La sombra de las palabras

Miramos de cerca la trama de abusos y trata de menores que se investiga en torno de los clubes de fútbol. Si algo podemos hacer por las infancias es usar las palabras, empoderarlos y empoderarnos en nuestra lengua. Sin miedo y para sacarles el miedo.

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El lenguaje no tiene nada de natural. Toda herramienta es artificial. Lo artificial de la piedra devenida maza o mortero está en el uso. Un mono artificializa la piedra al usarla para romper o aplastar un fruto. La artificializa porque primero lo extraña.

El reverso de esta trama lleva a los humanos a olvidar que el martillo, la computadora o el lenguaje son equivalentemente artificiales. No importa si algunos de sus componentes (madera, piedra, sonidos o electricidad) son de origen natural; el sentido de su uso los enajena.

El ejercicio obligado para quienes trabajamos con las palabras es advertir su artificialidad y cómo moldean el mundo. Advertirlo para tomar cartas en el asunto.


Caperucita con botines

En estos momentos, en Argentina la sociedad descubre que existe una red de trata que por años ha ofrecido a sus clientes intimidad sexual con los futbolistas más jóvenes. Las víctimas son niños y adolescentes que están bajo la tutela de clubes, alejados de sus familias de origen, buscando la oportunidad de jugar en primera y salir de la marginalidad y la pobreza para siempre.

Separados de su red natural de contención y referencia, estos niños son oprimidos y forzados a sostener prácticas sexuales con adultos. Están atrapados en esta red de trata y no hay en ello ejercicio de la voluntad alguno.


Palabras para comerte mejor

Al echar luz sobre lo acontecido, no solo aparece lo que estaba oculto, también se hacen visibles las sombras. Y en los medios de comunicación las palabras salpican con todos los prejuicios acumulados.

Recordemos que hace pocos años que el periodismo ha dejado de hablar en términos de crimen pasional para dar cuenta de crímenes de género, advertidos por intelectuales y juristas feministas. Posteriormente, la legislación argentina incorporó la figura del femicidio, concebida como agravante del crimen –muy lejos de la justificación que encontraban los asesinos que aparentemente actuaban en “estado de emoción violenta” por sus pasiones encendidas y la ceguera de los celos–.


El disfraz de abuelita

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Sin embargo, aún hoy se habla de prostitución infantil para no reconocer el simple y claro caso de acoso, opresión psicológica, abuso sexual y violación de un adulto sobre un menor. Porque en tanto su condición de minoridad, el individuo no tiene tutela suficiente de sí para ofrecer prácticas sexuales a otro.

Quienes trabajamos con las palabras sabemos que la elección de una u otras no es inocente. Las palabras trabajan sobre las formas del mundo. Hablar entonces de “prostitución infantil” es ocultar el crimen, disminuirlo, quitarle dimensión, achatarlo hasta que la sombra de las palabras esconda sus bordes.

Hablar de prostitución infantil es quitar responsabilidad del cliente, en un mundo donde el consumidor siempre tiene razón.

Hablar de prostitución infantil es poner en el niño el deseo sexual y, por lo tanto, una marca aberrante. Es condenarlos para siempre al silencio porque son culpables de un delito y no víctimas.

Si algo podemos hacer por las infancias es usar las palabras, empoderarlos y empoderarnos en nuestra lengua. Sin miedo y para sacarles el miedo.

Al pan, pan. Y a la violación, violación.

 

Traduciendo a Asterix

Llegó a los quioscos una nueva edición de la saga de Asterix y reabrió polémica. Dos traducciones enfrentadas en un mercado acotado.

Asterix-No me peguen

Estamos hablando de un clásico de la historieta llevado a cabo por la dupla creativa René Goscinny y Albert Uderzo a lo largo de veinte años, más otro tanto con Uderzo en solitario tras la muerte de su compañero.

Estamos hablando de cerca de 40 álbumes traducidos a más de cien lenguas y con los que se han reído varias generaciones. Y cuya versión en castellano publicada en la década de los setenta en España creó cantidad de fanáticos en toda Latinoamérica.

Estamos hablando de Asterix, la historieta de corte histórico que ha sido para muchos una introducción al mundo antiguo. Pero también de una historieta que ha puesto en escena en tiempos de la Guerra Fría los conflictos a los que se enfrenta un imperio cuando ya no tiene rivales.

Leopoldo Kulesz creció entre Buenos Aires y París leyendo Asterix. Cuarenta años más tarde, devenido director de la editorial Libros del Zorzal, decidió cumplir varios de los sueños de su infancia y republicar en castellano la historieta, para lo que armó un proyecto –junto con editorial Planeta– y supo negociar con la editorial francesa Hachette.

