Leer al futuro

#EscenasLectoras
Por Daniela Azulay

escenaslectoras-2Regalos de fin de año: un libro, un vestido, un disco, una taza, una bombacha rosa y una #EscenaLectora.

Se terminaba 2014, y me dejaba de las más lindas escenas lectoras de mi colección. La foto de Isa leyéndole a la panza de su mamá, devenida en Gero meses después.

Gimena Farina fue de las primeras en mandarme escenas lectoras vía twitter. Cuando la recibí, automáticamente, recordé el libro Un lugar en el bosque, de Armando Quintero:

“Lobo abuelo cuenta cuentos. Cambia el cuerpo, las patas,  los aullidos…¡Cómo cambia y cuánto cambia en cada cuento! []

Lobo abuelo cuenta cuentos y hace que todos viajen al bosque donde todo es posible, hasta los gritos del silencio.”

Isa lee seria, íntima, apoyando el libro en la panza que la escucha.  Lee Lobo Rojo y Caperucita Feroz, de Elsa Bornemann, se lo regaló su tía, me cuenta la mamá cuando le escribo para preguntarle cuál es el libro que sale en escena.

Casi que la escucho:

“(…) El que más asustado estaba – desde que se había enterado que la Caperucita Feroz andaba recorriendo el bosque de lo más campante- era el lobito Rojo, un animal hermoso como nunca nadie viera. 

Sin saberlo, un lobo me trajo más lobos de Un lugar en el bosque:

“Muchachita del bosque

– Escucha-dijo Lobo Grande a Lobo Pequeño-. Y pon mucha atención.  Si por un sendero pasa una niña con una cesta y una caperuza de este color – le mostró unas guindas-, ni le hables. ¡Es un ser muy peligroso! Esa muchachita tuvo mucho que ver con el triste final de tu tatarabuelo.”

 

Bibliografía

  • Quintero, Armando. Un lugar en el bosque. Kalandraka, 2006.
  • Bornemann, Elsa. Lobo rojo y caperucita feroz. Buenos Aires, Alfaguara, 2012.

 

 

Entre lenguas

Somos habitantes del siglo XXI. En este tiempo el mundo se escribe en plural: mundos, culturas, pueblos, lenguas, derechos, ideas. Pluralidad que necesita cuerpos y mentes elásticas, capaces de adaptarse a un contorno cambiante. Hay quien a esta habilidad la llama liquidez…

Editorial de Cultura LIJ #38 edición papel y # digital septiembre 2016.
Por Laura Demidovich y Valeria Sorín

“¿En qué lengua se despierta el bilingüe?” pregunta Sylvia Molloy. Cuando no se está aún en el mundo, cuando apenas se arriba por la mañana, suena el teléfono: ¿qué lengua es el bilingüe antes de atender? Conflicto de quienes han sido transplantados de una tierra a otra, y aún más de los niños que hablan una lengua en casa y otra en el mundo tras la puerta de calle.

Por el contrario, “perder una lengua es quedarse deslenguado”, apunta Molloy. Y nos quedamos pensando la cantidad de migrantes, de refugiados y de indígenas que se quedan deslenguados, unos por tener que ingresar en una lengua nueva, otros porque los sistemas educativos y burocráticos de sus propios países no los incorporan.

x-wSoy XX y me expando.” Con tan breve micro relato, Isol define en su Abecedario hecho a mano lo que es la maternidad: ser mujer (XX) y expandirse.  Para leer ese breve texto no es solo necesario saber castellano, es necesario estar incorporado al lenguaje científico con el que el mundo moderno define los cromosomas que determinan el género. Los artistas crean lenguajes, multiplican las lenguas, se apropian de palabras, de gestos lingüísticos para conmovernos. Y así la ciencia se vuelve poesía, justamente por ser la forma de establecer un código entre autor y lector.

Ser XXI

Este año el congreso que organiza IBBY (International Board of Book for Young children) ha propuesto como eje pensar a la literatura desde la perspectiva de las multiliteraturas. En sus propias palabras: “celebra la multiplicidad de lenguajes, de lecturas y de literaturas presentes en el mundo hoy”. Entre los subtemas que se abracarán se encuentran: literatura global, local e indígena, y diversidad de formas literarias y formatos.

