La casa de Agustín

Por Verónica Sukaczer

Este relato lo dice clarito: dejar la infancia atrás no es para cobardes.

Agustín tenía una casa con número y timbre. Con apenas un vistazo uno se da cuenta de con cuánta ternura, picardía, alegría e ilusión la construyó.

Agustín tenía una casa que decoró y a la que trajo (y ordenó prolijamente en la pared) una consola de juegos, sus superhéroes, sus amigos y sus máquinas fantásticas.

Agustín debe haber pasado horas allí, a lo mejor se escondió alguna vez, aguantó una rabieta, lloró, festejó un cumpleaños.

A Agustín, un día, le tiraron la casa, la dejaron al lado del contenedor de basura como un esqueleto viejo y hueco.

A lo mejor Agustín ahora tiene una casa más grande, de caja de heladera de dos puertas con dependencias, pero lo más probable es que haya sido él mismo el que dijo basta, avergonzado de tamaña muestra de infancia.

Agustín tenía una casa y esta casa ahora busca nuevo habitante.

¿Quién se habrá llevado la casa de Agustín?

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