Ranitas galvanizadas

Por Andrés Sobico.

Una tarde del año 1773, Giovanni Aldini está pescando ranas. Prefiere no cazarlas con trampas, porque para eso no necesitaría ninguna habilidad. A Giovanni le gusta ir hasta al borde de la laguna y acecharlas con una gran caña. Como carnada usa polillas o mariposas, que ata de un piolín muy fino que cuelga del extremo de la caña. Luego las hace volar sobre el borde de la laguna “infestada” de ranas, según dice su tía Lucía, que no les tiene mucha simpatía a los batracios.

Las ranas las pesca para su tío, el famoso doctor Luigi Galvani, que además de médico es un estudioso de la fisiología de las ranas entre otras muchas cosas interesantes que Giovanni ni sabe. Siempre diseccionan ranas juntos, su tío ya le prometió que para cuando cumpla doce le va a regalar su propio juego de pinzas y bisturís; siempre le dice que las ranas son una fuente de conocimiento muy importante, porque su fisiología tiene un gran parecido con la anatomía humana.

Después les gusta comerse en la cena un estofado de patas de ranas con ravioles de seso de ranas; ese plato es exquisito, aunque trabajoso de preparar. (Giovanni sospecha que por eso a su tía Lucía no le simpatizan).

La rana y la mosca, de Josefina Wolf para el libro Pequeñas teorías sobre el comportamiento animal. Andres Sobico y Josefina Wolf. Ed. La Bohemia

La rana y la mosca, de Josefina Wolf para el libro Pequeñas teorías sobre el comportamiento animal. Andres Sobico y Josefina Wolf. Ed. La Bohemia

Pero volvamos a la laguna donde dejamos a Giovanni con su larga caña, al borde de esa laguna artificial. La técnica es fácil, al agitar el insecto aleteando la rana no puede evitar pegarle el lengüetazo y atrapar la polilla, en el mismo momento en que la polilla entra al buche de la rana el chico hace un gesto hacia atrás con su muñeca y la rana viene como volando hacia su mano, la retira del extremo del hilo y va a parar, viva, a un canasto que tiene a su lado para eso. Si hace todo muy rápido a veces hasta recupera la polilla entera, lista para seguir siendo un señuelo vivo y volador. Hoy ya acumuló un par de docenas de batracios, es tiempo de volver a la mansión de su tío, en la que se queda a veces un mes entero, −él tiene muchos hermanos, pero sus tíos no tienen ni tendrán hijos−.

Cien metros antes de llegar Giovanni ve estacionado un carruaje de esos modernos con amortiguadores y vidrios perfectos, lo reconoce porque ya lo han llevado a pasear en él ¡y hasta le dijeron al cochero que se lo deje manejar por un rato dentro de la gran propiedad!

Es de Alessandro Volta, un colega de su tío que sabe también muchas cosas. A don Alessandro y a su tío y les gusta hacer tertulias eléctricas, así las llaman; se reúnen con amigos nobles y ricos como ellos y hacen experimentos con ese fluido moderno que llaman electricidad. Aún no ha nacido ni el abuelo de Edison, así que no hacen prender lamparitas, nada con luz. Juegan de otra forma. Primero dan vuelta una manivela que hace girar una piel de conejo. Al dar vuelta la piel se frota contra una botella de vidrio con agua y un trozo de metal dentro. De esa botella sale un clavo de cobre, o algo así, lo importante es que esa botella guarda electricidad, eso lo tienen que hacer siempre para poder guardar electricidad en la botella. Con la punta del clavo tocan alguna parte del cuerpo de la dama divertida que lo pida. Un chispazo sale de la botella y la dama salta de su sofá para risas de todos y de ella misma.

Rana-galvani

Ahora Giovanni entra corriendo a la mansión para saludar con un abrazo de niño al tío Alessandro, como él le dice; pero los encuentra a ambos científicos en una acalorada discusión académica, ambos con un puro y una copa de lemoncello en sus manos. Giovanni no se preocupa mucho porque entiende que esos queridos señores están discutiendo para saber más y un poco también como quién juega a los naipes para ver quién gana.

