El pequeño tesoro

CLD2017-Nov-Librerias-Petit-logo.pngA poco de comenzar a andar, la librería El Petit Tresor se ha hecho conocida tras fronteras. Este pequeño tesoro surge en 2009 como un espacio virtual donde la mirada se dirige en muchas direcciones hacia los libros para niños, la literatura infantil y juvenil, y la ilustración, entre pequeños detalles. Y recién en 2015 se convierte en un espacio real donde se venden libros, claro, pero que es entendido por Germán Machado y Stela Camacho como un espacio donde se llevan a cabo proyectos tanto de promoción lectora como de formación de lectores y apoyo para mediadores.

La librería sostiene una nutrida agenda de actividades. “Hemos dado con un formato de presentaciones de libros para un público familiar, que consiste en la visita de escritores e ilustradores, contar un cuento, hacer un dibujo en vivo, conversar sobre la obra y el trabajo de los autores”, nos explica Machado.

Uno de los puntos más interesantes son las Tertulias Li(j)terarias que se llevan a cabo una vez al mes con las bibliotecarias de la comarca, a las que se suman otras personas interesadas en LIJ. El formato tertuliano funciona especialmente entre aquellos que se sienten parte de una comunidad y como lo ha demostrado la experiencia que llevaron a cabo en el municipio español de Ballobar, promueven el ejercicio cívico de la democracia (la experiencia fue publicada en Cultua LIJ y recopilada en el libro Políticas de Lectura)

Y un proyecto que quisiéramos proponer y sacar adelante en este tercer año es el de los clubes de lectura para lectores más entrenados”, agrega el escritor librero.


Promocionar la lectura por otros medios

—Usted antes que nada es escritor, pero se ha instalado en Catalunya y ha puesto una librería especializada en el público infantil. ¿Me equivoco si digo que se toma el trabajo de librero como la posibilidad de ver en primer plano los devenires sociales, con cierta mirada antropológica?

—Creo que el orden es diferente: primero está la mirada sociológica, o antropológica, si prefieres, y luego el trabajo de librero. Estudié sociología unos cuantos años. Leí bastante sobre teoría y filosofía. La cuestión social no me es ajena desde mi adolescencia. Y supongo que esto de ponerme de librero ha sido entrar en un tipo de vínculo distinto, que me exigía volver a pensar cómo se dan las relaciones sociales entre las personas, más especialmente, entre el mundo adulto y el mundo infantil, a través de los libros, ya sea como compradores, como demandantes, como interesados o como lectores potenciales.
En ese sentido, la mirada antropológica sufrió una excitación en la experiencia cotidiana, a favor o en contra de las teorías, como sorpresa o como disgusto. Pero bueno, no te equivocas del todo.

—A su librería no solo la visita público general, sino estudiantes que se preparan para ser maestros y profesores. ¿Cómo se aprende a elegir una lectura?

—Sí, tenemos esa suerte. Estudiantes para maestras se acercan a la librería. Primero invitadas por las docentes de la universidad donde estudian. Luego como jóvenes urgidas por algún trabajo puntual que se les encomienda para la carrera. Creo que está muy bien que las docentes las inviten a visitar una librería especializada. Una joven que ejercerá de maestra debe comenzar a preparar una biblioteca propia: aquellos libros que entienda que son los mejores para el ejercicio de su trabajo con niñas y niños. Y para eso, debe tener un gusto desarrollado y un criterio profesional.
Ahí, el trabajo mayor lo hacen sus docentes, enseñándoles libros, leyéndolos con ellas, mostrándoles qué posibles lecturas puede ejercer una maestra y un niño o una niña a partir del libro que se le ofrece. Luego, adoptar el hábito de frecuentar bibliotecas y librerías, leer libros que son clásicos, leer libros que se proponen como novedades, entender qué hay de literatura en ellos, qué hay de arte, qué hay de educativo o de adoctrinamiento, saber diferenciar el trigo de la paja… También, claro, leer revistas especializadas, blogs especializados, ver qué recomiendan, tener un conocimiento de las editoriales que publican y de sus catálogos, concurrir a tertulias literarias o a clubs de lectura. Conversar sobre libros, sobre sus cosas buenas y malas. Es todo un aprendizaje, sin dudas.