Para esta nueva edición se propuso mejorar la traducción, siguiendo las reglas estrictas con las que Goscinny creaba el guion.

–La primera pasada de cada álbum la hice yo. Me impuse un ritmo sostenido, sin detenerme mucho ahí donde se complicaba más de la cuenta –principalmente cuando se trataba de juegos de palabras–. El resultado de esta primera pasada fue un archivo Excel por álbum, donde marcaba en verde los pasajes con los que no estaba muy convencido y en rojo aquellos que preferí ni tocar, para empezar a pensarlos nuevamente desde cero.
Esta primera pasada iba a Agustina Blanco, una traductora profesional, de mucha experiencia, con quien ya había trabajado en otras muchas traducciones. Agustina tiene la particularidad de que, además de conocer su oficio con fineza, no baja la guardia nunca. Agustina corregía y embellecía mi primera versión, a la vez que proponía opciones para lo que yo había dejado en rojo. El resultado de esta segunda pasada fue un Excel por álbum, muy prolijo, y con entre 10 y 20 cuestiones pendientes.
Y llamo pendientes las cuestiones que no nos parecían acabadas u óptimas. Aquí intervenían Valeria Cipolla y Carolina Uribe en la corrección de estilo y, por supuesto, sugiriendo libremente lo que quisieran. Lo fundamental en esta etapa fue no solamente identificar erratas, sino también controlar la coherencia. Por ejemplo, “Oh, César” va siempre con coma después del “oh”, o bien verificar que después de los puntos suspensivos haya siempre un espacio, etc.
De aquí, el Excel iba a Osvaldo Gallese, el diseñador, que dejó el alma en esto. Redibujó cada cartel, cada onomatopeya; imagínense el trabajo descomunal que fue eso. Osvaldo nos devolvía la primera versión del archivo ya armado sobre los dibujos de Uderzo.
Se sumó Federico Juega Sicardi para corregir las erratas que pudieran haber aparecido en el traspaso del Excel al pdf. Por supuesto, cada uno de los que ya habían intervenido también leían el pdf, pero siempre en cada etapa decidí agregar a un nuevo participante con la cabeza fresca.
Pasadas estas correcciones, el pdf fue a Andrés Jarach (amigo argentino que vive en Francia desde hace 25 años) y Stéphane Labro, amigo francés que vive en Argentina. Ambos profundos conocedores de Asterix y perfectamente bilingües. Su misión: detectar eventuales fallas de sentido en la traducción, comparando cuadrito por cuadrito con el original francés.
En paralelo, le tocó el turno a mi hermano Octavio y a Matías Attwell, filósofo y licenciado en letras respectivamente y ambos conocedores de civilización grecorromana y, por supuesto, del latín.
En esta etapa ya fueron quedando pocas cuestiones por resolver. Le pasamos la posta a Roberto Gárriz, autor de Libros del Zorzal, escritor de ficción y dueño de un sentido del humor fino y envidiable. Su misión: revisar los chistes y los juegos de palabras, proponer optimizaciones e inventar nuevos.
Última lectura: mi hija Amalia, de entonces 7 años, atenta y seria lectora.
De cada etapa, cada álbum salió muy mejorado.


Una cuestión de nombres

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Sobre este tema, Cultura LIJ ya publicó una nota en la sección Con lupa en el momento en que estas nuevas ediciones salieron a mercado. En las historietas se ponen en juego especialmente una gran cantidad de cuestiones en la traducción, que incluyen todas las adecuaciones a contexto y cuidado del estilo del autor de la obra original, como en cualquier otra traducción; pero también en el caso del humor, el trabajo cuidadoso de traducir sentidos para sigan generando gracia y juegos de palabras donde el juego permanezca, como en cualquier otro texto humorístico. Y todo eso se refleja también en la parte gráfica, ya que en el caso de muchas onomatopeyas es necesario no solo traducirlas, sino redibujarlas en el espacio (Boom-Bum; Yahooo-Iujuuu).

–La construcción de los nombres de los personajes es un desafío porque cuentan algo acerca del personaje, son en sí mismos muchas veces un chiste. ¿En qué casos consideró necesario modificar los nombres con los que se habían dado a conocer los personajes en castellano?

