“Toda labor cultural tiene que ver con la mendicidad”

Por Federico de Giacomi, Diego Dente, y Valeria Sorín

Entrevista a un librero insigne de la Argentina, Héctor Yánover, alrededor acerca de las marcas de la dictadura había dejado en la cultura y la lectura.

Esta entrevista fue realizada en la primavera del año 2000, cuando la Argentina sufría una importante recesión que desembocaría en la crisis económica más desgarradora de su historia. El tema gira alrededor de las marcas de la dictadura que aún se sienten en la cultura a 17 años del regreso a la democracia.

Héctor Yánover sigue y seguirá siendo referencia obligada a la hora de pensar sobre el libro y sus alrededores, sobre la lectura de los argentinos, y a través de ella, sobre la cuna de ciertas ideas y actitudes. Un hombre que lee la sociedad y que la escribe con palabras claras, simples.

Talla directa sobre libro y madera tallada y quemada (2016) por Pablo Bompé.

Talla directa sobre libro y madera tallada y quemada (2016) por Pablo Bompé.


–¿Recuerda qué libros se vendían luego del golpe militar de 1976?
–Noté un cambio súbito. Lo que apareció es el ocio: el ocio de un tipo que se dedica a cosas que no molestan a nadie fundamentalmente. Aparecieron oleadas de libros sobre cómo manejar su yate, cómo jugar al golf o al bridge. Nadie quería saber, porque el saber compromete. Yo me enteraba porque vendía libros y muchos desaparecidos compraban y leían libros en mi librería. A la librería venía también gente que era militante, como el padre Mugica.

 –Usted estuvo exiliado durante más de un año. ¿Cómo se veía desde España la situación de la Argentina?
–Acá siempre se quejaban de que había una campaña antiargentina. Lo que había era una campaña contra la dictadura, contra la tortura, una campaña antifascista, si queremos ponerlo en términos ideológicos. Este golpe del 76 tuvo características distintas a los otros. Fue ideológicamente más claro. Tenían ideólogos detrás que sabían qué querían y había un plan de trabajo. Por ejemplo, acá llegaron a la conclusión de que todo aquel que dijera la palabra “vector” era del ERP. ¿Por qué llegaron a esa conclusión? Porque la matemática moderna es de la gente que está más avanzada en el estudio de la matemática y esos son los tipos que están a favor de los cambios.

–Los ingenieros debían cambiar su vocabulario.
–No tenían que decir la palabra “vector”, simplemente. Cuando se prohíbe El Principito, ¿por qué se prohíbe? Porque abre un camino a la libre creatividad. Son cosas que no se deben permitir: si yo doy una orden para que todo el mundo la cumpla, nadie puede pensar por su cuenta. El que piensa por su cuenta es un enemigo. Todo libro que te obligue a pensar tiene que ser eliminado. Y la gente lo eliminaba antes de que se lo impusieran.

–Las listas negras de libros no eran públicas.
–No, vos tenías que darte cuenta, ahí empieza la autocensura. Yo me acuerdo de que una noche, cuando cerré la librería, les dije a todos mis empleados: “Acá no me van a llevar a mí solito, nos van a llevar a todos. Entonces, eliminemos esos libros que pueden traernos esa clase de problemas, pero decidámoslo entre todos”. Entramos a sacar… “¿Este, qué hacemos?” Rompemos. Llenamos bolsas y bolsas de libros. Gracias a Dios que lo hicimos, porque después tuvimos una inspección.

–¿Desaparecieron muchos libreros?
–Desaparecieron varios, no sé si muchos. Y hubo otros que se tuvieron que ir del país. Hernández, que ya murió hace muchos años y que tenía la librería en la calle Corrientes, tenía unas mesas con libros marxistas que mantuvo durante el proceso militar. Él conocía a los tipos de la SIDE gracias a que iban siempre a tomar café ahí. Un día le dijeron: “Che, rajá todo que se acabó”. Dos o tres meses más tarde les cayó una inspección y descubrieron que al fondo, en el sótano, él había hecho una falsa pared y había guardado todos esos libros. Tuvo que escaparse al Uruguay, y recién pudo volver cuando todo había terminado, cuatro años más tarde.

–Cuando usted dice que “caía una inspección”, ¿de dónde venía?
–No sé de dónde iban a otros lados. En mi caso, entraron tres tipos a la voz de “Inspección municipal. “¿Y cuál es la diferencia con las otras?”, pregunté. “Que esta es integral.”. Uno de los tipos sabía, los otros dos eran alcahuetes. Se le acercaban y le preguntaban: “¿Se puede vender García Márquez? ¿Se puede vender Virginia Wolf?”. El otro contestaba: “¡Sí, es un clásico de la literatura inglesa!”. Había una especie de marcación del “buen gusto”. Ya ves que prohibieron a Gardel porque arruinaba el idioma y usaba palabras del lunfardo. Las señoras de los militares, en este sentido, pesaban mucho porque tenían más vida social. Por ejemplo, Ediciones De la Flor se cierra y los meten presos porque la señora de un coronel en Mendoza vio un libro editado por ellos y le dijo a su marido: “Esto no puede ser”.

