Volar con la imaginación

Por Andrés Sobico

Existe una sola herramienta que ha logrado plasmar el sueño eterno de volar: la tecnología; con ella pasamos en 1903 de la fantasía de volar como pájaros a la bella realidad de hacerlo como humanos.

Volar con la imaginación es en esencia tan, tan, tan humano, que podría usarse como manera de medir cordura. Y si cordura viene de cuerda, acordemos que un colorido barrilete, una grácil cometa, siempre necesita de algún hilo.

Las dos hijas de Bill Tate hoy están de punta en blanco, en la misa se han aparecido con sus vestiditos de satén francés de la mejor calidad.

A ellas les gusta ser hijas de Bill, no porque sea el juez de paz de esa pequeña localidad costera y tan ventosa, sino porque su papá es rebueno, y su mamá también, ella les hizo esos dos vestidos blancos de satén francés, y hasta les dejó usar un poquito su flamante máquina de coser Singer a manivela para que cosieran ellas mismas el broderí y así quedaran más bonitos; les pareció tan moderno estar justo en 1900 usando ese invento tan moderno.

A ellas les gusta vivir en un lugar que se llama Kitty Hawk, como decir “Pequeño Halconcito”. Ellas han tenido varias aves de mascota, palomas de campo, algún cucú; pero más les gustó tener a Glider, una gaviota macho que encontraron detrás de la Duna Grande, la que llaman Kill Devil. Lo encontraron cuando era tan pichón que ni era todo blanco todavía. Glider sobrevivió a los abrazos de Wanda y especialmente de Olivia, que en ese entonces tenía tres años. Después creció y no se volaba porque la mamá de las nenas le mantenía las alas recortadas. Cuando Wanda cumplió nueve, le pidió permiso para ocuparse ella de mantenerle las plumas de las alas recortadas, con el secreto plan de dejárselas crecer. Querían que Glider aprendiera a volar para que las acompañara a la playa y aprendió rápido. Es que en Kitty Hawk “volaba cualquier cosa que no estuviera atada”, como decía la abuela Tate.

Así que algunas tardes las hermanas iban a jugar a la playa cerca de casa, su abuela las llevaba y muchas veces las tres, bajo el sol otoñal, se acostaban en la arena entibiada y allá arriba, quieto en el viento, Glider. A Olivia un día le pareció que Glider era un barrilete, y que había un hilo invisible que ella sostenía en su mano, de tan quieto que estaba allá arriba.

Wanda le preguntó a su abuela si algún día Glider iba a emigrar, como la vez que tuvieron ese pato canadiense que un otoño levantó vuelo para siempre al pasar una bandada. La abuela le dijo que las gaviotas no emigran, aunque a ella siempre le había parecido que cuando se ponen así, quietitas en el viento, y cierran sus ojos, capaz que viajan con su imaginación (ella había venido de otro país, del otro lado del mar).

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Hace quince días Baum, un amigo de ellas, había guiado desde el puerto hasta su casa a dos señores que venían a hablar con su papá, eran de la misma edad que su papá Bill; primero no sabían de qué hablaban, pero veían a su papá entusiasmado mientras estos dos señores que eran hermanos, así como ellas, le mostraban unos dibujos y un libro que tenía unas cigüeñas dibujadas. Cuando terminaron con el libro, ellas enseguida lo pidieron para verlo (y leerlo, Wanda ya sabía leer bien). El señor, que se llamaba Orville, con una sonrisa amable les dijo que sí enseguida, pero el más grande, que era pelado, tomó el libro, lo llevó hasta la mesa de la cocina, y les dijo que podían verlo, pero solo si lo miraban ahí, sin moverlo de la mesa al pasar las hojas.

Así lo hicieron y Olivia enseguida le preguntó a su hermana mayor si había tantas cigüeñas dibujadas porque iban a traer a un hermanito varón, pero Wanda enseguida la tranquilizó y le explicó que le parecía que era un libro para hacer barriletes.