–Los nombres los puse todos yo. Aunque luego de las sucesivas lecturas, algunos fueron criticados y cambiados. En algunos casos hasta acepté propuestas. Pero el poder de veto me lo atribuí, muy democráticamente.
Salvo Abraracurcix, Asuranceturix, Petibonum y Babaorum, aquellos nombres que no se acomodan a las reglas de Goscinny cambian. Edadepiedrix y Karabella dudé en si los cambiaba o no, pero bueno, cayeron en la volada y creo que mejoraron mucho.
Edadepiedrix, el anciano: la edición original lo llama Agecanonix, del francés “age canonique” (‘edad canónica’). Proviene obviamente de Edad de Piedra que, también obviamente, termina con “dra”, que no se “declina” naturalmente en “ix”. Lo llamamos Geriatrix. Notemos que en la traducción española a veces este personaje se llama Vegestorix, nombre que tampoco respeta las reglas de Goscinny.
Karabella, la mujer del jefe: la edición original la llama Bonemine, del francés “Bonne mine”, o sea ‘buen aspecto’. Preferimos llamarla Buenamina. Su diminutivo cariñoso en francés, “Mimine” pasa a “Mimina”.
En un detallado informe acerca de ambas traducciones que ha sido publicado en el sitio de la editorial, se sostiene que la traducción de los nombres de los personajes en la edición española no sigue ninguna lógica, mientras que Goscinny trabajaba –al igual que lo hizo Cervantes– expresando en el nombre una característica propia del personaje. Además, era estricto en la forma de generar los nombres: usaba una terminación específica para cada pueblo. Por ejemplo, para los galos, elegía palabras que terminan con “i”, “ique”, “isque” –en castellano “i”, “ico”, “ica”, “isco”– y reemplazaba esas partículas por “ix”; y para los bretones, los godos, los romanos, etc., tenía costumbres similares.

–¿La traducción española era mala por la calidad en sí o es que los criterios de traducción cambiaron?
–Con todo este asunto de la nueva traducción y que escribí un texto largo de porqué me parecía que había que cambiarla, puede parecer que encuentro algún interés personal en defenestrar la anterior. Nada más lejos. Le tengo mucho cariño a la anterior. Fue gracias a la anterior que pude conocer esta maravilla. Pero si me preguntan por qué cambiamos la traducción, tengo que decir la verdad: porque la anterior era horrorosa. Y otra cosa: mis críticas a aquella traducción no tienen nada que ver con que sea española, tiene que ver con que es muy mala. Y es mala en sí misma, nada que ver con criterios de traducción. Casi todos los globos tienen problemas, y no exagero.


Dos traducciones simultáneas en el Cono Sur.
¿Dos productos diferentes?

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La compra y venta de derechos internacionales de obras literarias siempre se hace teniendo en cuenta lengua y territorios. Una vez acordado esto, se firman acuerdos en forma exclusiva. Quien se sabe poseedor de los derechos de una obra tan imperecedera como la saga de Asterix y Obelix se encuentra en ventaja para negociar.

Diferentes tipos de ediciones son susceptibles de ser distribuidas y comercializadas a través de diferentes canales en los principales mercados del mundo, pero no parece esto factible en Latinoamérica, donde el mercado editorial no alcanza similitud con las cifras de población.

En 2014 Hachette negoció los derechos de Asterix a la dupla Planeta-Del Zorzal con la misión de reinstalar en Argentina la célebre historieta. Pero en este momento han comenzado a circular libros nuevos con la vieja traducción realizada décadas atrás en España.

–¿Cómo se definieron los territorios y los alcances de la edición para Planeta-Libros del Zorzal?

–Se firmó lo mejor que se pudo firmar: Argentina, Chile y Uruguay en cuanto al territorio. Exclusividad en librerías y no exclusividad en quioscos de diarios. Y el compromiso explícito de Hachette en cuanto a que no iban a competir con nosotros, sus clientes. Estuve ocho años para negociar esto y con Planeta decidimos lanzarnos. Entendimos que también nosotros teníamos que probar hacer un buen trabajo antes de pretender un contrato más amplio.

–Recientemente esta colección ha llegado en estos territorios a los quioscos de diarios y revistas. Pero no se trataría de una edición de ustedes. ¿Qué conflictos existen en este momento?

–En términos prácticos, lo que ocurrió fue que Hachette acaba de autorizar a Salvat a vender la otra traducción en quioscos en una operación puntual y bestial en volumen y publicidad. Nunca entendieron que este mercado no se puede compartimentar, no se la banca; los libros circulan y ningún distribuidor aquí anda preguntando si tiene derecho o no de vender en tal cual canal de ventas. Esa es la realidad. A pesar de que esto fuera comunicado a Hachette muchas veces, decidieron tomar la insólita decisión de competir con sus clientes. Y todo en nombre de una operación puntual.

Este conflicto entre partes ejemplifica como la circulación de una obra, de un autor, incluso de un personaje, la posibilidad de influenciar a una generación nueva de lectores, la forma en la que se construye el imaginario de una época, todo se ve influido por las espectativas de negocio y estrategias de penetración con que las editoriales trabajan para cada mercado.