Somos habitantes del siglo XXI. En este tiempo el mundo se escribe en plural: mundos, culturas, pueblos, lenguas, derechos, ideas. Pluralidad que necesita cuerpos y mentes elásticas, capaces de adaptarse a un contorno cambiante. Hay quien a esta habilidad la llama liquidez.

Y si no todos somos bilingües, sí podemos afirmar que somos multilenguaje. ¿Nos extraña el éxito que ha tenido entre chicos y adultos el libro álbum? Es el género que mejor ha satisfecho el inquieto lector del XXI.

Quienes hemos nacido en el siglo pasado, quienes pertenecemos a una generación que trabaja contra su propia rigidez dogmática podríamos afirmar: “Soy XX y me expando”… soy del siglo veinte y me expando.

Que septiembre y octubre nos encuentren reflexionando, abiertos a repensar qué y cómo debe ser la literatura para niños cuando las historias ya no solo se experimentan desde las letras y las imágenes fijas. Que septiembre y octubre nos lleven a las bibliotecas donde todas las lenguas son bienvenidas. Que septiembre y octubre no clausuren ningún significado. Que sobreviva la búsqueda de sentido.

Feliz día maestros. Feliz día bibliotecarios. Feliz día para todos nosotros.

 

Lee toda la edición digital de septiembre 2016 de Cultura LIJ en:
https://culturalij.com/2016/baja-cultura-lij-septiembre-en-digital

Un mundo diminuto

Para mi nieto Dany, quien desea acompañar a su zeide en el viaje a la melancólica Luna, al belicoso Marte, a la bella Venus, y de regreso a nuestro mundito. Regalo estos libros para que tome sus primeros conocimientos. Abraham.

Así está escrito en la portada del libro El cortejo solar, edición de bolsillo, tapa dura, eso sí, de 1945. Este ejemplar junto a otro de El planeta en que vivimos fueron regalados en agosto de 1963, por lo que la edición ya tenía unos años. Investigando logramos saber que el abuelo Abraham había nacido en Rusia, en los territorios de lo que hoy es Ucrania; pero la amenaza de los pogrom lo trajo a América con hermanos, padres y primos, tras semanas de navegación. Uno de los tantos millones de personas que entre 1870 y 1940 midieron cada palmo de ese mundito, cargando poco, dejando algún bastante, esperando algo que podía convertirse en infinito, y que seguro costaría una enormidad.

Revisamos el breve texto y ahí esta ese diminutivo disparatado. Mundito, a sabiendas de que es enorme. Mundito, para quien ha nacido en Oriente y ha criado familia en Occidente, ha salido de la aldea para afincarse en la gran ciudad; para quien fue criado en una lengua, ha reverenciado otra y aprendido a soñar en una tercera.

El diminutivo

  1. Que tiene cualidad de disminuir o reducir a menos algo.
  2. Dicho de un sufijo: Que expresa disminución, atenuación o intensidad de lo denotado por el vocablo al que se une, o que valora afectivamente su significación. Frasquito, problemilla, ahorita.

Gramaticalmente, los diminutivos son un tipo de derivación apreciativa que modifican el significado de una palabra (sustantivo –tacita, piecito–, adjetivo –delgadito, bajito–, o adverbio –enseguidita, cerquita, arribita–), para dar un matiz de tamaño pequeño o de poca importancia, o bien como expresión de cariño o afecto. En determinados contextos, su uso puede entenderse con un sentido despectivo.

El diminutivo es una forma que se ha extendido en las variaciones dialectales de América. Así en Perú el habla corriente está plagado de diminutivos: “Tomamos un cafecito”, “Preséntame a tu amiguito”, “Esperas un ratito”. En algunas regiones de Sudamérica y del Caribe, los sufijos –ito e –ita intercambian por –ico e –ica. E incluso en la ciudad de Bogotá, el habla se llena de colores cuando los sufijos se usan reduplicados, donde se alternan –ito e –ico. Así, por ejemplo, chico adopta las siguientes formas reduplicadas: chiquitico, chiquitíquitico, y hasta chiquitiquitíquitico.

