El descubrimiento del lector

 

Por Daniela Azulay.

Pequeños −o enormes− descubrimientos lectores, que nos convierten en lectores.

 

los-viernesMekas dice: “Intentamos esconderlo de cualquier modo pero siempre aparece, el lirismo”
Juan Forn

 

I.

Dijo Martín Blasco cuando le preguntamos en Tinkuy sobre sus lecturas de infancia: La colección Elige tu propia aventura. Que la compraba, leía todas las opciones posibles y luego la llevaba para cambiarla, diciendo que el supuesto amigo al que se lo iba a regalar, ya lo tenía. Pero sin embargo, para mí, lo más deslumbrante de la charla con Martín, es que fue la primera vez que tuvo conciencia de descubrir a un autor. Lo que contó es que empezó a notar que los títulos de Edward Packard eran los que más le gustaban. Entonces después, estaba atento cuando aparecían. No le daba lo mismo. Le pregunto si tiene registro de haber descubierto así a algún otro autor… “Gianni Rodari, era otro, pero cuenta distinto porque me lo leía mi viejo…”

Entonces quedo felizmente atrapada en un pensamiento de esos que me obsesionan sobre la lectura… ¿cuántas veces habilitamos los mediadores esos descubrimientos autónomos? ¿Podemos hacerlo?

 

II.

Sigo rumiando el tema. Mando algunos wasaps. Son impresionantes las lecturas que comparto en estos tiempos por wasap.

Ivana Sosnik, amiga, colega, mediadora de lectura, licenciada en Ciencias de la educación, entre otras tantas cosas, me responde: “Qué pregunta difícil. Pensaba que que el género sea novela es interesante… Que le sale género al tema de descubrir /seguir a un autor. La novela podría marcar una diferencia.”

En los libros álbum es más claro, para ella, como los chicos descubren, el modo en que manifiestan y luego son “seguidores”.

Entonces ambas recordamos el Proyecto ilustradores, llevado a cabo el Taller de escritores de Una biblioteca en La Vereda. Como eligieron claramente y varios de los participantes se hicieron fanáticos de Bernasconi, y querían ir a comprar TODOS sus libros a la librería, no los descubrieron solos pero… entre varios propuestos, lo eligieron.

Ivana sigue pensando y me manda otro audio: “Debi, de 10 años, en un momento se enganchó con Querida Susi, Querido Paul, de Christine Nöstlinger. Pidió libros de la autora en el taller y en la biblioteca de su escuela, y la siguió. No paro hasta leer todos los de la serie.

Es lo que pasa también con las sagas sigue Ivanacuando la descubren y después no pueden parar. Yo me acuerdo de ese chico que venía a la biblioteca Chau Toto, en Lugano, que en realidad ni entraba al taller, él solo quería leer los libros de Harry Potter y como esos libros en ese momento no estaban en préstamo −y ambas entonces nos preguntamos porqué él venía durante la hora de la actividad y se quedaba sentado afuera en un pasillo gris leyendo Harry Potter.” Lo mismo Braian Rodríguez, que aún hoy a los 21 años se acuerda de cómo leía en la biblioteca, haciendo de ese espacio su cuarto propio, de 11 a 16 todos los sábados de los años 2005 y 2006.

 

III.

A Lequi, Martín Moreno, lo conocí este año de la mano de Lili Quillay porque me convocó para trabajar acompañando al proyecto “Luces, hay más luz cuando alguien habla”, en Rosario. Es una tarea que disfruto mucho: compartir saberes y prácticas y proponer espacios de lectura y escritura con mediadores que trabajan en distintos centros de día de Rosario.