A nosotros, lectores fascinados, no queda esperar que el cielo no se caiga en nuestras cabezas.

 

La lectura aguas adentro

¿Cuál es la función de una biblioteca o de una escuela rural? ¿Cuál es la relación costo-beneficio que justifica sostenerlas? Estaríamos dados a creer que en este siglo marcado por la circulación de la información no sería necesario responder estas preguntas, pero la realidad lo exige.

Por Valeria Sorín

¿Cuál es la función de una biblioteca o de una escuela rural? ¿Cuál es la relación costo-beneficio que justifica sostenerlas? Estaríamos dados a creer que en este siglo marcado por la circulación de la información no sería necesario responder estas preguntas, pero la realidad lo exige.

Venezuela - Bibliofalca y Bibliobongo
Venezuela – Bibliofalca y Bibliobongo

Se pueden definir como rurales todas aquellas áreas geográficas dedicadas a la producción primaria (agricultura, ganadería, pesca, minería, forestación) estructuradas y organizadas por pueblos y pequeñas ciudades con sus actividades de transformación y de servicios, donde existe un vínculo directo y próximo entre la población y la naturaleza, y donde se construyen relaciones interpersonales signadas por la proximidad y el conocimiento mutuo. Así lo define el investigador Marcelo Sili en su libro Atlas de la Argentina rural.

Es en ese contexto donde cada espacio de comunidad tiene un valor distintivo y produce dinámicas singulares de alta vitalidad que, con el tiempo, se vuelven imprescindibles. Una biblioteca, una escuela, una sala de primeros auxilios, un comedor, una tienda de ramos generales no son solo un lugar donde consultar, o donde educar, o donde curar, o donde alimentar, o donde surtirse; valen por las interacciones que promueven.

Claro queda que lo rural no puede identificarse solamente con el campo o la montaña. El rasgo de ruralidad es propio también de las islas y los archipiélagos con baja densidad de población, marcados diariamente por el rugir de la naturaleza, que quedan muchas veces aislados del ritmo del continente; cuando no olvidados por sus mismos gobernantes. Pocas, sí; dispersas, también; su poca relevancia económica suele postergar a estas poblaciones en la lista de prioridades.

 “Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.”
Antonio Machado

 

Gesta de bibliolanchas

En Venezuela, en 1986, surge la bibliolancha como un modelo de extensión de la Red de Bibliotecas Públicas. El objetivo era atender a las comunidades indígenas ribereñas de los ríos Sipapo y Orinoco, en la región amazónica. Posteriormente surgirán el Bibliobongo, elaborado a partir de la corteza del árbol palo de mure por los propios indígenas, y la bibliofalca, esta última desarrollada con el apoyo de UNICEF. Estas segundas versiones permitieron ampliar el radio de cobertura, ofrecer una sala de lectura en la misma embarcación, trasladar también actividades recreativas y culturales, y entregar cajas viajeras –recipientes de plástico como también bolsos impermeables que contienen libros y revistas– a las familias, además de contener una pequeña ludoteca, películas y hasta material deportivo.

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En Argentina, la biblioteca popular Genoveva fue fundada en 1958 por iniciativa de vecinos del arroyo Felicaria, en la zona de la segunda sección del Delta del Paraná, en la provincia de Buenos Aires, y gracias a la donación de una casa para tales fines. Los únicos espacios comunitarios en decenas de kilómetros cuadrados son la escuela y la biblioteca, son espacios de pertenencia que funcionan como referentes fuera del espacio de la casa de cada poblador. Desde hace diez años la biblioteca ha extendido su labor al equiparse con una bibliolancha que le permite recorrer el arroyo y zonas aledañas.

La biblioteca participa del festival de poesía que organiza la escuela del arroyo, por lo que convocan año a año a autores para que se acerquen y compartan con los chicos y con sus familias su actividad poética. Por allí pasó Adela Basch Ruth Kaufman.

CLD2018-marzo-bibProt-bibliolanchas-destacadaColombia, Argentina y Chile, como veremos a continuación, están gestando la primera red de bibliolanchas, lógicamente liderada por las propias bibliotecarias (Milena Guerrero Hidalgo, Marisa Negri y Teolinda Higueras). El objetivo para el 2018 es la publicación de un libro de leyendas fluviales y marítimas. Hay que poner en foco que, al internarse y recorrer poblaciones alejadas, los bibliotecarios se encuentran con una rica tradición oral que vale la pena recuperar. En el caso de Venezuela, la bibliolancha ha contando con un bibliotecario de la etnia piapoco, hablante de la lengua jivi.