Sin interrumpirlos él se queda mirándolos, y piensa que cuando sea grande él también va a ser un científico así y va a poder echar humo fumando puros mientras habla de todo lo que sabe como si fuera una máquina a vapor que nunca para −Giovanni Aldini no sabía que, en su futuro, ese sueño se le iba a cumplir−.

Cuando los dos hombres lo ven, abren sus brazos para recibir al niño.

Tío Luigi le cuenta que don Alessandro ha traído para mostrarles su última invención, que aún es bastante secreta. Pero quiere que ellos la usen en sus experimentos con ranas.

Por casualidad, hacía un tiempo que el tío Luigi había descubierto que, si se acercaba el clavo de cobre de una de esas botellas eléctricas al cuerpo muerto de una rana, al saltar la chispa la patita se movía. El descubrimiento había tenido lugar cuando estaban diseccionando una rana. Giovanni enseguida le había pedido si podía usar ese procedimiento con ranas vivas, para así poder ganarles a sus amigos en las competencias de saltos de ranas que hacían en la escuela. El tío Galvani se había negado rotundamente, no sólo porque tendría que llevar las botellas de Leyden a la escuela, además del artefacto a manivela para cargarlas electrostáticamente, sino porque experimentar con electricidad con ranas vivas le parecía una crueldad, ¡y menos para jugar!

Quizá por eso, una semana antes, cuando lo había encontrado en su laboratorio jugando con el hijo del jardinero, lo había perdonado; porque las dos ranas que estaban usando no estaban vivas.

 


Función de títeres

El juego que había inventado Giovanni era de competencia, como casi todos los que se le ocurrían. El juego estaba inspirado en las marionetas sicilianas que andaban de pueblo en pueblo, y que su tío tantas veces lo había llevado a ver en la piazza de Bologna, frente a la universidad donde daba clases.

En esos Pupis Sicilianis, así les llamaban, siempre había caballeros y moros que peleaban con espadas y que tenían unas armaduras espectaculares y que casi siempre había que salvar a una reina secuestrada o a una princesa.

La primera vez Giovanni había quedado fascinado, les parecieron mágicos; al terminar el espectáculo, el tío Galvani lo había llevado a ver “el otro lado” del escenario, y allí, un amable titiritero, con esa tonada entre italiano y siciliano, le había mostrado como eran los gestos técnicos y los controles para manejar la espada, el escudo, la cabeza y las piernas y brazos.

En ese momento, hacía un año, no le había gustado tanto saber cómo era ese otro lado, pero después fueron a verlos como cinco veces más y él ya se había hecho amigo de los titiriteros y era casi un experto en el tema, que usaba para hacer sus propios Pupis en su escuela y ser popular.

Pero el día en el que el tío lo descubrió en el laboratorio; Giovanni ya tenía la idea de hacer un ring de box para ranas. En cuanto el tío de fue a dar clases a la facultad en su carruaje con chofer, y aprovechando que su tía ese día −como tantos− no se sentía tan bien como para levantarse de la cama, el chico se fue directo al laboratorio y puso manos a la obra. Armó rápidamente el ring a la medida de las ranas. Mediante unas perchitas de alambre que hizo especialmente, ya tenía a un par de ranas −de las muertas− erguidas en cada lado del ring, listas para luchar.

Le llevó un rato de darle a la manivela con el disco de piel de conejo para cargar con electricidad todas las botellas de Leyden que pudo encontrar en el laboratorio.