Lo dijo porque no quería preocupar a su hermanita, aunque le parecía raro que dos señores tan atildados así, de saco y corbatín, se pusieran a hacer barriletes, pero estaba en otro idioma que ella no entendía.

¡Pero al final sí! ¡Venían a hacer barriletes! Su papá le prestó el garaje y con un carro trajeron un montón de maderas, alambres, herramientas y otras cosas. Su papá estaba muy entusiasmado y a él le gustó mucho una lámpara de acetileno que daba mucha luz, y no hacía feo olor, como la de kerosene que tenían en casa; todo eso se lo explicó Bill a su hija Wanda cuando la encendieron para cenar ese día con los dos hermanos Wright, ese era el apellido de ellos. A Wanda le pareció que habían dicho Right que quiere decir correctos; al final cuando tantas veces vinieron a visitarlos y se hicieron amigos con su papá, él decía que sí, que deberían llamarse los hermanos Correctos de tan honestos que eran.

Esa vez estuvieron como quince días y todos los días iban a la playa, donde habían construido un cobertizo para dejar las herramientas y todo lo demás. Al final de la primera semana, su mamá las dejó ir con su abuela a mirar lo que hacían el señor Wilbur y el señor Orville; ellas ya querían ir desde antes (le parece a Wanda que a su abuela también), porque Glider cada vez que ellos se iban temprano a la playa los seguía, y después volvía con ellos a la tardecita.

barrilete 1

Fueron caminando las tres, era justo donde habían encontrado a Glider de pichón, no quedaba tan cerca y, a medida que se acercaban a la duna Kill Devil, veían algo blanco en el aire, no se parecía a una gaviota en que era muy cuadrado, pero se parecía a una gaviota en que se quedaba sí, quieto en el aire; y los hermanos Wright justo abajo, como mirándolo fijo.

Y su Glider allá, volando al ladito de esa cosa, que es como un barrilete gigante, ahora se ve bien porque están más cerca, y Glider que las ve y viene enseguida volando contra el viento a saludarlas y ¡eeek! ¡eeek! las llama como diciendo “vengan a ver que tengo un nuevo amigo”.

Ahora están los cinco (seis con Glider) juntos, y se ven muy bien los hilos que cada uno de los hermanos usa para controlar el artefacto. Lo primero que pregunta la abuela es de qué tela lo habían hecho, y Orville le cuenta que su hermana Katherine la había encargado por correo, ella había elegido satén francés porque tenía que ser una tela fuerte y liviana, y que a pesar de que estaba muy ocupada con la casa y sus clases en el colegio de señoritas, se había hecho tiempo para coserlas a medida del artefacto (no escuchó Wanda cuando Wilbur le contó en voz baja que su madre había muerto hacía unos años).

Y Olivia, que ya se había encariñado con Orville porque era el más gracioso, le pide si ella se puede subir al barrilete y así estar al ladito de Glider, que estaba copiando todos los movimientos del barrilete gigante.

Orville sonríe y le explica que todavía no, que ellos están investigando, que la idea es ir paso a paso, que nadie se tiene que lastimar, y que, en unos meses, la próxima vez que vengan, quizá él ya pueda subirse y planear así como lo hace Glider, pero “no estamos seguros todavía”, dice Wilbur, “pero puede ser”.

Esa noche cenaron otra vez todos juntos a la luz de de la moderna lámpara de acetileno que los hermanos Wright le regalaron a Bill Tate en aquel primer viaje a Kitty Hawk. Al otro día volverían a su Dayton natal, a medio día de viaje. Daisy, la mamá de Wanda y de Olivia, quedó tan agradecida por el satén francés que les regalaron Wilbur y Orville, que se puso a coser en la Singer a manivela justo después de la cena.

barrilete finalHoy, los Wright y los Tate fueron juntos a misa antes de que partieran hacia Dayton, y los espléndidos vestidos de satén francés fueron el comentario de todos los vecinos.

Su abuela andaba por ahí divertida contándoles a todos que estos dos buenos hermanos estaban un poco locos si usaban una tela tan cara para hacer barriletes.

 

 

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