Debemos comentar que existen, aunque pocos, algunos otros casos similares en el mundo. Por ejemplo, en Noruega  los municipios de Hordaland y Møre og Romsdal sostienen un barco destinado a biblioteca flotante para visitar las lagunas marinas y fiordos de la región llevando 400 ejemplares entre libros y audiolibros, y también espectáculos. Mientras está amarrado, sirve como biblioteca a la ciudad que visita: niños pequeños, adultos mayores y escuelas suben para disfrutar de sus servicios.

La bibliolancha de Quemchi

Las migraciones dejan estos poblados rurales habitados por niños y adultos con una sistemática ausencia de jóvenes debido a la debilidad de oportunidades de formación y progreso económico. Partir o quedarse es el debate que los atraviesa. Y para quienes han partido, el debate es por regresar o afincarse definitivamente en las superpobladas ciudades. La historia que sigue tiene como protagonista a una mujer que regresó enamorada de sus raíces.

Teolinda Higueras nació en Puerto Montt, pero vivió su infancia en el pueblo de Quemchi, de la isla de Chiloe, en el sur de Chile. A los doce años, partió a estudiar y vivir en un internado en Talca, a 926 kilómetros de su pueblo, la ciudad donde se había firmado un siglo antes la independencia de Chile. Cuando ya formada regresó a Quemchi, se enteró del inminente cierre de la biblioteca pública al haber finalizado el convenio entre la Municipalidad y la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (Dibam). Luego de dar lucha para que se reabriera, quedó a su cargo, y lo que en primera instancia era una prueba de un año se extendió indefinidamente. Era 1978 y la libertad estaba presa de una dictadura feroz. Muchos jóvenes relegados se refugiaban diariamente en la biblioteca. Los problemas con las autoridades la llevaron a alejarse para regresar ya con otros vientos soplando.

 

Yo no conocía la ruralidad”, cuenta Teolinda, quien en 1995 propone iniciar recorridos semanales en lancha por el archipiélago para extender el alcance de la biblioteca. Al principio se embarcaba en la lancha sanitaria, que era capitaneada por uno de sus compañeros de escuela primaria, y junto a los agentes de salud recorrían durante una semana las poblaciones isleñas antes de regresar al pueblo. “Los maestros en aquel momento se reían de los libros que llevaba. Estaban muy deteriorados. Pero los mismos maestros me ayudaron a empastarlos y retaparlos”. Faltaban años para que al ganar un concurso internacional pudiera llegar una colección de libros impecables.

A la lancha fueron subiendo cuentacuentos y actores con los que montaban espectáculos culturales, los únicos a los que tenían acceso estos pobladores: “Éramos la gran visita del mes, la que todos esperaban.” Y cuando consiguió solventar un grupo electrógeno, llevó también una televisión donada por el escritor Francisco Coloane donde pasaban primero documentales y luego dibujos animados.

Al finalizar el primer año de gestión, Teolinda decidió premiar a los mejores lectores con una gira cultural por la ciudad capital de Santiago. En los años sucesivos se han podido llevar a cabo 12 de esas giras, lo que implica para muchos de los isleños el único viaje fuera de la isla que realizarán.

Años más tarde una periodista le preguntó “¿Qué desea a futuro?”, “Tener una lancha propia para la biblioteca”. La entrevista llegó a conocimiento de la directora de la Fundación Desafío Levantemos Chile y el sueño se hizo realidad.

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A Teolinda Higueras es posible imaginarla como un gigante, como una turba imparable, como la risa contagiosa. Difícil reconocer en esa breve figura y su voz cálida a la gestora de la primera bibliolancha de Chile. Gestar no es cuestión simple, aun quienes no se han formado para ello terminan enfrentando burocracias, celos políticos, dificultades arancelarias o normativas. El año pasado, Higueras fue corrida de su cargo en la biblioteca de Quemchi, y el convenio entre la Fundación y el gobierno local quedó sin efecto.

Ahora Teolinda Higueras organiza una asociación sin fines de lucro para recuperar la bibliolancha y seguir embarcada en llevar la lectura a lo más profundo de las poblaciones isleñas.

El habitante de las islas necesita del cariño y la compañía para sentir que es parte del país. Hay que agradecerles que sigan resistiendo el clima, el frío, que no quieran abandonar el territorio”.

 

A modo de temporaria conclusión

Todas las fuentes consultadas acuerdan que si bien en una instancia inicial el servicio de biblioteca no formaba parte de las necesidades expresadas por los pobladores, con el paso del tiempo, cada vez que los programas han tenido que enfrentar un traspié burocrático, son los pobladores, ahora convertidos en lectores, quienes defienden su presencia con fuerza y perseverancia haciendo valer sus voces. En todos los casos los proyectos no solo forman lectores, sino que logran un consecuente trabajo identitario, lo cual comprueba una vez más que el camino se hace al andar.

