Un mundo diminuto

Para mi nieto Dany, quien desea acompañar a su zeide en el viaje a la melancólica Luna, al belicoso Marte, a la bella Venus, y de regreso a nuestro mundito. Regalo estos libros para que tome sus primeros conocimientos. Abraham.

Así está escrito en la portada del libro El cortejo solar, edición de bolsillo, tapa dura, eso sí, de 1945. Este ejemplar junto a otro de El planeta en que vivimos fueron regalados en agosto de 1963, por lo que la edición ya tenía unos años. Investigando logramos saber que el abuelo Abraham había nacido en Rusia, en los territorios de lo que hoy es Ucrania; pero la amenaza de los pogrom lo trajo a América con hermanos, padres y primos, tras semanas de navegación. Uno de los tantos millones de personas que entre 1870 y 1940 midieron cada palmo de ese mundito, cargando poco, dejando algún bastante, esperando algo que podía convertirse en infinito, y que seguro costaría una enormidad.

Revisamos el breve texto y ahí esta ese diminutivo disparatado. Mundito, a sabiendas de que es enorme. Mundito, para quien ha nacido en Oriente y ha criado familia en Occidente, ha salido de la aldea para afincarse en la gran ciudad; para quien fue criado en una lengua, ha reverenciado otra y aprendido a soñar en una tercera.

El diminutivo

  1. Que tiene cualidad de disminuir o reducir a menos algo.
  2. Dicho de un sufijo: Que expresa disminución, atenuación o intensidad de lo denotado por el vocablo al que se une, o que valora afectivamente su significación. Frasquito, problemilla, ahorita.

Gramaticalmente, los diminutivos son un tipo de derivación apreciativa que modifican el significado de una palabra (sustantivo –tacita, piecito–, adjetivo –delgadito, bajito–, o adverbio –enseguidita, cerquita, arribita–), para dar un matiz de tamaño pequeño o de poca importancia, o bien como expresión de cariño o afecto. En determinados contextos, su uso puede entenderse con un sentido despectivo.

El diminutivo es una forma que se ha extendido en las variaciones dialectales de América. Así en Perú el habla corriente está plagado de diminutivos: “Tomamos un cafecito”, “Preséntame a tu amiguito”, “Esperas un ratito”. En algunas regiones de Sudamérica y del Caribe, los sufijos –ito e –ita intercambian por –ico e –ica. E incluso en la ciudad de Bogotá, el habla se llena de colores cuando los sufijos se usan reduplicados, donde se alternan –ito e –ico. Así, por ejemplo, chico adopta las siguientes formas reduplicadas: chiquitico, chiquitíquitico, y hasta chiquitiquitíquitico.

Apreciación

Los autores consultados coinciden en que el valor de la palabra se ve afectado por estos sufijos. Entendemos ‘valor’ como las asociaciones extra nocionales, que, sin alterar el concepto, lo coloran. Podemos diferenciar valores expresivos y valores sociales o socio contextuales. Los primeros ponen de manifiesto las emociones, las voliciones y los juicios del hablante, mientras que los valores socio contextuales evocan el medio, clase social, edad, etc., de quienes usan las palabras. Estas dos clases de valores no se excluyen, sino que, por el contrario, se complementan unos a otros.

Pero si la determinación de la carga peyorativa la aporta el contexto, parece interesante escuchar atentamente cada vez que encontremos en nuestra habla corriente –y aun más en nuestra escritura– un diminutivo. ¿Qué significa alumnito en el contexto escolar? ¿Qué queremos dar a entender cuando invitamos a leer un librito o un cuentito? ¿Acaso esperamos que, además del tamaño pequeño o de la corta edad del destinatario, haya una carga extra? Porque si hablamos de un cuento corto, o de un alumno de los primeros años de la primaria, este dato puede expresarse con otros recursos lingüísticos. La elección de usar un diminutivo tiene una intención marcada de reducción. Y esto se vuelve un valor negativo.

Amores que matan

Dentro del campo de la educación y en referencias a la literatura infantil, los diminutivos suelen hacer nido. Pero ¿qué disminuimos? ¿El valor de qué o de quién afectamos? Al alumnito y al librito los negamos con solo nombrarlos así. Si en el paradigma occidental nombrar es dar existencia, el diminutivo nombra para quitar entidad a esa existencia, enflaquecerla hasta la agonía.

Si prestamos atención, los libritos que tienen cuentitos suelen incluir también dibujitos. Los alumnitos que los leen suelen estar privados de la polisemia, de la ambigüedad, de la incomodidad e incluso del desafío lector. Son cortitos y todos esos cuentitos tienen finales felices, imágenes saturadas y muy planificadas, con referencias claras a lo que se espera sea una infancia ideal, esa que por definición no existe.

Espejo

Siempre que elegimos una palabra, los hablantes de una lengua lo hacemos en conocimiento de una variedad de posibilidades. Es por eso que cada acto de habla desnuda también al hablante, revelando aspectos que no siempre hubiera elegido mostrar: prejuicios, comunidades culturales a las que pertenece, educación alcanzada, clase social a la que pertenece.

El mundito de Abraham muestra el esfuerzo empeñado en la asimilación en su nueva tierra. Ancho, expulsivo, pero a la vez posible de ser perfeccionado para cuando le toque hacerlo suyo a su nieto.

Así como el insulto cuenta de nuestra incapacidad para tolerar y trabajar con el dolor, la frustración o la indignación que algo o alguien nos provoca; el diminutivo también cuenta de nosotros: es, bien entendido, una huella del miedo que nos provoca otro pensante y poderoso, tal vez más que nosotros.

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