Las Escuelitas y la patria de la infancia 

Por Valeria Sorín

Algunos meses antes de los festejos por el bicentenario de la independencia, en Argentina debemos dedicarnos a recordar. Es la forma que tenemos de obligarnos como sociedad a no dejar pasar el hilo de la historia sin reflexión.

 

Ya han pasado cuarenta años desde el 24 de marzo en que tuvo lugar el golpe de Estado que iniciaría la más terrible dictadura de nuestra historia. Y aun seguimos elaborando y duelando pérdidas, dando lugar a renaceres. Aun encontramos niños robados, aun escuchamos testimonios que evitan que caigamos en la locura colectiva, aun seguimos ordenando cada cosa en su lugar.

Atravesando la escuela

La dictadura dejó huellas en los cuerpos, en la psiquis colectiva donde habitó el miedo, en las familias, en la infancia que pudo ser clandestina, interrumpida, censurada. En la ausencia de la alegría por el carnaval prohibido.  En los miles de desaparecidos -hayan o no reaparecido, sobrevivido; se hayan sido callado, tirados al mar o encontrados sus cuerpos-.

La dictadura atravesó la escuela. Le exigió a los docentes que fuesen instrumento de represión y buscaran las marcas subversivas en lo que decían los chicos, en la ausencia de sus papás, en sus anhelos. Censuró libros de lectura, ordenó las canciones patrias, rectificó la matemática para que no tuviera lugar en ella la teoría de conjuntos.

  Otras escuelas atravesadas

El sentido irónico de la dictadura les llevó a designar como Escuelitas a los campos de concentración que se extendían por todo el territorio y donde se torturaba, violaba y asesinaba a los detenidos. Hoy muchas de esas ex escuelitas son lugares de la memoria, desde los cuales el mismo Estado les habla a las generaciones más jóvenes. Funcionan allí centros culturales, donde el arte intenta curar tanta herida abierta.

En este marco, La Escuelita, libro y testimonio de Alicia Partnoy, cumalicia4ple 30 años de su primera edición; esa que tuvo lugar en los Estados Unidos. Y solo pudimos leerlo en castellano cuando en 2006, La Bohemia lo publicó en una Argentina que aun le costaba tener memoria. Mucha agua había pasado bajo el puente, y si en los tribunales de La Plata el fiscal Hugo Cañón llevaba a cabo los Juicios por la Verdad, hay que recordar que las leyes de Punto final y Obediencia debida impedían que quienes eran allí juzgados pudieran ser encarcelados. El trabajo podía parecer en vano, pero el Dr. Cañón sabía que en tanto la verdad apareciera, habría oportunidad para terminar la tarea.

En ese momento, el libro de Partnoy fue incluido en la causa, valorado por el aporte insustituible para la memoria, para entender los destinos de tantos, para dar cuenta de niños nacidos, para dar con el lugar a partir del croquis que contenía.

Y fue así como en 2011, a días de la publicación de su segunda edición, el fiscal Abel Córdoba -discípulo de Cañón- llamó a la editorial. Hablamos en ese momento de la segunda edición con el prólogo de Osvaldo Bayer que estaba entrando a imprenta. Pero el fiscal no podía esperar. Las leyes se habían derogado y por lo tanto se reabrían todas las causas en un trabajo sin igual. Ahora se hablaba de mega causas, donde cada cual contenía cientos de casos, acusaciones, investigaciones. La que volvía a incluir este libro como testimonio era la mega causa de Bahía Blanca.

Escuelitas en la patria de la infancia
Esta segunda edición de La Escuelita salió con el apoyo amoroso de Abuelas de plaza de mayo. Y fue destacado por ALIJA un año más tarde, abriendo una puerta en la LIJ que fue luego recorrida por Abuelas por la identidad, posibilitando que Nadar de pie encontrara editorial, ofreciendo menos metáfora y más palabra despojada a las nuevas escuelas.

Como responsables de la segunda edición sabemos que nada de su contenido está dirigido a un público de una determinada edad. Cada generación se acerca a la memoria colectiva desde su circunstancia. Los adolescentes del siglo XXI lo leen con curiosidad, con emoción, pero sin angustia. Y es en esa lectura que el mensaje profundo de Partnoy se revela: aun más allá de quién sea el represor, es posible encontrar espacios de resistencia, lugar para los vínculos. Nadie puede obligarte a pegarle a un par; es posible oponerse a la Obediencia debida con la Desobediencia por la vida.

En este tiempo, tampoco hay lugar para ser Funes. El personaje de Borges era capaz de recordarlo todo, pero no podía encontrar el hilo común que armaba la trama. Puntos sueltos, de eso se componía su memoria. Una memoria sin trama, no hace historia. Porque la memoria bien entendida no está formada por anécdotas sino por comprenderes. Al fin y al cabo es sabido que “lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado”.

 

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