—¿Qué lugar tiene el librero en ese proceso?

—Cuando yo era estudiante hablaba con un librero que me presentaba distintos libros: es una ayuda. Pero el aprendizaje mayor no se hace en una librería, sino que se hace en la lectura sistemática y crítica de una amplia diversidad de títulos. Obviamente, las profesoras de magisterio, las bibliotecarias especializadas, las libreras y los libreros que conocen su fondo, todos pueden echar una mano. Pero estoy convencido de que lo decisivo será el momento en que frente a una clase de niños y niñas lean el libro que eligieron para ese día, para ese grupo, o den a leer muchos libros desde la biblioteca del aula, y entonces estén muy atentas para darse cuenta de si acertaron más o menos, cuáles libros gustan a los pequeños, por qué gustan, cómo a partir de un gusto previo se pueden aportar nuevos libros para que los chicos y las chicas avancen en su camino lector.



El oficio del librero

La librería El Petit Tresor tiene dos vidrieras. La más pequeña era una antigua puerta de acceso al local que fue convertida en un escaparate vertical. Por ese espacio rotan libros según las actividades planeadas, las visitas de autores, o puede estar dedicada a un solo título si se trata de una presentación.

En este momento, por ejemplo, en el escaparate pequeño se puede ver una selección de libros en los que el protagonista es el lobo. Estas iniciativas nacen de la librería misma.

—La suya es una gestión novedosa, que nace primero como un proyecto digital y se materializa tiempo más tarde. ¿Cómo se vinculan hoy ambos espacios?

—Le damos mucha importancia a las redes sociales. Es allí donde damos una imagen de nuestros gustos y de nuestra movida general. Ello hace que muy a menudo venga a visitarnos gente desde lugares remotos, tanto de Cataluña como de España o de América Latina.

—Las librerías generales suelen ser conocidas como de “novedades”, en el sentido de que se trata de libros que están vigentes en los catálogos de las editoriales. Pero el término “novedad” muchos lo entienden como rotar en la librería los últimos títulos que las editoriales publican en forma automática. Entonces, ¿quién define el fondo de una librería: el librero o el editor?

—Depende de que haya una librería y un librero. Si hay las dos cosas, el fondo lo decide el librero. Y es que no todas las tiendas que venden libros son librerías, así como no todas las librerías tienen un librero al frente. Hoy en día, librerías pequeñas como la nuestra, librerías especializadas, son establecimientos que tienen una personalidad como tales, y esa personalidad se la da el equipo de libreros que la conducen.
El librero, en su rol de creador de un fondo y de prescriptor de lecturas, ha de saber qué libros tiene en sus estantes, y para eso, los tiene que conocer. Ha de ser él quien pida los títulos a las editoriales. Las editoriales no pueden imponerle libros para vender, y si lo hacen, han de saber que ello no es garantía de que el librero los venda, los recomiende o los exhiba.
No digo que el librero, incluso en una librería fuertemente personalizada, sea autárquico. No. En una región donde se publican 8000 títulos al año, ningún librero puede conocer todo lo que sale al mercado. En esa dirección, un poco como las estudiantes de magisterio que han de elegir un libro, nosotros hacemos el trabajo en red: nos fijamos qué recomiendan personas que son referentes en el mundo del libro infantil, ya sean críticos, editores, autores, ilustradores y también otras librerías. Y a su vez hacemos un trabajo de exploración, de seguimiento, de investigación, y cuando encontramos el grano de trigo entre la paja, lo hacemos saber a quienes están enredados con nosotros en este mundillo. Pero claro, en nuestro fondo, al final, estarán aquellos libros que nos gustan o que sabemos que tienen una calidad aceptable y que hay buenas razones para que gusten a nuestro público lector.
Si una editorial, con políticas comerciales agresivas, quisiera imponerse y obligarnos a tener en nuestra librería cosas que no nos interesan, lleva todas las de perder, porque no tendremos esas cosas y, seguramente, al final, tampoco tendremos otros títulos de esa editorial que sí que nos pueden interesar. Si una editorial quiere definir nuestro fondo, lo mejor que puede hacer es mimarnos y seducirnos con la calidad de su trabajo. Eso hay editoriales que lo hacen muy bien.


Para seguir conociendo a Le petit tresor

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