Apreciación

Los autores consultados coinciden en que el valor de la palabra se ve afectado por estos sufijos. Entendemos ‘valor’ como las asociaciones extra nocionales, que, sin alterar el concepto, lo coloran. Podemos diferenciar valores expresivos y valores sociales o socio contextuales. Los primeros ponen de manifiesto las emociones, las voliciones y los juicios del hablante, mientras que los valores socio contextuales evocan el medio, clase social, edad, etc., de quienes usan las palabras. Estas dos clases de valores no se excluyen, sino que, por el contrario, se complementan unos a otros.

Pero si la determinación de la carga peyorativa la aporta el contexto, parece interesante escuchar atentamente cada vez que encontremos en nuestra habla corriente –y aun más en nuestra escritura– un diminutivo. ¿Qué significa alumnito en el contexto escolar? ¿Qué queremos dar a entender cuando invitamos a leer un librito o un cuentito? ¿Acaso esperamos que, además del tamaño pequeño o de la corta edad del destinatario, haya una carga extra? Porque si hablamos de un cuento corto, o de un alumno de los primeros años de la primaria, este dato puede expresarse con otros recursos lingüísticos. La elección de usar un diminutivo tiene una intención marcada de reducción. Y esto se vuelve un valor negativo.

Amores que matan

Dentro del campo de la educación y en referencias a la literatura infantil, los diminutivos suelen hacer nido. Pero ¿qué disminuimos? ¿El valor de qué o de quién afectamos? Al alumnito y al librito los negamos con solo nombrarlos así. Si en el paradigma occidental nombrar es dar existencia, el diminutivo nombra para quitar entidad a esa existencia, enflaquecerla hasta la agonía.

Si prestamos atención, los libritos que tienen cuentitos suelen incluir también dibujitos. Los alumnitos que los leen suelen estar privados de la polisemia, de la ambigüedad, de la incomodidad e incluso del desafío lector. Son cortitos y todos esos cuentitos tienen finales felices, imágenes saturadas y muy planificadas, con referencias claras a lo que se espera sea una infancia ideal, esa que por definición no existe.

Espejo

Siempre que elegimos una palabra, los hablantes de una lengua lo hacemos en conocimiento de una variedad de posibilidades. Es por eso que cada acto de habla desnuda también al hablante, revelando aspectos que no siempre hubiera elegido mostrar: prejuicios, comunidades culturales a las que pertenece, educación alcanzada, clase social a la que pertenece.

El mundito de Abraham muestra el esfuerzo empeñado en la asimilación en su nueva tierra. Ancho, expulsivo, pero a la vez posible de ser perfeccionado para cuando le toque hacerlo suyo a su nieto.

Así como el insulto cuenta de nuestra incapacidad para tolerar y trabajar con el dolor, la frustración o la indignación que algo o alguien nos provoca; el diminutivo también cuenta de nosotros: es, bien entendido, una huella del miedo que nos provoca otro pensante y poderoso, tal vez más que nosotros.

Colectivo LIJ

En estos meses empezó a circular un espacio colectivo para hablar desde el espacio de la LIJ argentina a la sociedad de referencia. Aquí sus promotores iniciales, Mario Méndez, Silvia Schujer y Sandra Comino, lo presentan.

Sección: Contexto
Por Mario Méndez

En estos meses empezó a circular un espacio colectivo para hablar desde el espacio de la LIJ argentina a la sociedad de referencia. Aquí sus promotores iniciales, Mario Méndez, Silvia Schujer y Sandra Comino, lo presentan.

El Colectivo LIJ tuvo tres momentos de nacimiento: un brindis de fin de año en una editorial, donde muchos escritores comentamos que debíamos juntarnos a charlar, a discutir, a pensar acciones en defensa de los espacios que sentíamos amenazados. Luego un mail que circuló entre varios escritores en exactamente el mismo sentido y a los pocos días, el momento más importante, la reacción que provocó en nosotros la represión a la murga Los Auténticos Reyes del Ritmo, en la Villa 1-11-14. Escribimos una especie de carta abierta, y pusimos a circular, en las redes y en algunos medios periodísticos, ilustraciones, poesías, relatos para expresar lo que sentíamos: que hay cosas que son intolerables, y que si nos dedicamos a escribir, ilustrar, narrar, editar para chicos, no podíamos callar.

Veníamos hablando de juntarnos los actores del mundo LIJ (escritores, ilustradores, editores, narradores, especialistas…) con la idea de hacer pública nuestra posición política en defensa de los logros que se venían realizando en Cultura y Educación, que por supuesto involucran a nuestro espacio, y que se encuentran amenazados. Esto es, entre otras políticas culturales, la compra de libros por parte del Estado para distribución entre familias que tenían poco o ningún acceso a la lectura, cuyo principal logro es la creación de lectores, sin los que nuestra labor no tendría sentido. El apoyo a las Bibliotecas Populares de todo el país, con inversión en libros y en capacitaciones. El desarrollo del Plan Nacional de Lectura, que permitió que muchos de nosotros llegáramos a ciudades y pueblos de todo el país, a encontrarnos con docentes y niños lectores. La defensa de los Derechos Humanos, con los que nos sentimos identificados y comprometidos. Y muchas acciones más. Creímos, en el momento de juntarnos (y lo seguimos creyendo, porque pruebas sobran: basta ver lo que acaba de ocurrir en la Biblioteca Nacional, donde se despidió a 250 trabajadores), que hay que defender aquellos espacios de cultura, de arte, de educación que nos involucran a todos, y especialmente a nosotros por nuestra pertenencia laboral.

Estaremos atentos a cada manifestación en contra de los intereses de los chicos lectores, de los docentes comprometidos, de los ciudadanos que ven amenazados, disueltos o vaciados total o parcialmente espacios como el ECuNHi, el Museo de Malvinas, el Centro Cultural Kirchner, Tecnópolis, el Plan Nacional de Lectura, el Proyecto Conectar Igualdad, y muchos más. Somos, y en eso coincidimos, un grupo de actores de la LIJ identificados políticamente con la defensa de la Cultura y la Educación. Por lo tanto, rechazamos las políticas neoliberales de ajuste, vaciamiento, reducción del Estado como garante del derecho a la lectura, la educación, el crecimiento.

No sabemos qué incidencia podemos tener. Pero aunque sea muy poca, creemos que debemos alzar la voz cada vez que nuestra conciencia lo exija. Creemos en la militancia en todas sus formas, no nos parece una mala palabra: al contrario, nos parece una palabra bella. Y hacemos, como podemos y la entendemos, una militancia cultural.

 

El hombre como lobo del niño

Por: Laura Demidovich y Valeria Sorín

comerte mejor vero fradkin

Una madre lee a su niño: “Hansel y Gretel, al ver la puerta abierta del horno… hicieron una torta para comer con la bruja”. En la publicidad de tabletas repelentes una voz en off reflexiona: “Porque estás en cada detalle, cuidá a tus hijos con las tabletas repelentes…”.

Todos alguna vez al leer en voz alta cambiamos una palabra, acortamos un párrafo, salteamos un episodio. De la misma forma que interpretamos voces para cada uno de los personajes, se adaptan los textos a las circunstancias. Estamos cansados y el cuento se acorta. Es un viaje largo, y nos detenemos en cada página para que el entretenimiento dure más.

Lo interesante de la pieza publicitaria del repelente radica en los prejuicios sociales que revela. La pieza fue creada para la radio y sale por emisoras de enorme audiencia. El creativo publicitario trabaja con los valores y las ideas comunes a la sociedad. Si bien para que sea escuchada, la pieza debe plantear algo novedoso, no puede romper código con su audiencia. Evidentemente, hay muchos adultos que preferirían evitar los clásicos (excepto, claro, a las princesas primorosas).

