¿Cuestión de género o resistencia a los cambios?

Por Norma Castellano.


Es habitual en los medios de comunicación leer o escuchar la palabra “presidente” para referirse a mujeres que ocupan ese cargo, sea político o no.

Los sustantivos terminados en –nte en español proceden de participios de presente latinos y son, en general, comunes en cuanto al género: no cambian su terminación para marcar el femenino: el/la estudiante; el/la cantante. Muchos de estos designan profesiones o cargos y aquí es donde se plantea el problema acerca de si es correcto el femenino o si, por el contrario, deben permanecer invariables, como parecería indicar la norma general.

Según el Diccionario panhispánico de dudas (RAE, 2005), en el modo de marcar el género femenino en estos sustantivos, “influyen tanto cuestiones formales —la etimología, la terminación del masculino, etc.— como condicionantes de tipo histórico y sociocultural, en especial el hecho de que se trate o no de profesiones o cargos desempeñados tradicionalmente por mujeres”. Así que por aquí parece que pasa la cuestión.

Cada vez más mujeres han ido ocupando cargos y ejerciendo profesiones que antes tenían vedados o para los cuales su acceso se encontraba plagado de dificultades. Paralelamente, esto ocasionó que se acuñaran nombres de oficios, cargos y profesiones que reflejaran el sexo de quienes los ejercían.

En el caso particular de “presidenta”, ya aparece registrado en el Diccionario (RAE) de 1803 y según el Diccionario panhispánico de dudas, si bien puede funcionar como común en cuanto al género, el uso mayoritario ha consolidado el femenino específico. Entonces, ya no quedan dudas de que esta es la forma correcta en la actualidad.

Como dato de color, en Latinoamérica en 2014 había cuatro presidentas: Cristina Kirchner, en Argentina; Dilma Rousseff, en Brasil; Michelle Bachelet, en Chile; y Laura Chinchilla, en Costa Rica.

Muchos otros sustantivos de este grupo también ya tienen su forma específica en femenino: clienta, intendenta, dependienta, etc. Seguramente, se irán aceptando otros a medida que sea necesario echar mano del valor simbólico de la lengua: nombrar algo para hacerlo visible.

Las resistencias a feminizar una profesión o un cargo nunca se sostienen en argumentos estrictamente lingüísticos. Las trabas son ideológicas.

 

 

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