La sombra de las palabras

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El lenguaje no tiene nada de natural. Toda herramienta es artificial. Lo artificial de la piedra devenida maza o mortero está en el uso. Un mono artificializa la piedra al usarla para romper o aplastar un fruto. La artificializa porque primero lo extraña.

El reverso de esta trama lleva a los humanos a olvidar que el martillo, la computadora o el lenguaje son equivalentemente artificiales. No importa si algunos de sus componentes (madera, piedra, sonidos o electricidad) son de origen natural; el sentido de su uso los enajena.

El ejercicio obligado para quienes trabajamos con las palabras es advertir su artificialidad y cómo moldean el mundo. Advertirlo para tomar cartas en el asunto.


Caperucita con botines

En estos momentos, en Argentina la sociedad descubre que existe una red de trata que por años ha ofrecido a sus clientes intimidad sexual con los futbolistas más jóvenes. Las víctimas son niños y adolescentes que están bajo la tutela de clubes, alejados de sus familias de origen, buscando la oportunidad de jugar en primera y salir de la marginalidad y la pobreza para siempre.

Separados de su red natural de contención y referencia, estos niños son oprimidos y forzados a sostener prácticas sexuales con adultos. Están atrapados en esta red de trata y no hay en ello ejercicio de la voluntad alguno.


Palabras para comerte mejor

Al echar luz sobre lo acontecido, no solo aparece lo que estaba oculto, también se hacen visibles las sombras. Y en los medios de comunicación las palabras salpican con todos los prejuicios acumulados.

Recordemos que hace pocos años que el periodismo ha dejado de hablar en términos de crimen pasional para dar cuenta de crímenes de género, advertidos por intelectuales y juristas feministas. Posteriormente, la legislación argentina incorporó la figura del femicidio, concebida como agravante del crimen –muy lejos de la justificación que encontraban los asesinos que aparentemente actuaban en “estado de emoción violenta” por sus pasiones encendidas y la ceguera de los celos–.


El disfraz de abuelita

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Sin embargo, aún hoy se habla de prostitución infantil para no reconocer el simple y claro caso de acoso, opresión psicológica, abuso sexual y violación de un adulto sobre un menor. Porque en tanto su condición de minoridad, el individuo no tiene tutela suficiente de sí para ofrecer prácticas sexuales a otro.

Quienes trabajamos con las palabras sabemos que la elección de una u otras no es inocente. Las palabras trabajan sobre las formas del mundo. Hablar entonces de “prostitución infantil” es ocultar el crimen, disminuirlo, quitarle dimensión, achatarlo hasta que la sombra de las palabras esconda sus bordes.

Hablar de prostitución infantil es quitar responsabilidad del cliente, en un mundo donde el consumidor siempre tiene razón.

Hablar de prostitución infantil es poner en el niño el deseo sexual y, por lo tanto, una marca aberrante. Es condenarlos para siempre al silencio porque son culpables de un delito y no víctimas.

Si algo podemos hacer por las infancias es usar las palabras, empoderarlos y empoderarnos en nuestra lengua. Sin miedo y para sacarles el miedo.

Al pan, pan. Y a la violación, violación.

 

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