Con ustedes, ¡los juguetes!

 

Por Nicolás Gómez Ivaldi

En una plaza cayó un circo. Ahí se encontraba un chico que vio el circo. Y empezó a mirar y vio títeres, marionetas y gente que sabía conmover a los chicos y hacer arte. Vio un robot que, si le ponía una moneda, empezaba a bailar…
Juliana, Luis y Malcom, 10 años. Revista Títer

musaranga-1.jpgEn una casa alquilada de puertas abiertas en la localidad de Beccar, en la zona norte del Gran Buenos Aires, se reúne la Compañía Nacional de Autómatas La Musaranga. No son ni un centro cultural ni un taller. Son artes y oficios. Su día oficial es el 3 de junio, Día del Aprendiz. Su lema: “Educar las manos, templar el corazón y aclarar el pensamiento”. A todo el que se acerque, lo invitan a participar. Hacer hacen muchas cosas: teatro, ventriloquía, marionetas, encuadernación, grabados, fotografía, orquesta, ciclos de cine, editan libros, fabrican autómatas y, además, juguetes.

Juguetes simples, o no tanto. Algunos con envases de lavandina, con ojitos de tapa de gaseosa y piecitos de piolín. Otros, músicos de alambre y corcho, sobre una lata de conserva, que mueven la mano, tocando sus instrumentos, gracias a la acción de un cigüeñal. Con mucha maña, armaron unos autómatas enormes: dioramas que pueden superar el metro treinta y que entran en movimiento y pueden cantar si se introduce una moneda por la ranura, como si fueran los veinte centavos del tango de González Tuñón.

Mucho más allá de la posibilidad del reciclado, La Musaranga trabaja bajo el objetivo de siempre: jugar con lo que se tiene, sobre todo en los barrios carenciados. “El pibe de ahora, si no tiene una notebook, una tablet, pareciera que no se puede divertir. Y yo, que no soy tan viejo, me acuerdo de que jugaba con cosas, con palos de escoba, con maderitas, con brochecitos. La idea es recrear eso”, sostiene Raúl Santillán, de 46 años, técnico radiólogo, ventrílocuo, actor y miembro de la compañía.

Donde los llamen, instalan una carpa de siete metros por catorce en donde realizan su función circense de marionetas, además de armar también una kermés y colocar los autómatas. “La carpa funciona a la gorra, más la venta de juguetes y libros. A veces los municipios nos contratan, a veces las escuelas”, explica Pedro Hasperué, uno de los fundadores de la compañía, y detalla: “Las escuelas nos preguntan cuánto cobramos, y la verdad es que no tenemos un monto fijo, lo que la realidad de cada escuela pueda”.


Del hacer al coleccionismo

Y en qué radica entonces el valor de un juguete, ¿acaso en el valor de sus materiales? Para Juan Olcese, coleccionista y dueño de El Juguete Ilustrado, una tienda de antigüedades en San Telmo con el ojo puesto en lo infantil, el verdadero valor pasa por si sirve para jugar, por lo divertido que pueda llegar a ser. Rasgo que no siempre es el buscado: “En el caso del juguete, hay mucha ideología. La sociedad adulta quiere que sirva para algo, para que el chico aprenda, por ejemplo, idiomas o computación –opina–. Cuando en realidad, el objetivo del juguete debería ser un poco lo opuesto, que sirva para que el chico juegue, y a partir de jugar se haga preguntas, se interrogue, compare, vaya afirmando una personalidad más crítica”.

Olcese, de 51 años y padre de cuatro hijos, relaciona su gusto por los juguetes con su paternidad, que le despertó la idea de infancia y de volver a jugar. Su tienda está compuesta por caballitos de madera, autitos de bomberos, trenes, muñecas y peluches, Barbies, circos de madera o de chapa, entre otros cientos de juguetes que en su mayoría están entre la década de los 40 y de los 70. Entre los propios de la argentinidad, destaca a la muñeca Marilú y a los autitos Duravit y Buby. También editó el Diccionario de juguetes argentinos, de Daniela Pelegrinelli, bajo su propio sello editor.

Desde ya, el valor de un juguete para el anticuariado clásico se basa en otros elementos, como la antigüedad, el material, la marca, la calidad de la manufactura y sobre todo la rareza, pero Olcese ve que, en la actualidad, el mundo del coleccionismo comienza a parecerse al mundo del arte moderno: “Hoy por hoy, hay piezas de materiales no muy nobles, como una caramelera de plástico de García Ferré, que adquieren un valor altísimo, muy por encima de un juguete a cuerda alemán de fines de siglo XIX, porque se transformó en un icono de época –agrega”.

Por fuera del coleccionismo, los adultos compran juguetes antiguos por motivos diversos. Algunos, como piezas de decoración, para colocar en la repisa o en la biblioteca. Otros, como un refugio de valor, como si fueran inmuebles, para resguardar el dinero de las crisis económicas. Pero hay mucha gente que los junta para recuperar algo relacionado con su infancia. Ya sea porque en su momento lo tuvo, o lo quiso tener y papá no lo compró, o porque lo tenía un amigo. O porque en una ráfaga de orden, mamá lo tiró a la basura. Incluso, algunos los compran para transmitir su propia infancia a los hijos, una en la que se jugaba en los pasillos, en la calle, al aire libre. El juguete antiguo es, ante todo, una oda a la nostalgia.


La época del juego o el juego de la época

Jorge Vázquez, de 80 años, organiza ciclos de cine en La Musaranga. De sus años como empleado telefónico rescata la importancia de la técnica y la aplica en el hacer con los chicos. “Pueden ver cómo con sus propias manos se va transformando eso que tienen y lo vuelven un juguete. Cuando agarran algo, empiezan a desarmarlo, todavía lo pueden tocar. Antes, para enseñar cualquier técnica, se empezaba desde el principio. Ahora ya les viene todo resuelto”, se lamenta.

Sin embargo, Olcese desconfía de las ideas conservadoras que despierta esa nostalgia: “Trato de no caer en el discurso de que la gente ya no juega como jugábamos antes, como una reivindicación de algo que antes había y hoy ya se perdió y que casi sería culpa de los chicos”, dice el coleccionista.

Es que, con la proliferación de las pantallas, los chicos juegan cada vez menos con los juguetes tradicionales y se encierran o en el celular o en la consola de videojuegos. Olcese lo compara con la irrupción de los juguetes a pila frente a los de cuerda en la década de los 60, y considera una batalla perdida la lucha contra el videojuego: “El juguete es un objeto con un alto componente de diseño y un alto componente de tecnología. Ciertamente, va a haber juegos electrónicos cada vez a más temprana edad. Es obvio y es inevitable, y cualquier lucha que esté puesta en contra de eso sería perdida de antemano –considera–. Todos los chicos están obsesionados con la tecnología, pero también es cierto que los padres no pueden cenar sin tener su teléfono abierto y mandando mensajes durante todo el tiempo. Entonces es contradictoria esta idea de que el niño mantenga esa pureza y esa inocencia que los adultos perdimos”, reflexiona.

El juego no deja de ser el modo en el que el niño o la niña se dice a sí mismo. Es el lugar desde donde se imagina sin saber que lo hace, sin la presión que los adultos sentimos cuando aún nos preguntamos qué queremos ser. Quizás por eso, siempre que hay función, en la entrada de la carpa de La Musaranga hay una máquina de escribir de las viejas. Allí la gente de la compañía espera a que los chicos les cuenten sus historias para dejarlas plasmadas en su revista Títer. Los chicos, a cambio, se quedan con el número anterior.

Como la mancha, la palabra también es juego.

 

 

 

 

 

 

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