–¿Qué secuelas considera que dejó el proceso?
–El miedo. Un miedo debajo de la piel. Tengo una historia interesante, en este sentido: Osis Mandelstan fue un poeta ruso que en el año 33 o 34 escribió un poema sobre Stalin. Stalin se enteró, lo metió preso y lo fusiló en el 37. La mujer lo visitaba todo el tiempo en la cárcel durante los dos años que permaneció preso. Ella escribió las memorias de todo lo que allí pasaba. Un día, bastante tiempo después de la dictadura, yo estaba leyendo ese libro y siento que el ascensor se cierra de golpe. Cerré el libro y lo metí en un cajón. Y después me dije: “¿Qué hiciste? Tenés el miedo incorporado”.

–¿Cómo se fue debilitando el Proceso?
–La guerra de Malvinas los dejó “en la lona”. Se notó inmediatamente. Yo me animé a leer un poema donde estaba la palabra “asesinos”. Y mucha gente se empezó a animar. Había mucho odio en algunos sectores, y en otros estaban bastante contentos. Hoy, todavía, le escuchás decir a cierta gente, a la “mierda” de gente (que suelen ser los más viejos): “Ese es boleta”. La Argentina profunda es muy fascista. Las grandes fortunas nuestras son todas dolosas. Es un país muy difícil. Y en el terreno cultural yo, desde que nací, sé que toda labor cultural tiene que ver con la mendicidad.

–¿Mendicidad?
–Sí, siempre tenés que estar rogando, pidiendo. Nunca hay dinero para la cultura. Yo he viajado por América y donde llegaba enseguida me decían: “Che, ¿no querés leer poemas en tal lugar?, porque me imagino que este viaje te sale unos cuantos mangos y te podemos pagar tanto”. Acá, en la Argentina, todo es gratis siempre. Esto a mí me pasa a cada rato. “Señor Yánover, lo llamamos de Corrientes, porque acá tenemos una librería que anda muy bien y cumplimos diez años y queremos hacer una gran fiesta y que usted venga y nos hable”. Cuando les pregunto si van a pagar algo, enseguida responden que no. Si usted tiene que llevar a un tipo a cambiarle el cuerito de la canilla, ¿es gratis también? Pero a un tipo que viene a leer poemas ¿no hay que pagarle?
Hace poco la dueña de un banco quería invitarme a hablar no sé dónde. Me hace llamar por otro, que me pregunta si quiero dar esa charla. Yo le digo que sí, pero que cobro. Entonces llama ella y primero me saca todo lo que puede: datos, cosas, quién puede hacer tal cosa, quién puede hacer tal otra, dónde puedo ir. Después me dice: “Eso que le hemos pedido, usted sabe que es para una sociedad de bien común donde yo trabajo gratis. Así que espero que usted también lo haga gratis”. Después me quedé pensando que todos los ricos trabajan gratis.

–¿Qué le pasó a la producción cultural y a las editoriales durante aquel tiempo?
–Hubo un cambio. Hubo editores que dejaron de editar, otros que se adaptaron… Había muchas cosas que no se editaban… Pero ahora también hay muchísimas cosas que no se editan, por otras causas: porque no hay compradores, porque Europa produce millones de libros y acá es imposible traducir más de mil.

–¿Cómo es la relación del público argentino con la lectura?
–Acá es así la curva (hace un gesto ondulante con su mano): sube y baja. Como la economía, como todo. Acá no hay una cosa estable con la que vos puedas contar, no podés hacer una estadística a futuro porque no sabés qué puede pasar. La inflación monstruosa hizo también que la gente dejara de comprar todo. Pero la lectura es como un vicio. La gente que lee no puede dejar de leer. La actitud frente a los autores argentinos también es muy ondulante. De pronto hay épocas en que nadie quiere comprar una obra de un autor argentino y épocas en las que todo el mundo quiere una.

Posdata

Talla directa sobre libro y madera tallada y quemada (2016) por Pablo Bompé.

Talla directa sobre libro y madera tallada y quemada (2016) por Pablo Bompé.

Han pasado otros 17 años desde esta entrevista, 34 desde el retorno a la democracia en la Argentina. A la crisis económica que redujo a menos de la mitad las librerías, le siguió un nuevo boom –bajo el cuidado de la ley de Defensa de la Actividad Librera– que incluso consagró a Buenos Aires a nivel mundial como la ciudad con mayor cantidad de librerías per capita.

¿Destino circular? Diferentes evaluadores muestran una caída del 35 % en la venta de libros durante 2016. ¿Y la lectura? Aún permanece viva, para dar sentido a la experiencia.

A la memoria de Héctor Yánover y de Federico de Giacomi.

  One thought on ““Toda labor cultural tiene que ver con la mendicidad”

  1. Mabel Ramos
    abril 13, 2017 en 4:45 pm

    Excelente nota.No pierde actualidad.No sé si esto es bueno o malo para nosotros.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: