elegir una lectura?

—Sí, tenemos esa suerte. Estudiantes para maestras se acercan a la librería. Primero invitadas por las docentes de la universidad donde estudian. Luego como jóvenes urgidas por algún trabajo puntual que se les encomienda para la carrera. Creo que está muy bien que las docentes las inviten a visitar una librería especializada. Una joven que ejercerá de maestra debe comenzar a preparar una biblioteca propia: aquellos libros que entienda que son los mejores para el ejercicio de su trabajo con niñas y niños. Y para eso, debe tener un gusto desarrollado y un criterio profesional.
Ahí, el trabajo mayor lo hacen sus docentes, enseñándoles libros, leyéndolos con ellas, mostrándoles qué posibles lecturas puede ejercer una maestra y un niño o una niña a partir del libro que se le ofrece. Luego, adoptar el hábito de frecuentar bibliotecas y librerías, leer libros que son clásicos, leer libros que se proponen como novedades, entender qué hay de literatura en ellos, qué hay de arte, qué hay de educativo o de adoctrinamiento, saber diferenciar el trigo de la paja… También, claro, leer revistas especializadas, blogs especializados, ver qué recomiendan, tener un conocimiento de las editoriales que publican y de sus catálogos, concurrir a tertulias literarias o a clubs de lectura. Conversar sobre libros, sobre sus cosas buenas y malas. Es todo un aprendizaje, sin dudas.

—¿Qué lugar tiene el librero en ese proceso?

—Cuando yo era estudiante hablaba con un librero que me presentaba distintos libros: es una ayuda. Pero el aprendizaje mayor no se hace en una librería, sino que se hace en la lectura sistemática y crítica de una amplia diversidad de títulos. Obviamente, las profesoras de magisterio, las bibliotecarias especializadas, las libreras y los libreros que conocen su fondo, todos pueden echar una mano. Pero estoy convencido de que lo decisivo será el momento en que frente a una clase de niños y niñas lean el libro que eligieron para ese día, para ese grupo, o den a leer muchos libros desde la biblioteca del aula, y entonces estén muy atentas para darse cuenta de si acertaron más o menos, cuáles libros gustan a los pequeños, por qué gustan, cómo a partir de un gusto previo se pueden aportar nuevos libros para que los chicos y las chicas avancen en su camino lector.



El oficio del librero

La librería El Petit Tresor tiene dos vidrieras. La más pequeña era una antigua puerta de acceso al local que fue convertida en un escaparate vertical. Por ese espacio rotan libros según las actividades planeadas, las visitas de autores, o puede estar dedicada a un solo título si se trata de una presentación.

En este momento, por ejemplo, en el escaparate pequeño se puede ver una selección de libros en los que el protagonista es el lobo. Estas iniciativas nacen de la librería misma.

—La suya es una gestión novedosa, que nace primero como un proyecto digital y se materializa tiempo más tarde. ¿Cómo se vinculan hoy ambos espacios?

—Le damos mucha importancia a las redes sociales. Es allí donde damos una imagen de nuestros gustos y de nuestra movida general. Ello hace que muy a menudo venga a visitarnos gente desde lugares remotos, tanto de Cataluña como de España o de América Latina.

—Las librerías generales suelen ser conocidas como de “novedades”, en el sentido de que se trata de libros que están vigentes en los catálogos de las editoriales. Pero el término “novedad” muchos lo entienden como rotar en la librería los últimos títulos que las editoriales publican en forma automática. Entonces, ¿quién define el fondo de una librería: el librero o el editor?

—Depende de que haya una librería y un librero. Si hay las dos cosas, el fondo lo decide el librero. Y es que no todas las tiendas que venden libros son librerías, así como no todas las librerías tienen un librero al frente. Hoy en día, librerías pequeñas como la nuestra, librerías especializadas, son establecimientos que tienen una personalidad como tales, y esa personalidad se la da el equipo de libreros que la conducen.
El librero, en su rol de creador de un fondo y de prescriptor de lecturas, ha de saber qué libros tiene en sus estantes, y para eso, los tiene que conocer. Ha de ser él quien pida los títulos a las editoriales. Las editoriales no pueden imponerle libros para vender, y si lo hacen, han de saber que ello no es garantía de que el librero los venda, los recomiende o los exhiba.
No digo que el librero, incluso en una librería fuertemente personalizada, sea autárquico. No. En una región donde se publican 8000 títulos al año, ningún librero puede conocer todo lo que sale al mercado. En esa dirección, un poco como las estudiantes de magisterio que han de elegir un libro, nosotros hacemos el trabajo en red: nos fijamos qué recomiendan personas que son referentes en el mundo del libro infantil, ya sean críticos, editores, autores, ilustradores y también otras librerías. Y a su vez hacemos un trabajo de exploración, de seguimiento, de investigación, y cuando encontramos el grano de trigo entre la paja, lo hacemos saber a quienes están enredados con nosotros en este mundillo. Pero claro, en nuestro fondo, al final, estarán aquellos libros que nos gustan o que sabemos que tienen una calidad aceptable y que hay buenas razones para que gusten a nuestro público lector.
Si una editorial, con políticas comerciales agresivas, quisiera imponerse y obligarnos a tener en nuestra librería cosas que no nos interesan, lleva todas las de perder, porque no tendremos esas cosas y, seguramente, al final, tampoco tendremos otros títulos de esa editorial que sí que nos pueden interesar. Si una editorial quiere definir nuestro fondo, lo mejor que puede hacer es mimarnos y seducirnos con la calidad de su trabajo. Eso hay editoriales que lo hacen muy bien.


Para seguir conociendo a Le petit tresor

“Toda labor cultural tiene que ver con la mendicidad”

Reedición de la entrevista reaizada en 2000 a Héctor Yánover, librero y mediador cultural de relevancia en la Argentina.

Por Federico de Giacomi, Diego Dente, y Valeria Sorín

Entrevista a un librero insigne de la Argentina, Héctor Yánover, alrededor acerca de las marcas de la dictadura había dejado en la cultura y la lectura.

Esta entrevista fue realizada en la primavera del año 2000, cuando la Argentina sufría una importante recesión que desembocaría en la crisis económica más desgarradora de su historia. El tema gira alrededor de las marcas de la dictadura que aún se sienten en la cultura a 17 años del regreso a la democracia.

Héctor Yánover sigue y seguirá siendo referencia obligada a la hora de pensar sobre el libro y sus alrededores, sobre la lectura de los argentinos, y a través de ella, sobre la cuna de ciertas ideas y actitudes. Un hombre que lee la sociedad y que la escribe con palabras claras, simples.

Talla directa sobre libro y madera tallada y quemada (2016) por Pablo Bompé.
Talla directa sobre libro y madera tallada y quemada (2016) por Pablo Bompé.


–¿Recuerda qué libros se vendían luego del golpe militar de 1976?
–Noté un cambio súbito. Lo que apareció es el ocio: el ocio de un tipo que se dedica a cosas que no molestan a nadie fundamentalmente. Aparecieron oleadas de libros sobre cómo manejar su yate, cómo jugar al golf o al bridge. Nadie quería saber, porque el saber compromete. Yo me enteraba porque vendía libros y muchos desaparecidos compraban y leían libros en mi librería. A la librería venía también gente que era militante, como el padre Mugica.

 –Usted estuvo exiliado durante más de un año. ¿Cómo se veía desde España la situación de la Argentina?
–Acá siempre se quejaban de que había una campaña antiargentina. Lo que había era una campaña contra la dictadura, contra la tortura, una campaña antifascista, si queremos ponerlo en términos ideológicos. Este golpe del 76 tuvo características distintas a los otros. Fue ideológicamente más claro. Tenían ideólogos detrás que sabían qué querían y había un plan de trabajo. Por ejemplo, acá llegaron a la conclusión de que todo aquel que dijera la palabra “vector” era del ERP. ¿Por qué llegaron a esa conclusión? Porque la matemática moderna es de la gente que está más avanzada en el estudio de la matemática y esos son los tipos que están a favor de los cambios.

–Los ingenieros debían cambiar su vocabulario.
–No tenían que decir la palabra “vector”, simplemente. Cuando se prohíbe El Principito, ¿por qué se prohíbe? Porque abre un camino a la libre creatividad. Son cosas que no se deben permitir: si yo doy una orden para que todo el mundo la cumpla, nadie puede pensar por su cuenta. El que piensa por su cuenta es un enemigo. Todo libro que te obligue a pensar tiene que ser eliminado. Y la gente lo eliminaba antes de que se lo impusieran.

–Las listas negras de libros no eran públicas.
–No, vos tenías que darte cuenta, ahí empieza la autocensura. Yo me acuerdo de que una noche, cuando cerré la librería, les dije a todos mis empleados: “Acá no me van a llevar a mí solito, nos van a llevar a todos. Entonces, eliminemos esos libros que pueden traernos esa clase de problemas, pero decidámoslo entre todos”. Entramos a sacar… “¿Este, qué hacemos?” Rompemos. Llenamos bolsas y bolsas de libros. Gracias a Dios que lo hicimos, porque después tuvimos una inspección.

–¿Desaparecieron muchos libreros?
–Desaparecieron varios, no sé si muchos. Y hubo otros que se tuvieron que ir del país. Hernández, que ya murió hace muchos años y que tenía la librería en la calle Corrientes, tenía unas mesas con libros marxistas que mantuvo durante el proceso militar. Él conocía a los tipos de la SIDE gracias a que iban siempre a tomar café ahí. Un día le dijeron: “Che, rajá todo que se acabó”. Dos o tres meses más tarde les cayó una inspección y descubrieron que al fondo, en el sótano, él había hecho una falsa pared y había guardado todos esos libros. Tuvo que escaparse al Uruguay, y recién pudo volver cuando todo había terminado, cuatro años más tarde.

–Cuando usted dice que “caía una inspección”, ¿de dónde venía?
–No sé de dónde iban a otros lados. En mi caso, entraron tres tipos a la voz de “Inspección municipal. “¿Y cuál es la diferencia con las otras?”, pregunté. “Que esta es integral.”. Uno de los tipos sabía, los otros dos eran alcahuetes. Se le acercaban y le preguntaban: “¿Se puede vender García Márquez? ¿Se puede vender Virginia Wolf?”. El otro contestaba: “¡Sí, es un clásico de la literatura inglesa!”. Había una especie de marcación del “buen gusto”. Ya ves que prohibieron a Gardel porque arruinaba el idioma y usaba palabras del lunfardo. Las señoras de los militares, en este sentido, pesaban mucho porque tenían más vida social. Por ejemplo, Ediciones De la Flor se cierra y los meten presos porque la señora de un coronel en Mendoza vio un libro editado por ellos y le dijo a su marido: “Esto no puede ser”.

–¿Qué secuelas considera que dejó el proceso?
–El miedo. Un miedo debajo de la piel. Tengo una historia interesante, en este sentido: Osis Mandelstan fue un poeta ruso que en el año 33 o 34 escribió un poema sobre Stalin. Stalin se enteró, lo metió preso y lo fusiló en el 37. La mujer lo visitaba todo el tiempo en la cárcel durante los dos años que permaneció preso. Ella escribió las memorias de todo lo que allí pasaba. Un día, bastante tiempo después de la dictadura, yo estaba leyendo ese libro y siento que el ascensor se cierra de golpe. Cerré el libro y lo metí en un cajón. Y después me dije: “¿Qué hiciste? Tenés el miedo incorporado”.

–¿Cómo se fue debilitando el Proceso?
–La guerra de Malvinas los dejó “en la lona”. Se notó inmediatamente. Yo me animé a leer un poema donde estaba la palabra “asesinos”. Y mucha gente se empezó a animar. Había mucho odio en algunos sectores, y en otros estaban bastante contentos. Hoy, todavía, le escuchás decir a cierta gente, a la “mierda” de gente (que suelen ser los más viejos): “Ese es boleta”. La Argentina profunda es muy fascista. Las grandes fortunas nuestras son todas dolosas. Es un país muy difícil. Y en el terreno cultural yo, desde que nací, sé que toda labor cultural tiene que ver con la mendicidad.

–¿Mendicidad?
–Sí, siempre tenés que estar rogando, pidiendo. Nunca hay dinero para la cultura. Yo he viajado por América y donde llegaba enseguida me decían: “Che, ¿no querés leer poemas en tal lugar?, porque me imagino que este viaje te sale unos cuantos mangos y te podemos pagar tanto”. Acá, en la Argentina, todo es gratis siempre. Esto a mí me pasa a cada rato. “Señor Yánover, lo llamamos de Corrientes, porque acá tenemos una librería que anda muy bien y cumplimos diez años y queremos hacer una gran fiesta y que usted venga y nos hable”. Cuando les pregunto si van a pagar algo, enseguida responden que no. Si usted tiene que llevar a un tipo a cambiarle el cuerito de la canilla, ¿es gratis también? Pero a un tipo que viene a leer poemas ¿no hay que pagarle?
Hace poco la dueña de un banco quería invitarme a hablar no sé dónde. Me hace llamar por otro, que me pregunta si quiero dar esa charla. Yo le digo que sí, pero que cobro. Entonces llama ella y primero me saca todo lo que puede: datos, cosas, quién puede hacer tal cosa, quién puede hacer tal otra, dónde puedo ir. Después me dice: “Eso que le hemos pedido, usted sabe que es para una sociedad de bien común donde yo trabajo gratis. Así que espero que usted también lo haga gratis”. Después me quedé pensando que todos los ricos trabajan gratis.

–¿Qué le pasó a la producción cultural y a las editoriales durante aquel tiempo?
–Hubo un cambio. Hubo editores que dejaron de editar, otros que se adaptaron… Había muchas cosas que no se editaban… Pero ahora también hay muchísimas cosas que no se editan, por otras causas: porque no hay compradores, porque Europa produce millones de libros y acá es imposible traducir más de mil.

–¿Cómo es la relación del público argentino con la lectura?
–Acá es así la curva (hace un gesto ondulante con su mano): sube y baja. Como la economía, como todo. Acá no hay una cosa estable con la que vos puedas contar, no podés hacer una estadística a futuro porque no sabés qué puede pasar. La inflación monstruosa hizo también que la gente dejara de comprar todo. Pero la lectura es como un vicio. La gente que lee no puede dejar de leer. La actitud frente a los autores argentinos también es muy ondulante. De pronto hay épocas en que nadie quiere comprar una obra de un autor argentino y épocas en las que todo el mundo quiere una.

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Talla directa sobre libro y madera tallada y quemada (2016) por Pablo Bompé.
Talla directa sobre libro y madera tallada y quemada (2016) por Pablo Bompé.

Han pasado otros 17 años desde esta entrevista, 34 desde el retorno a la democracia en la Argentina. A la crisis económica que redujo a menos de la mitad las librerías, le siguió un nuevo boom –bajo el cuidado de la ley de Defensa de la Actividad Librera– que incluso consagró a Buenos Aires a nivel mundial como la ciudad con mayor cantidad de librerías per capita.

¿Destino circular? Diferentes evaluadores muestran una caída del 35 % en la venta de libros durante 2016. ¿Y la lectura? Aún permanece viva, para dar sentido a la experiencia.