Lobo suelto, cordero atado

“La vida es hermosa”, dice fuerte la directora de la escuela. Se lo dice al grupo de maestras, mientras discuten algunos ejes de trabajo para ese año. Coincidimos con la docente, la vida es hermosa. La sociedad en la que vivimos no tanto. Educamos justamente para fomentar el desarrollo de hombres y mujeres íntegros que puedan construir mejores relaciones entre ellos. Educamos con la esperanza de que las nuevas generaciones encuentren las respuestas que no fuimos capaces de darles. De que dejen nuevas preguntas planteadas.

“La vida es hermosa” quiere transmitirle la mamá que usa esas tabletas tan repelentes que dejan afuera los miedos, las brujas, los lobos. Repelen todo lo que pueda generar alguna picazón inconveniente. La vida es hermosa y sin conflicto.

La literatura, lo mismo que el juego, nos permite ensayar situaciones no vividas. Como ventanas, los cuentos nos llevan a realidades desconocidas. Y si nos interesan es porque igual nos interpelan: hablan de nuestros miedos, de nuestros deseos ocultos o manifiestos. Las metáforas nos permiten simbolizaciones bajo las cuales volver a mirar la realidad. ¿O no nos pasa de descubrir con enorme placer que la odisea de Ulises para regresar a Ítaca después de pelear la guerra de Troya habla de las pruebas que pasamos todos en nuestra vida para acceder a la felicidad, para volver al hogar interior donde aun se resguarda nuestra inocencia?

Extirpar de la literatura y de los relatos que compartimos con los chicos todo conflicto, es como dejar al cordero atado cuando el lobo anda suelto.

Desde el corral

Volvamos a la madre leyendo en la publicidad del repelente. ¿Qué la preocupaba del relato? ¿Qué los niños quemaran a la bruja? ¿Qué el lobo se comiera a caperucita? ¿Los devoradores de niños, o las respuestas que ella misma no encontró para la violencia en su sociedad?

No caigamos en falsas premisas. No sea que al que verdaderamente protegemos es al adulto incompleto que somos.

¿De qué debemos proteger a la infancia? ¿Acaso de las experiencias dolorosas? ¿Acaso de los adultos, adolescentes e incluso de los niños abusivos? ¿Acaso de su propia exploración? ¿Acaso de nuestros fracasos y frustraciones?

Estemos atentos. No sea que al proteger los dejemos expuestos.

 

 

 

 

 

 

 

De 2015 a 2016

Les deseamos a todos nuestros lectores un 2016 con fuerza para multiplicar lecturas, sueños, pasiones, esperanzas, deseos, amigos, redes.
 
Y si olvidaron descargar algunas, acá todas las Cultura LIJ de 2015.
 
Noviembre 2015
 

 
Septiembre 2015

 
Agosto 2015
 

 
Julio 2015
 

 
Mayo y Junio 2015
 

Abril 2015
 

 Marzo 2015 

Crecer sin dibujar

Los ilustradores Ivan Kerner y Mey Clerici recorren desde hace dos años el mundo realizando talleres de arte para chicos. Pero en Etiopía…

Por Mey Clerici
Foto: Sofía Nicolini Llosa

crecersindibujarHacía ya varios días que estábamos de gira visitando aldeas de tribus del sur de Etiopía. En algunas de ellas nos quedamos a dormir en carpa para despertar al día siguiente junto con las familias del lugar, tomar el café típico que preparan y sirven en media calabaza, desayunar la pasta de legumbres súper energética que cocinan y estar ahí viviendo por un momento lo que ellos viven cada día.

Ese día llegamos casi al mediodía a la aldea de la tribu Dassanech. El sol pegaba con toda la fuerza y nosotros estábamos medio zombies. A veces se juntan muchos días de no parar y nos cansamos. Somos felices y agradecidos de estar haciendo esto, pero a veces simplemente nos agotamos un cacho y desearíamos un ratito estar en Buenos Aires tomando un mate con amigos, estar en casa y ese tipo de cosas de siempre con las cosas de uno. Después se nos pasa, obvio.

