La belleza de la desmesura

Reportaje a Nicolás Arispe por Valeria Sorín

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Escena del relato de Alberto Laiseca.

Para sorpresa de sus autores, el libro doble La madre y la muerte y La partida ha tenido un debut muy aplaudido. Desde la crítica y desde las ventas, este ambicioso proyecto viene dando que hablar. Decidimos entrevistar entonces a su ilustrador, Nicolás Arispe.

 

-Este es un proyecto que nace por su impulso.
-En un punto sí. Hace cinco años le escuché contar La madre y la muerte a Alberto Laiseca y la atracción fue inmediata. Me dije “yo con esto tengo que hacer un libro”. Cuando lo ilustré y le llevé la propuesta a él, le gustó. Se lo ofrecimos a Fondo de Cultura Económica y ellos propusieron sumarle la otra historia para que fuera un libro de doble entrada. El mismo tema, pero contado desde otra mirada. Al principio lo dudé, pero cuando leí el otro cuento, dije que sí.

-Los libros dobles son una apuesta con cierto riesgo, pero en este caso ambos cuentos están muy ajustados.
-El tema era fuerte y no sabía si iba a poder encararlo dos veces. Fue una inversión personal muy potente la primera vez, tuve que meterme muy adentro del libro. La verdad es que cuando lo leí vi que el segundo cuento convivía perfecto. En el cuento de Laiseca la madre hace todo por volver a la vida a su hijo y en el de Alberto Achimal la madre hace todo por matarlo.

Improntas emparentadas

-¿Y cómo decidió trabajar en ambos casos?
-Para evitar repetir recursos me parecía que estaba bien confrontar estas cosas. En el de Laiseca, el uso de la madre con cabeza de zorra, nos lleva un poco a las fábulas y tiene una impronta europea. El de Achimal comienza con un terremoto y claramente te sitúa en México, por eso las calaveras del grabador José Guadalupe Posadas estaban venían muy bien. Por otra parte, tiene un tono sarcástico: los personajes se debaten todo el tiempo sobre la muerte y son calaveras, están todos muertos.

-¿Hasta dónde se puede hablar de la muerte?
-En nuestro país, Argentina, la muerte es un tema tabú; no así en México. Cuando comencé a trabajar en esta obra, tenía muy presente un ensayo que leí, Morir en Occidente de Philippe Ariès, donde el autor va haciendo un relato histórico del tratamiento que se le da a la muerte, desde una concepción natural hasta negarla por completo y poner en relevancia otras cosas, como la pornografía, que estaban tapadas y afloran. Hay una hipocresía acerca de estos temas: por un lado, parece que no hay que hablarlos con los chicos; pero por el otro, son bombardeados por matrices de consumo ultra erotizantes. ¡Pero cómo vas a hablar de la muerte!

Cuestión de género

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Escena del relato de Alberto Achimal.

Hace tiempo, para ilustrar su perfil en la revista imaginaria.com, Arispe decidió usar un retrato en el que está leyendo Los Sorias, la magnánima obra de Alberto Laiseca. “Yo soy fanático de él, me parece un escritor extraordinario. Las imágenes que él me dispara son todas desmesuradas. Una cosa barroca pero apocalíptica, de un realismo delirante. La estética de Laiseca se basa en el pastiche: en un mismo libro puede escribir como Heródoto y a la página siguiente con el registro de un panfleto de pescadería”. La llegada de Arispe a este libro no es casual, algo de sueño cumplido encierra.

-¿Cómo se relaciona desde la imagen con estos textos?
-La prosa de La madre y la muerte trabaja sobre lo despojado. Pero yo quería relacionarlo con lo propio de Laiseca, con el exceso de simbología. Que lo puedas leer una vez y otra vez, y lo puedas recorrer desde diferentes lugares. Armé cuatro o cinco caminos distintos en función de los símbolos, de los personajes, de los mensajes.
En el caso del cuento de Achimal, la clave es la inversa: un solo elemento que guía todo. Empieza con un terremoto. Además de la obra del grabador mexicano, me basé en un corto de Eisenstein. Él realiza a principio de siglo XX, poco después de la Revolución mexicana, acerca de la cultura mexicana: ¡Qué viva México!, donde un fragmento trata sobre el Día de los Muertos. Estas dos fuentes son como el núcleo duro de la estética del cuento de Achimal.
En este libro no me prohibí mucho. Noté que podía haber un exceso de tipologías, entonces ahí sentí libertad total. Por supuesto, después tenés que darle cierto orden para que no pase al cocoliche. Yo armé un archivo de cosas que me interesaban en relación al tema: desde elementos de la alquimia hasta obras de la historia del arte que me interesaban: la pose final de la muerte mirando por la ventana está tomada de Sin pan y sin trabajo, de Ernesto de la Cárcova; el friso que aparece en las piedras cuando la muerte se mete en la montaña está tomado la obra Las grutas de Buontalenti.

-En el caso de algunos ilustradores, uno tiene la sensación de que nos proponen lugares de la cultura donde abrevar.
-Por ahí tiene que ver con compartir cosas que me deslumbraron a mí. Uno arma una estructura de pensamiento en función de otras estructuras de pensamiento, nadie arma nada de cero. Puedo llegar a cierta imagen, a cierta reflexión, porque me estoy apoyando en otro montón de cosas que me llevaron ahí. Cada vez más busco poner lo que estoy diciendo con cierta tradición con la que creo que dialoga.

La observación del lector

-Da la sensación de que, cuando encara un trabajo para un público infantil, no se autolimita, no piensa en un lector incompleto, ni en uno que haya que proteger específicamente.
-De lo único que podés proteger a un lector es de darle una cosa mediocre. No creo en proteger al lector. Ponerse a pensar para quién lo vas a hacer es como medio absurdo. Yo no tengo manera de pensar en para quién. En los primeros libros que hice, sí buscaba un lenguaje que fuera más rítmico, más musical, propio del juego. Ahí había una cierta orientación. Pero cada vez me fui alejando más de eso. Y, desde la perspectiva de mi trabajo, me dio mejores resultados porque me dio más libertad y más solidez para trabajar. En el caso de La madre y la muerte, yo sí quería que el libro pudiera ser leído por chicos, que los incluyera. Ahora, en la medida en que le iba incorporando cosas, la noción de para quién se me fue borrando. Achimal dijo una en un reportaje: “Es un libro para lectores”.

-Es un libro de una gran belleza.
-Hay algo de la belleza que tiene que ver con el oficio, con el trabajo, con cierta armonía. En lo figurativo, la belleza es hospitalaria con el lector, tiene algo que te aloja, que te invita a entrar. Por supuesto, puede ser engañosa.
Lo mismo pasa con lo barroco, al que en su momento se lo acusó de sobrecargado, frente a lo conciso de lo minimalista. Yo estoy a favor de lo barroco porque me parece más democrático que la idea monolítica, porque ofrece más entradas al público.

 

 

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