Para seguir leyendo:

  • Atlas de la Argentina rural, Marcelo Sili, Capital Intelectual.
  •  Acceso a los servicios bibliotecarios y de información en los pueblos indígenas de América Latina, por Milagro Medina de Silva. El artículo enfoca su atención en la problemática de los grupos minoritarios que no cuentan con acceso a los servicios básicos de una biblioteca, en este caso mediante algún tipo de embarcación.

Final de conversación

Este nuevo siglo ha sido marcado por el efecto que las tecnologías de las comunicaciones han tenido en la sociedad. Ahora permanecemos en estado de conversación permanente con todos nuestros contactos, al menos hasta el punto de lo inefable. Homenaje a Liliana Bodoc.

Por Laura Demidovich y Valeria Sorín

Mantener abierto el diálogo es el mandato de hoy.

Este nuevo siglo ha sido marcado por el efecto que las tecnologías de las comunicaciones han tenido en la sociedad. Primero, por el estallido de los blogs, donde alguien se especializaba en algún tipo de repertorio o saber y editorializaba desde su sitio personal. Desde la extensión de esta práctica, se pudo observar una transformación en la construcción de los referentes y creadores de tendencias. Cierta lateralización que se agudizaría con la siguiente irrupción.

Está muy dicho ya que las redes sociales –Facebook, Twitter, Instagram, YouTube– nos han dejado sin intimidad, ya que las esferas que la era moderna había definido –ámbito público, ámbito privado–, que incluso se habían delimitado arquitectónicamente –zaguán, recibidor, sala diferenciados de las habitaciones–, fueron dinamitadas. Y somos nosotros quienes nos paramos a diario en esa construcción para, pico en mano, terminar de derribarla posteando encuentros, amores, platos del día.

La tercera de estas tecnologías, el wasap –o en su denominación en inglés WhatsApp–, ha impregnado nuestra vida cotidiana con la propuesta de no concluir ninguna conversación. Todos estamos por wasap en permanente contacto. Cada participación es un eslabón en un hilo interminable de comentarios. “Cambio y fuera” no parece una expresión consistente para este tipo de comunicación, por lo que es más habitual que las despedidas tengan algo como: “La seguimos después”.

Si la metáfora a utilizar la ancláramos en un tiempo verbal, hemos pasado del presente “Nosotros somos”, al continuo “Estamos siendo”. Enflaquecimos el horizonte de nuestra existencia para creer que no tiene borde, que es por lo tanto infinita.

¿Qué buscamos nosotros, habitantes del siglo XXI, con tanta conversación interminable? Escaparle a la muerte. O al menos sostener la ilusión de que no existe.


La cachetada final

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A principios de febrero de este año, nos enteramos de la noticia del fallecimiento abrupto de la escritora Liliana Bodoc. La noticia corrió rápidamente por las redes y todos aquellos que la conocíamos y la admirábamos –se debe notar que no había posibilidad de conocerla sin admirarla– expresamos el estado de perplejidad en el que estábamos. Lo que dio lugar a la expresión del dolor, y posteriormente al homenaje.

Pero si ayer/la-semana-pasada/el-otro-día me-la-crucé/me-dijo/me-escribió/charlamos”.

Lo inefable.

¿Cómo puede haber silencio ahora en esta conversación si estaba abierta? ¿Cómo que no tendré posibilidad como lector de vivir como saga el Tiempo de dragones? ¿Cómo…?

Cuando un escritor muere, la obra queda finalmente concluida. La obra está ahora completa. Tiene lugar lo verdaderamente inefable. El cachetazo suena en el silencio, en el vacío de palabras en que nos deja el final.


Oda al punto final

Los lectores suelen quejarse de la sensación de vacío y de expulsión del mundo literario en el que se habían sumergido que les queda al arribar al punto final de una novela. Hay quienes recomiendan leer varios libros a la vez solo para no sentirse tan vacíos de mundo.

Sin embargo, en la era de las series y las sagas, habría que escribir una oda al punto final. Porque, si la literatura brinda algo, es la posibilidad de experimentar y jugar con las metáforas para tener posibilidad de dar contexto y palabra a la vida. El punto final nos dice que las conversaciones no se extinguen, como la vida puede y va a terminar en algún punto.

Y hay un vacío. Porque el modo preciso en que Liliana Bodoc brindaba mundo es irrepetible. Ese vacío no pide ser llenado, sino admitido.