Ese día estábamos con la energía re baja y, al llegar a la aldea y salir de la camioneta, un montón de chicos vinieron corriendo a buscarnos. Íbamos a pasar todo el día ahí con ellos, nos íbamos a quedar a dormir y al día siguiente íbamos a seguir ahí. Nos sentíamos muy culposos de no estar con todas las pilas para jugar y dibujar con los chicos Dassanech como hacemos con cada grupo de chicos que conocemos. Pusimos por un momentito piloto automático para arrancar. Les preguntamos a los locales si había algún lugar con un poco de sombra para poder conocernos con los chicos y hacer un taller de dibujo, y ellos nos señalaron este lugar. Era como una casita hecha de palos que quedaba ahí nomás.

En el camino nos contaron que esta era la escuelita de la aldea donde los nenes de la tribu aprenden. Una hermosura de lugar: piso de tierra, paredes de palos, techo de chapa, dos pizarrones negros al frente y un maestro voluntario que viaja desde el pueblo más cercano hasta la aldea todos los días para dar clases. Entonces caminamos hasta la escuelita de palo. Nos avisaron que había que esperar un poco porque el aula estaba ocupada. Nos asomamos y resultó que adentro estaba lleno de adultos. Todos sentados en los pupitres mirando al frente, cada uno con un cuaderno y un lápiz en mano. El maestro señalaba con un palo palabras en amarige (el idioma oficial de Etiopía) y ellos repetían.

Nos contaban bajito al oído, mientras presenciábamos la clase desde un costado, que ellos solo hablan la lengua tradicional de la tribu, pero que desde hacía solo tres días estaban aprendiendo a hablar y a escribir en amarige para poder ir al pueblo y vender sus productos, comercializar y poder comunicarse mejor con todos. Y para eso empezaron de cero total. Ese día estaban aprendiendo los números del uno al veinte a fuerza de repetición.

Entonces, en un momento le dije al maestro que, si querían, podíamos presentarnos y enseñarles palabras en inglés o ayudarlos en lo que fuera. Pero a él (que a esta altura lo queremos un montón) se le ocurrió una idea mucho mejor: nos pidió que pasáramos al pizarrón y que dibujáramos los animales y las cosas que los rodean en el campo, así ellos podían ayudarse con dibujos para aprender más fácil las palabras nuevas.

Entonces, felices, Ivanke y yo pasamos al frente y dibujamos una vaca, un pájaro, un árbol, el sol, la luna, las estrellas, las nubes, un hombre, una mujer, una gallina y algunas cosas más. Y después les escribimos sus nombres en inglés y ellos luego los repitieron en amarige y en su lengua nativa. No nombraban las cosas que dibujamos, las gritaban. Ponían una fuerza, una energía. Estaban tan entusiasmados por aprender.

Levantaban la mano y se ofrecían para pasar al frente a nombrar cada dibujo señalándolo con el palo largo del maestro. Y así. Para ese entonces nosotros ya teníamos de vuelta toda la energía del mundo, todas las pilas y todo el entusiasmo que nos contagió esta gente en unos pocos minutos.

Así que le preguntamos al maestro si podíamos hacer un taller de dibujo con los adultos y así fue. Nos pasamos las siguientes dos horas dibujando con ellos. Y como nunca antes habían dibujado en la vida, todo era nuevo y misterioso. Esta gente creció aprendiendo a interpretar los sonidos de los pájaros, a cazar, a criar animales en el campo, a mirar al cielo y saber qué clima se viene, a construir sus propias chozas desde la nada y hacer cosas que nosotros, con nuestra urbanidad encima, no podríamos ni resolver. Pero dibujar dibujar, nunca.

Con las hojas y los crayones adelante, eran como nenes muy chiquitos, pero en cuerpos de adultos y viejos. Aun así, nunca sintieron vergüenza ni se sintieron intimidados. Todo lo contrario: se dejaron llevar desde el primer momento por esta nueva y, por momentos, difícil experiencia de hacer que salga por la punta del lápiz un dibujo nuevo y único hecho por ellos mismos.

Desde afuera se asomaban los chicos, pispeaban entre los huecos de los palos de las paredes del aula y se morían por entrar y dibujar también. Ya les iba a llegar el momento. Más tarde dibujamos un montón con ellos. Pero ahora les tocaba a los grandes, que habían esperado décadas. A los grandes, que crecieron sin dibujar.