A la memoria de Héctor Yánover y de Federico de Giacomi.

Librería con marca autoral

Hoy queremos presentarles a Natalia Rozenblum, una actora cultural completa.

Por Leonardo Cook
Escritora, poeta, filósofa, editora, librera, hasta ahora. Con treinta años, la enérgica Natalia Rozenblum está muy lejos de haber agotado caminos. Tal vez por eso, cerca de graduarse en Filosofía ideó una plataforma de escritura compartida en la web.

Corría 2009 y aún el género fan fiction resultaba extraño. Ahora bien, ¿podía ser posible crear totalmente desde cero en forma colaborativa en la web un relato con al menos setenta finales? ¿Habría interesados en sumarse? Rozenblum supo encontrarlos; un año más tarde, más de doscientos autores transformaban un sueño en realidad.

A sus propios textos ha sabido ponerles el cuerpo y se difunden y replican en Youtube como una extensión natural de la página, de la estrofa, de la simple escritura.

¿Inquieta? Sí, en una vibración que se recorre en una espiral, pasando siempre por la literatura, aunque desde capas diferentes. ¿Cómo, cuándo, dónde ocurre el encuentro del público con la palabra, con el pensamiento? Para estas preguntas Natalia ha sabido encontrar una variedad de respuestas.


Inquietud librera

-¿Cómo surge la idea de La vecina libros?
-Hace años que tenía ganas de armar un proyecto. En realidad, tenía ganas de que fuera algo que no estuviera ligado a la literatura, pero no pude. Un día de diciembre 2015 vi una nota sobre librerías en casas −ya conocía y había comprado en algunas−, y en un rapto decidí que me pondría una.
Tengo un catálogo que es una selección de lo que me gusta −ya sea por autores o editoriales−. Me hacen los pedidos y entrego en puerta o en Capital un par de veces por semana, cuando doy taller. A mi casa solo entran amigos y conocidos.

-¿Cómo selecciona los libros que va a trabajar?
-Tengo que conocer a los autores o a la editorial. Obviamente, no leí todo lo que vendo ni creo que solo pueda vender lo que a mí me gusta, pero trato de que, en términos generales, me represente.
La librería tiene su mayor público entre los adultos. Con los meses fui incorporando algunos libros para chicos porque hay editoriales que son increíbles. Aunque no es el foco de La vecina, son libros que yo misma disfruto mucho leer y recomendar.

-¿Cómo es que la pasión llega hasta soportar la intemperie?
-Tuve una sola experiencia que fue participar de una feria autoconvocada cerca de mi casa. Puse los libros en el changuito del supermercado, llevé una colcha y los desplegué ahí. Hacía mucho frío y el tránsito fue moderado. Ahora voy a tener un stand en la feria de editores, libreros e ilustradores que organiza la Municipalidad de Vicente López. Será en la placita de Olivos.

-¿De dónde nace su amor por los libros, la lectura y la escritura?
-No sé si lo tengo claro. No tengo un recuerdo preciso de que en mi casa se leyera o se escribiera mucho, pero para mí la lectura y la escritura siempre fueron algo muy accesible, un lugar en donde la pasaba bien.

-¿Cuál es la propuesta de los talleres?
-Dicto diferentes tipos de talleres: de lectura y escritura, de narrativa y de escritura creativa. Cada uno tiene su particularidad, pero en el fondo siempre se trata de lo mismo: aprender a contar historias.
La parte más linda es estar ahí con los grupos, escuchar sus textos y poder dar devoluciones pertinentes. Es transmitir lo que uno siente por la literatura en cada comentario y en cada análisis.

-¿Qué es lo que más disfruta como mediadora cultural?
-La conversación. Proponer lecturas −autores, editoriales− que me gustan y que otro lo reciba. Me gusta cuando me sugieren libros. Me gusta cuando gente que no lee se acerca. Me gusta cuando me dicen: “Elegime los libros”.