El afiche, un género olvidado

Por Daniel Wolkowicz

Desde hace dos siglos, el afiche es protagonista de la comunicación en vía pública y ha sido espacio de realización para las vanguardias estéticas.

 

Desde fines del siglo XIX y durante todo el siglo XX, de la mano de la Revolución Industrial primero, y de la masividad de los medios de comunicación después, el afiche callejero se impuso como el medio natural de información urbana. Las calles se vieron invadidas de piezas que, acompañando a los artistas de cada vanguardia, nutrieron de una estética increíble las paredes de las ciudades.

Es probable que hayan visto los trabajos de Toulouse Lautrec y de Alphonse Mucha que generaron lo que se dio en llamar arte utilitario.

 

Vasily Kandinsky, Pierre Bernard, Rotchenko pertenecieron al movimiento de los constructivistas, y siguieron juntando arte y comunicación.
Posteriormente, una vanguardia propia del diseño, la escuela suiza, con Muller Broockman a la cabeza, fue dejando sus huellas en la piel de la ciudad y el afiche se constituyó en la pieza de comunicación por excelencia.

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Una diversidad maravillosa de estéticas, lenguajes y tipografías construyeron un universo retórico donde el mensaje establecía complicidad con el transeúnte, piezas de alto impacto y mensajes breves, se lo bautizó como un grito en la pared, o un puñetazo en el ojo, por su nivel de pregnancia y efectividad.

Podríamos recrear toda la historia del arte a partir de estas piezas; su uso pasó a ser indispensable en toda estrategia de comunicación. Desde afiches de interior o afichetas hasta afiches doble paño de 110 cm x 148 cm constituyeron el repertorio natural del habitante urbano.

 

Cada país dio particularidades culturales que signaron modos de comunicar, de esta forma el afiche suizo se caracterizó por el minimalismo y la síntesis, y el uso de una única fuente tipográfica, generalmente Helvética o Univers, como contrapartida de la trayectoria del afiche polaco, de carga fuertemente expresiva, pictórica, brutal y salvaje y de una poética densa y profunda.

Afiches polacos

 

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Afiches suizos

 

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Podríamos hacer una larga lista de afichistas: franceses, japoneses, alemanes, americanos, incluso la Argentina tuvo sus épocas de gloria desde los afichistas de los 30 y de los 40 hasta las vanguardias del Instituto Di Tella y las magníficas series que se produjeron para las obras del Teatro General San Martín, donde desfilaron diseñadores de la talla de Nicolás Giménez, Carlos Gallardo, Ronald Shakespeare y muchos otros.

 

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Del afiche a la pintada, al grafiti y al esténcil

En el siglo XXI como corolario de la posmodernidad y los medios electrónicos, el afiche se transformó en una relación desigual entre poder visual y eficacia, de lo que significaba el soporte papel frente a los nuevos medios. Surge a fines del siglo XX una acción diferente que se plasma en el grafiti y el esténcil, la acción pseudo clandestina y anónima que después se ocupan de retomar las propias empresas para asimilarse a la “movida joven”. El arte callejero surge como una variable del afiche cambiando sus objetivos, deja lo comercial por lo social, la denuncia y la protesta, una nueva visualidad aparece en las medianeras y fachadas de las ciudades.

El street art se consolida como un nuevo género.

 

 

De la época de oro a la invasión digital

Si bien los diseñadores seguimos haciendo afiches, el medio ha mutado y la producción en los medios digitales, el avance de las redes como instantaneidad de información sin tener que salir a la calle, ha dejado relegado el uso del afiche más como ornamento o pieza de colección que como pieza masiva de comunicación.

Los medios digitales capturan la atención por el movimiento y el sonido; las piezas ya no se ven, se escuchan; se interactúa con ellas, se las puede modificar y hasta distintos usuarios reciben distintas piezas según sus perfiles de redes sociales.

No hay contexto fijo; el contexto es global y cualquiera recibe la información desde cualquier lugar del mundo. Ello permite que la decodificación de la comunicación no se restrinja a nuestro barrio ni a lo que vemos allí.

Los formatos cambiaron: el 90 % de la información recibida es leída en celulares o tabletas, la velocidad es infinitamente mayor.

El afiche tenía, primero, que producir un fuerte impacto visual en el transeúnte, en el que viajaba en auto o en colectivo, y después que “atrapaba el ojo” se pasaba a una segunda instancia de decodificación y comprensión del mensaje, de valoración estética y conclusión de sentido. Todo esto llevaba algunos segundos de atención, cosa impensable hoy, cuando en milisegundos se recibe multiplicidad de estímulos que debemos procesar.

 

Fin de una era

Es probable que los afiches se incorporen a las colecciones de los museos como registro de un modo de comunicación que perduró un par de siglos dando belleza a las ciudades y exhibiendo el arte en modo funcional.

Hoy, reemplazado por las grandes pantallas de leds, las mega proyecciones de los mappings y los grafitis láser, se deja atrás una de las formas más bellas que el diseño supo dar a varias generaciones.

 

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Habitualmente en mis clases en la Facultad de Diseño y Urbanismo (UBA) cuando trabajamos la temática del afiche, insto a los alumnos a que si a lo largo de sus vidas profesionales realizan un buen afiche, uno solo, el diseño argentino sumará cientos de piezas memorables. Espero algún día volver a verlos pegados en la esquina de mi casa.

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