Arquitectura del pensamiento

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Cuenta la leyenda que Alejandro Magno dormía con la Ilíada bajo su cabeza, y no parece tan extraño de imaginar acerca de quien fue alumno de Aristóteles y a la vez un gran estratega militar.

Alejandro accedió al trono a los veinte años y siguió la política expansionista que había iniciado su padre. Logró conquistar tierras asiáticas que estaban bajo dominio persa y extender su poder desde el Mediterráneo hasta la India. El contacto con estos pueblos lo hizo estimar sus conocimientos y dejar de pensar a sus habitantes como “bárbaros”. En los trece años de su reinado, fundó más de setenta ciudades y, en una de ellas, una biblioteca que buscó albergar todo el conocimiento del mundo.

Los egipcios recibieron triunfal a Alejandro cuando echó a los persas en el 332 a. C., por lo que se autoproclamó faraón de Egipto. En la desembocadura del Nilo sobre el Mediterráneo, levantó una ciudad con un puerto prodigioso, un faro que guiaba a todos los barcos hasta su costa y una famosa biblioteca que, se dice, llegó a contener más de 100.000 rollos.


Una arquitectura para el pensamiento

No sabemos con seguridad la cantidad de salas que tenía la biblioteca. Tampoco la cantidad de personas que la visitaban a diario. ¿Y su política de préstamos domiciliarios? Lo que sí se conoce es que sufrió incendios, saqueos y censuras. Que en la lucha por el control de la ciudad, cuando Julio César apoyó militarmente a Cleopatra, se habría incendiado accidentalmente y habría perdido una porción de sus volúmenes. Se dice también que el furor religioso de cristianos y musulmanes la habrían desmantelado de todas las obras que no acordaran con la fe dominante en cada tiempo.

Alejandro debe haber soñado sobre un mullido conjunto de hojas de papiro. Trescientos años antes de la era cristiana, la biblioteca guardaba rollos de papiro, pero trescientos años después de Cristo debían encontrarse en ella centenares de los primeros códex.


Construir bibliotecas

La finalidad de Alejandro Magno era que todas las obras del ingenio humano, de todas las épocas y todos los países, estuvieran incluidas en una suerte de colección inmortal para la posteridad. Dos milenios más tarde, seguimos ideando formas de llevar adelante esa premisa: todo el conocimiento, todas las lenguas, en un solo lugar.

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Recientemente ha sido inaugurada la gran biblioteca de Tianjin Binhai, en China. En solo tres años se construyeron 33.700 m2 donde ordenar 1.200.000 ejemplares. El ingenio arquitectónico logró imaginar que los mismos anaqueles sean escalones de una escalera que va del piso al techo, y que cada escalón asile debajo de él una hilera de libros. En estos escalones es también posible sentarse a leer lo que uno ha hallado. Literalmente, el público se sienta sobre una hilera de libros. A la distancia parece tan simple el acceso a todas esas páginas, tan cercano.

¿Qué destino le espera? ¿Quiénes serán sus lectores? ¿Qué expansión será dable de pensar en su interior? ¿Qué amenazas atravesarán su existencia? ¿Sobrevivirá dentro de 600 años la gran biblioteca de Tianjin?

Del papiro al códex y del códex al libro digital, la biblioteca –toda biblioteca– resignifica su razón de ser. Lo invariable no está en la forma del soporte contenedor, sino en el hambre de saber.

 


Tianjin Binhai en el mapa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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