En medio de una conversación sobre la selección de libros para la biblioteca ambulante del proyecto le pregunto si recuerda algún descubrimiento literario. Me responde contándome una serie de encuentros, de un modo andante que comparto y celebro: “Seeee. Algunos recientes: Pedro Lemebel. Me compré un libro en el festival de poesía de Rosario sin saber quién era… Solo leí unas páginas ahí nomás y compré. Lo mismo me sucedió en una feria en el centro cultural La toma, leí dos páginas y me llevé Los árboles caídos también son el bosque de Alejandra Kamiya. Y en un viaje a Córdoba, en una feria de artesanos, intercambié mi fanzine por un librito con su propio autor, Ale Reymond, y entonces entré en sus líneas”. Otro encuentro que recuerda es una compra que hizo porque reconoció a una amiga en la tapa de un fanzine. “Era la foto de la cara de la Miri, una amiga de un amigo que yo ni sabía que escribía. Ahí nomás lo compre por ser ella nomás. Cuando ella escribe ya no es la Miri, es la topo. Y es una genia.”

IV.

Dos amigas, Ana e Ivana, ambas licenciadas en Letras, ambas escritoras, también recibieron mis mensajes sobre lectura.

Ivana me habla de las búsquedas en la casa de sus viejos. Cuando estaba en el secundario muchos fines de semana iba la quinta que su familia tenía en San Miguel. “Yo buscaba libros donde hubiera escenas de sexo. Así leí El libro de Manuel. No sabía nada de Cortázar. Ni sé de quién sería ese libro. De mis viejos no creo. Mi vieja solo leía libros del Círculo de lectores. Mi viejo el diario o ciencias.”

Me gusta este derrotero en el que la búsqueda de escenas de sexo arma un recorrido entre distintos libros: “No todo era lo mismo. Me enamoré de El libro de Manuel”.

Con Ana también nos reímos por wasap, si es eso posible. “No existe una instancia sin mediación”, me escribe. Acuerdo con ella y vuelvo a pensar en los matices de la autonomía de nuestras elecciones. En el medio de ires y venires para acordar una cena en tiempos de vorágine, hablamos de nuestras lecturas descubiertas en soledad en las bibliotecas de nuestros padres, madres y abuelas: Selecciones, de Reader Digest, que leíamos ambas, varios títulos de Henry Denker, que leía Ana, y otros tantos de Helen Van Slyke, que leía yo. Toda una generación −los que ahora tenemos cuarenta y tantos− descubriendo primero a escondidas y luego a pura luz, a los grandes novelistas de Emecé.

 

V.

En un curso intensivo de Promoción de la lectura y la escritura de Escuela de maestros (ex CePA), Leo relatos del libro Los viernes que reúne las contratapas del diario Página 12 que escribió Juan Forn entre 2008 y 2012.

Elijo Yo recordaré por ustedes.

forn wTermino de dar clase y acompaño a uno de mis hijos a hacerse el documento. Como llego temprano, entro en la librería Ateneo Grand Splendid. La recorro. De pronto, me detengo a sacar una foto. Es una escena lectora cuya sincronía me conmueve. Saco la foto. Luego sigo mirando libros. La lectora me mira, y me comenta con una tonada que después supe colombiana: “Lo miré, leí un poco y me gustó mucho… Me gusta descubrir sola que llevarme de cada país que visito. ¿Te parece que es bueno? Quiero llevar uno de un argentino.” Le digo que sí y le propongo que lea la página 136.

Camino por avenida Santa Fe hasta Callao. Me doy vuelta cuando alguien me toca la espalda. “¡Me lo llevé!

 

(“Nos permiten ir a la ciudad”, escribe en la primavera de 1945, “curioseamos en las librerías improvisadas en las calles, todo está en venta para poder conseguir comida, por supuesto no tenemos dinero para comprar nada, pero no deja de sorprenderme todo lo que se puede absorber de un libro con sólo tenerlo entre las manos”)

 

Intercambios. Un autor entre otros de la misma colección. Encuentros fortuitos. Búsquedas. Siempre hay algo que media, es imposible la autonomía absoluta… pero algunas veces más que otras sentimos que son descubrimientos propios. Me interesa ese espacio de acción que podemos dejar libre cuando proponemos lecturas. Un espacio para que cada uno, cada una busque/arme/encuentre/descubra/robe sus propios tesoros.

 

Para seguir investigando

  One thought on “El descubrimiento del lector

  1. Vale
    agosto 17, 2017 en 9:51 pm

    Excelente nota!
    Así, de a poquito, hilando anécdotas y reflexión, nos hace pensar la tarea del mediador.
    Me encantó!

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