Yo ya leí

 

Por Mónica Rodríguez.

En ocasiones el recorrido para convertirse en lector puede traer cierta confusión. 

 

Esta historia tiene como protagonista a un niño inquieto, curioso, buen alumno. El año anterior había terminado primer grado, con excelentes logros y sobresalientes en casi todos los casilleros del boletín. Iba al club, a fútbol y a natación, actividades muy motivadoras que apenas podían aplacar al torbellino por un rato.

En la casa había libros: los de la mamá maestra, los de la hermana mayor, los que regalaban los tíos. La visita a la Feria del Libro Infantil era un clásico en las vacaciones de mitad de año.

Empezó segundo con muchas ganas y así andaba cuando llegó el ritual invernal. Se paseaban por todos los puestos de la feria, buscando qué el libro comprar ese año. Pero, nada, nada motivaba a Juan. Miraban tapas, leían reseñas, seguían la saga de alguna autora, buscaban a los autores que firmaban ejemplares. Asistieron a las obras de teatro que se representaban ese día y visitaron los stands con incipientes recursos tecnológicos.

–¿Y? –dijo mamá después de la infructuosa recorrida–. ¿Cuál te gusta, Juan?

–¿Qué? ¿Buscamos un libro para mí? –dijo asombrado.

–¡Sí, Juan! ¿Cuál querés?

–¡No, ma! Ninguno. Yo ya leí en primero. Con la señorita Zulma, ¿te acordás? Quedate tranquila, ma, ya estoy en segundo. Yo ya leí, ma.


Un camino para cada lector

Juan, que había leído en primer grado con la seño Zulma, creía que su camino estaba cerrado. O mejor dicho, creía que ya había cumplido con la ración de lectura de su vida. Pero, para alegría de Juan, no fue así.

Dice Laura Devetach que todo lector tiene un camino, y ese camino se construye.
Se edifica.
Se andamia.
Se transita.
Se retrocede para después avanzar.
Se queda en pausa para disfrutar más del final de una novela.
Se acelera para superar una intriga o descubrir un asesino.
Se comparte con amigos.

No es un camino lineal ni de una mano única. Se me ocurre pensarlo como los diagramas de los subtes, donde un texto sirve para hacer un trasbordo y llegar a otro.

En ese camino están los textos internos (los que se escucharon, se cantaron, se contaron, se compartieron) que se traman entre sí y que van llamando a nuevos textos. Cuentos, canciones, poesías, fábulas… que se ligan por el tema, por el autor, por la metáfora, por la resignificación que hace el lector.

Como cuando se teje al crochet: la aguja lleva la lana, penetra el tejido y saca a la luz otra hebra. Un detalle de un cuento penetra el bagaje personal y saca a relucir otra idea, otro detalle, otra chispa de una historia. El camino lector en la escuela tiene momentos compartidos en comunidad, pero también momentos privados en los que el lector se sumerge en el texto, como la aguja del tejido, cazando las ideas.

Por suerte para todos los Juan, hay libros que los esperan. Siempre.


Para seguir leyendo:

  • Devetach, Laura. La construcción del camino lector. Córdoba, Comunicarte, 2008.

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