Una lectora para armar

Por Natalia Silberleib

CV: ‎Editora especializada en publicaciones de museos y de arte. Es Magister en Administración Cultural (Universidad de Buenos Aires), cuya tesis sobre catálogos de muestras temporarias de arte fue dirigida por la Dra. Diana B. Wechsler. Fue coordinadora de producción en la editorial Alfaguara, editora en el Ministerio de Educación, Unicef, Educ.ar, y Secretaría de Cultura de la Nación.

En primer grado yo no leía. Y no era como ahora que se entiende la educación en ciclos. Por lo que había preocupación. Tengo el recuerdo de ir en el auto, de pronto leer el cartel de un cine y que todos se sorprendieran. Fue de nada a todo, pasé de ser la que no leía a la que hacían pasar al frente para leer porque leía de corrido perfecto.

En segundo grado mi papá me regaló un libro Conejitos, conejitos. El segundo fue Un elefante ocupa mucho espacio, en su primera edición. Desde ese momento cada vez que me preguntaban qué quería que me regalaran yo respondía “un libro”. Ahorraba para comprarme libros.

Las bibliotecas

Soy la menor de cuatro hermanas, dentro de una familia de lectores. En la casa había libros hasta en los placares. En la medida en que iba leyendo y teniendo los míos propios, comencé a disputar espacio. Ya no me alcanzaba un estante. Y por supuesto, había problemas cuando una hermana se casaba: qué libros se llevaba a su casa nueva.

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Libro de artista.

De grande comencé a coleccionar libros de arte, lo que convierte las mudanzas en algo terrible porque con tres libros ya hacés una caja pesada.  Del proceso de acumulación no te das cuenta, ante los libros apilados comprás unos cubos. Luego otros cubos. Más libros y más cubos. Un día tenés una biblioteca de cubos.

Con el tiempo mi biblioteca comenzó a descomponerse: los libros que son para al lado de la cama, los que son para estudiar, los de literatura, los catálogos, los que son libros de arte. Y de acuerdo al momento de la vida, al trabajo en curso y a las necesidades de cada casa se reorganizan. También tengo una pequeña zona museo, de libros especiales que están expuestos. Pasa de ser la biblioteca a ser las bibliotecas en plural, completamente vivas y activas.

La función de la biblioteca

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Natalia Silberleib

La pregunta de mucha gente que no lee al entrar a casa es “¿leíste todos estos libros?”. No tengo ningún problema en admitir que no. Muchos de los libros que tengo no los leí, no solo porque me sirve coleccionarlos, porque adoro tenerlos, sino porque son para otro momento. Hay algo intuitivo en cada elección y con lo que nunca me equivoqué. En algún momento van a ser necesarios.

Mi biblioteca especializada en arte y libro de artista se ha ido armando en parte intencionalmente −libros que busqué− y en parte azarosamente, gracias a amigos y conocidos que sabían de mi pasión y me regalaban libros y catálogos. El taller que dicto actualmente de libro de artista, Un libro es un libro, puso mis bibliotecas completamente en valor.  Era una cuestión de tiempo.

 

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