Cuando las tuvo listas, con la seriedad que caracteriza al investigador, fue probando en diferentes partes del cuerpo de la rana. Tocaba con el clavo, saltaba la chispa, y la rana se movía, a veces abría la boca, o un ojo; pero eso no le interesaba, el estaba buscando dónde debía colocar la chispa eléctrica para que moviera un brazo o el otro, una pierna o la otra. Le llevó bastante tiempo la búsqueda, porque a cada rato debía cargar de nuevo todas las botellas. Por eso fue por lo que llamó al hijo del jardinero para que lo ayude con la manivela, prometiéndole que luego jugarían juntos. Rocco le dijo que sí, con la condición de jugar con la ranita más verde.

Giovanni se dio cuenta que si al clavo de cobre de la botella le conectaba un alambre fino de cobre quedaba mejor, porque no se veía tanto a los titiriteros eléctricos. Tres horas después ya sabían hasta como hacer que movieran los brazos de diferentes maneras según donde hacían caer la chispa en el cuerpo de las ranas fallecidas.

Cargaron todas las botellas con electricidad y se repartieron la mitad para cada uno, cinco botellas por cada participante. Luego se pusieron uno a cada lado de la mesa, Giovanni cumplió su promesa de dejar que Rocco usara la más verde, porque a él le gustaba más la que tenía manchitas marrones, le parecía más guerrera.

Pactaron jugar a cinco rounds de un minuto cada uno, el gran reloj científico a péndulo del tío tenía segundero, porque les parecía que iban a gastar una botella por round.

En el primer round, quedó claro qué divertido era ese juego.

En el segundo round ya vieron que no les iban a alcanzar las botellas porque se entusiasmaron y las ranas tiraban más piñas y patadas al aire que otra cosa.

En el tercer round, Rocco ya había aprendido a economizar electricidad y a esperar el momento para conectar el chispazo y que su rana mande el golpe certero a la de manchitas marrones.

Al comenzar el cuarto round Giovanni Aldini anunció al imaginario público que él iba ganando, y ahí fue justo que entró el Tío Galvani por la puerta del laboratorio.

Es largo de explicar lo que pasó después, pero sepan que Rocco no fue castigado, y que Giovanni fue obligado a escribir caligráficamente ab-so-lu-ta-men-te todo lo que había aprendido al desarrollar el juego. La explicación debía incluir detallados dibujos anatómicos de las ranas y un dibujo técnico aparte del sistema de conexiones eléctricas.


El nuevo match

Eso había sucedido hacía unos quince días atrás, hoy su tío Galvani le cuenta que el señor Volta había traído este artefacto, el primero en su tipo, con el que iba a revolucionar la ciencia de Italia y el mundo.

Abrió la puertita de una caja de madera angosta y alta, y sacó como un tubo de vidrio de 40 centímetros de alto. Adentro se veían como monedas de cobre y monedas de níquel apiladas, una y una, una y una. Y entre las monedas algo que parecía algodón mojado. De la base salía un alambre y de la parte de arriba salía otro.

Volta se lo mostró con orgullo a Giovanni. Le dijo que habían imaginado con su tío varios usos científicos para su novedosa pila eléctrica. Sin embargo, él había traído hoy no una sino dos pilas eléctricas y, si a Giovanni le parecía bien –dijo mientras le guiñaba un ojo a Luigi Galvani− podían ir ahora mismo al laboratorio de su tío a jugar una lucha de ranas.

El tío Galvani estuvo de acuerdo, pero como castigo de la travesura del otro día la primera lucha eléctrica de ranas sería entre el Signore Volta y el Signore Galvani. Giovanni debería hacer de presentador y árbitro.

Y si quieren saber sobre el futuro venturoso que finalmente tuvo en su vida Giovanni Aldini, el famoso sobrino de Galvani, gugléenlo por favor.

Rana-galvani.2


Para seguir leyendo

  • Sobre la electricidad animal, Luigi Galvani y Giovanni Aldini.
    En su obra publicada en 1791 “Comentario sobre las fuerzas eléctricas que se manifiestan en el movimiento muscular” (De viribus electricitatis in motu musculari commentarius, 1791), Galvani logró demostrar la producción de corrientes eléctricas en el seno de los tejidos animales, sobre todo en los músculos.

 

 

 

 

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