A diferencia de la vida, los libros pueden ser releídos. Y los escritores pueden ser redescubiertos y disfrutados en sus obras. Una forma diferente de continuidad: la trascendencia.

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Librero activo

De la mano del librero también se promociona la lectura. Aquí María Osorio lo desarrolla sin dejar lugar a dudas.

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Mediadora, editora, librera, María Osorio promueve dentro y fuera de Colombia el respeto y cuidado por el librero, desde una comprensión profunda de toda la cadena de valor entorno a la lectura y la edición. Babel Libros, tanto librería como editorial, es el faro desde el cual busca marcar el camino a seguir.

Colombia cuenta hoy con 35 librerías independientes que trabajan con literatura infantil. Y cerca de cien librerías pertenecientes a las principales cadenas del sector. Así y todo, al igual que en el resto de Latinoamérica muchas ciudades se encuentran sin comercios especializados donde abastecerse de libros. Por eso la asociación de librerías independientes de ese país ha tomado conciencia de la importancia de fomentar y apoyar el surgimiento de nuevas librerías.

María Osorio ha dedicado parte del 2017 a viajar por el continente explicando la necesidad e importancia del trabajo en red, del trabajo vinculado, y del lugar de las editoriales en el cuidado de los demás eslabones en la cadena del libro.

El librero no es, desde su mirada, reemplazable por un botón de comprar en una publicación en redes sociales, el librero es irremplazable en el fomento lector.


Diagnóstico de situación

—En gran cantidad de ciudades de Latinoamérica no hay librerías. ¿Qué diferencia haría que se instalara una?

—La oferta de las bibliotecas es importante, mucho, y en un país como Colombia es el único espacio de acceso al libro de la mayoría de la población (y tenemos la fortuna de que en cada uno de los más de 1100 municipios hay una pequeña biblioteca). Sin embargo, esto no quiere decir que haya circulación del libro en todo el territorio. Estas dotaciones, o la mayor parte de ellas, no solo acá sino en América Latina, están hechas desde el centro, escogidas por grupos que hacen una tarea muy seria de selección, toda igual para todos los municipios, pensando en utilizar bien los pocos recursos que por lo general tienen los ministerios de cultura. Para lograr una verdadera circulación del libro y un interés por la lectura, habría, pienso, que atomizar esa compra, que la compra se haga localmente, en las librerías, que se seleccione localmente, de acuerdo con los intereses de las comunidades. Para lograrlo hay que crear esa cadena de librerías por todo el territorio, fortalecer la autonomía y los criterios de los bibliotecarios para la compra, y sobre todo no despreciar ni descreer de la necesidad de la lectura que tienen las comunidades más apartadas de nuestros países. Reemplazar la manera proteccionista de hacer por una verdadera inclusión en la cultura.

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Desembalar, ordenar, promocionar, entregar

—Usted ha trabajado toda su vida en la promoción de lectura, desde mucho antes de ser editora y librera. Ahora bien, ¿cómo cumple ese rol un librero? ¿Puede un librero tanto empujar la lectura como cohibirla?

—Yo creo que los agentes naturales de la promoción de lectura son bibliotecarios y libreros. Y como librero me refiero al que ha desaparecido en las grandes cadenas y se ha convertido en un vendedor más, y que reaparece y se mantiene en las librerías independientes; un librero que conoce la oferta y que la dispone en su espacio para favorecer el encuentro entre libros y lectores. Un librero que lee y conoce los libros que están en su estantería, que conoce a sus lectores y que no es para nada ajeno al mundo editorial. Un librero que sabe lo que se produce y lo mezcla a su manera particular para un público que sabe diverso como la oferta. Un público no genérico y para el cual se esfuerza en seleccionar entre la variedad de lo que se produce. Un librero que hace crecer su espacio dándole una forma particular, que se acomoda a la necesidad de los lectores y no a sus propias facilidades para inventariar o para responder a las expectativas de los editores.

—Pensando en los aspectos comerciales, el libro es decididamente un bien de consumo. ¿En qué aspectos de sus tareas cotidianas (armado de ofertas, escaparates, orden de los libros en el local) se diferencia la promoción de la venta y la promoción de la lectura?

—En general los productos culturales todos, necesitan de la compra, ¿cuál es la diferencia entre comprar una boleta para un cine, un bono para un festival de teatro, o comprar un libro? ¿Tal vez solo la forma colectiva en que se accede a esos otros productos culturales? En estos tiempos en que el consumo es la norma, hay que diferenciar entre la venta por la moda, para aprovechar el momento efímero, para aprovechar la oportunidad, porque salió la película, porque es el tema de moda, e incluso porque el escritor está en la ciudad, o en la feria… diferenciar esta venta con la labor diaria del librero, el que necesita que los libros permanezcan y que selecciona libros que permanecen, por generaciones, en el imaginario colectivo. El culto a la novedad es el que confunde la venta con la promoción de la lectura.

