La insoportable levedad del ser

Por Daniela Azulay

El encuentro con una lectura en un vagón del subte lleva a la autora a su primera lectura de la obra de Milan Kundera.

 

“Aquel que quiere permanentemente ‘llegar más alto’ tiene que contar con que algún día le invadirá el vértigo. ¿Qué es el vértigo? ¿El miedo a la caída? Pero ¿Por qué también tenemos vértigo en el mirador provisto de una valla segura? El vértigo es algo diferente a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.”

La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera (1984)

Subte, línea B

Si hay algo que no poseemos en los medios de transporte, es levedad.

Lunes. Lluvia. 8:21 am. Me subo al subte en estación Los Incas, con el calor de febrero en Buenos Aires, empapada. Me acomodo, apoyo a mis pies la bolsa con el almuerzo. Me saco la chalina, la camisa. Cambio la cartera de brazo, agarro el teléfono.

Entonces la veo. Ajena a los trajines de ese lunes, una lectora. Es joven, no creo que tenga más de 15 o 16 años. Lee compenetrada mientras su piloto estampado y su chalina cuelgan, livianos, de su brazo izquierdo. La insoportable levedad del ser, pienso. La insoportable levedad del ser, lee.

Es lunes, vuelvo a trabajar luego de las vacaciones, hay algo de abismo en ese viaje, pero mi joven lectora está fuera. O está adentro. Lo que siento, mientras vuelvo a acomodar la bolsa con mi vianda a riesgo de que pierda a medida que se llena el vagón, es que está a salvo.

Su lectura me lleva a mi lectura de ese Kundera. Tengo 15 años. La vi a mi mamá leyéndolo y me atrapó una frase relojeada al pasar: ¿Pero es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad?” No lo sé, respondí, pero siempre la busco.

Tren, línea Mitre

Cuando leí ese libro me enamoré de cada palabra. Lo llevaba conmigo a todas partes. Hasta que un día, camino a Villa Ballester, me encontré con un amigo de un amigo en el tren. Charlamos mucho, me contó que estaba muy triste y me invitó a tomar algo. Bajamos en la estación Miguelete. En esa época (no volví a pasar por allí desde esa vez, hace 32 años) la estación era un lugar sórdido y oscuro. El único lugar que encontramos para tomar algo fue una pizzería con banquetas altas y una barra bastante sucia, apenas al salir de la estación, en donde nos acomodamos. Él me contó sus penas mientras tomamos un café amargo. Yo tenía el libro en mi mochila. Como se hacía tarde y me esperaban en Ballester, lo saqué del bolso y se lo regalé. Nunca lo volví a ver.

“Sólo la casualidad puede aparecer ante nosotros como un mensaje. Lo que ocurre necesariamente, lo esperado, lo que se repite todos los días, es mudo. Sólo la casualidad nos habla. Tratamos de leer en ella como leen las gitanas las figuras formadas por el poso del café en el fondo de la taza. (…)
Nuestra vida cotidiana es bombardeada por casualidades, más exactamente por encuentros casuales de personas y acontecimientos a los que se llama coincidencias”.

Milan Kundera (1984)

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