—¿Quién organiza el fondo de una librería: el editor o el librero?

—Depende, hay espacios en los que los editores incluso compran espacio en las mesas de novedades, en las vitrinas. Hay de todo, también libreros que prefieren su comodidad que la del lector y organizan la librería por editorial, así son capaces de encontrar rápidamente el libro (si el lector sabe de qué editorial se trata, o si pregunta un libro puntualmente). Un librero que muy fácilmente hace un inventario, una devolución. Prefiero el librero que dispone de manera creativa y personal los libros, que al juntarlos los hace ver de otra manera. Que su librería no es una foto del mercado, o del primer día en que puso los libros. Un librero que le da oportunidad a ese libro que ha permanecido unos meses de lomo, en el último entrepaño de su estantería. Un librero que los agrupa de manera inteligente para hacerles ver más posibilidades a sus lectores. Y también un librero que no deja que un cliente que entra a su librería salga sin un libro.


Para seguir de cerca a María Osorio

 

Arquitectura del pensamiento

De Alejandría a Tianjin Binhai (China), las bibliotecas son testigos de la revolución humana.

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Cuenta la leyenda que Alejandro Magno dormía con la Ilíada bajo su cabeza, y no parece tan extraño de imaginar acerca de quien fue alumno de Aristóteles y a la vez un gran estratega militar.

Alejandro accedió al trono a los veinte años y siguió la política expansionista que había iniciado su padre. Logró conquistar tierras asiáticas que estaban bajo dominio persa y extender su poder desde el Mediterráneo hasta la India. El contacto con estos pueblos lo hizo estimar sus conocimientos y dejar de pensar a sus habitantes como “bárbaros”. En los trece años de su reinado, fundó más de setenta ciudades y, en una de ellas, una biblioteca que buscó albergar todo el conocimiento del mundo.

Los egipcios recibieron triunfal a Alejandro cuando echó a los persas en el 332 a. C., por lo que se autoproclamó faraón de Egipto. En la desembocadura del Nilo sobre el Mediterráneo, levantó una ciudad con un puerto prodigioso, un faro que guiaba a todos los barcos hasta su costa y una famosa biblioteca que, se dice, llegó a contener más de 100.000 rollos.


Una arquitectura para el pensamiento

No sabemos con seguridad la cantidad de salas que tenía la biblioteca. Tampoco la cantidad de personas que la visitaban a diario. ¿Y su política de préstamos domiciliarios? Lo que sí se conoce es que sufrió incendios, saqueos y censuras. Que en la lucha por el control de la ciudad, cuando Julio César apoyó militarmente a Cleopatra, se habría incendiado accidentalmente y habría perdido una porción de sus volúmenes. Se dice también que el furor religioso de cristianos y musulmanes la habrían desmantelado de todas las obras que no acordaran con la fe dominante en cada tiempo.

Alejandro debe haber soñado sobre un mullido conjunto de hojas de papiro. Trescientos años antes de la era cristiana, la biblioteca guardaba rollos de papiro, pero trescientos años después de Cristo debían encontrarse en ella centenares de los primeros códex.


Construir bibliotecas

La finalidad de Alejandro Magno era que todas las obras del ingenio humano, de todas las épocas y todos los países, estuvieran incluidas en una suerte de colección inmortal para la posteridad. Dos milenios más tarde, seguimos ideando formas de llevar adelante esa premisa: todo el conocimiento, todas las lenguas, en un solo lugar.

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Recientemente ha sido inaugurada la gran biblioteca de Tianjin Binhai, en China. En solo tres años se construyeron 33.700 m2 donde ordenar 1.200.000 ejemplares. El ingenio arquitectónico logró imaginar que los mismos anaqueles sean escalones de una escalera que va del piso al techo, y que cada escalón asile debajo de él una hilera de libros. En estos escalones es también posible sentarse a leer lo que uno ha hallado. Literalmente, el público se sienta sobre una hilera de libros. A la distancia parece tan simple el acceso a todas esas páginas, tan cercano.

¿Qué destino le espera? ¿Quiénes serán sus lectores? ¿Qué expansión será dable de pensar en su interior? ¿Qué amenazas atravesarán su existencia? ¿Sobrevivirá dentro de 600 años la gran biblioteca de Tianjin?

Del papiro al códex y del códex al libro digital, la biblioteca –toda biblioteca– resignifica su razón de ser. Lo invariable no está en la forma del soporte contenedor, sino en el hambre de saber.

 


Tianjin Binhai en el mapa