Escuela, educación y lectura: ¿un solo corazón?

Cultura LIJ en la prensa. Fuimos convocadas por InfoBAE para una nota acerca de la lectura en la Argentina.

Por: Julieta Botto
Durante años existió la idea de que la escuela enseña, entre otras cosas, a leer y escribir. Si bien puede ser cierto, hoy sabemos que esto, en la realidad, no es tan así, o al menos no en todos los casos.
Publicación original: http://www.infobae.com/2016/02/05/1788032-escuela-educacion-y-lectura-un-solo-corazon

En un intento por desentrañar, desmenuzar y llegar al real nudo de esta hipótesis, Infobae consultó a especialistas en la materia para, entre todos y desde su lugar o a partir de su experiencia, dar cuenta de lo que sucede, del vínculo que subyace –o no– entre la literatura y la institución educativa.

Lectura e infancia

Partiendo de la hipótesis de que la lectura cumple un lugar de importancia en la vida de los niños –particularmente ligada a la educación, a una función social–, les preguntamos a los entrevistados acerca de ese vínculo, y las respuestas fueron contundentes y reveladoras, y quedó demostrado, aunque no en estos términos, que es más que fundamental la lectura en la infancia.

Según Carola Martínez, psicóloga, especialista y asesora en cultura y literatura infantil y juvenil, “leer es tan importante como respirar“. Cree que plantear la lectura en función de su importancia, “es partir de un lugar errado, ya que ser lector no tiene importancia“, pues tiene la convicción de que leer es un derecho y que así se lo debe pensar. En línea con esto, redobla la apuesta y plantea la necesidad del compartir, de que al niño se le lea, que escuche historias.

Martínez no es la única que sostiene que la lectura es un hecho social, que es importante, si no necesario, tanto como herramienta para la construcción de observadores críticos de la realidad, como por la sola dicha del compartir. Valeria Sorín, editora y directora de la revista especializada Cultura LIJ, postula que la lectura tiene varios efectos: “colabora en el desarrollo del mundo interior y brinda recursos para interpretar el mundo“. Reconoce que estos resultados se generan en el lector de cualquier edad, “sólo que en el niño permite adquisiciones definitivas“. Y es aquí donde se evidencia la necesidad del compartir: “Más que en la lectura solitaria –esa que se supone que desarrolla lo cognitivo-, yo creo en el poder de la lectura con otros. Dos chicos se leen uno a otro. Lo vincular se ve enriquecido por la complicidad de un espacio común fuera de la realidad. Y el espacio afectivo consolidado“.

Franco Vaccarini, escritor y actual director de Galerna infantil, en sencillas palabras opina que “es difícil de medir la influencia de la lectura en la vida de un chico, pero se puede valorar por la negativa: un chico que no lee, sin acceso a las diversas formas de la cultura (y no solo a los libros) crece sin sueños“. Y asume que es, casi con certeza, imprescindible para el desarrollo de los chicos: “Abre una ventana al infinito: la imaginación, la capacidad de verse a uno mismo más allá de la circunstancia que nos toca vivir. La cultura nos hace ir lejos, sin perder nuestras raíces.

Julieta Pinasco, licenciada en Letras, docente y escritora, cuenta en primera persona el fuerte vínculo entre los niños y la lectura, pero asumiendo que es íntimo y personal, y que no está por encima de otras vivencias: “Yo creo que leer es lo mejor del mundo, pero no creo que leer literatura sea la panacea de nada“. Cree con convicción en que los chicos deben tener encuentros con el arte en general: “Me parece que los chicos tienen que ser acercados a una experiencia artística que les permita expandir su manera de ver el mundo: puede ser la literatura, la pintura, la música o la danza“. El equipo del programa literario radial Tinkuy, por su parte, argumenta, apoyado en la concepción que Michele Petit hace al respecto en Leer el mundo (Fondo de Cultura Económica, 2015), que “leer es una manera de habitar el mundo, de encontrar un lugar, de preservar el espacio propio, de encontrarse y encontrar a otros, de tener una nueva mirada sobre lo que nos rodea“.

Valeria Dotro, licenciada en Comunicación orientada a la educación aplicada a los fenómenos y adquisiciones culturales, expresa: “Tanto leer como que les lean [a los niños] desde chiquitos es fundamental para abrir ventanas a nuevos mundos, descubrir historias, desarrollar la imaginación, y también para tener un vocabulario más amplio. Leer te abre mundos, sin lugar a dudas“.

Literatura, lectura y escuela

A pesar de que los pensamientos de los especialistas consultados fueron, si no similares, al menos complementarios en relación con la literatura y su lugar tanto personal como social dentro de la infancia –y no sólo–, no todos sostienen que la escuela sea el lugar preponderante ni sustancial para que el binomio literatura-lectura exista.

Sorín tiene ciertas reservas acerca de una conclusión tan categórica, y así lo expresa: “Hace varios años que ahondo en las biografías lectoras de artistas, especialistas, bibliotecarios y lectores de todo tipo, y ninguno me nombró la escuela ni una situación escolar como clave en su construcción lectora“. Sin embargo, sí admite que la escuela cumple un lugar destacado a la hora de pensar una política pública de lectura. “En todo caso, lo que marca es toparse dentro o fuera de la escuela con un adulto apasionado que disfruta de leer y convida“, reconoce.

Si bien Pinasco, Martínez y Dotro consideran a las instituciones educativas como primordiales para que se propicie el encuentro, destacan, de manera muy significativa el rol social y de equidad que le es otorgado a la escuela como propiciador del vínculo: “Creo que el rol de la escuela es esencial, sobre todo entre los chicos que no tienen en sus casas un vínculo fuerte con la lectura y con los libros. Más allá del nivel socioeconómico, hay una cuestión del vínculo con las historias, con los libros, con los modelos lectores, que no siempre aparece en las casas, entonces la escuela tiene la obligación de poner a disposición libros, adultos que lean, oportunidades para leer. Sin una bajada de la obligación o la “estimulación”, pero creo que es fundamental que ponga a disposición, que invite, que convide“, considera Dotro.

El papel de la escuela es fundamental: para muchos chicos la escuela es el refugio, el lugar para descansar, el comedor, el lugar donde van a ser niños“, expresa Carola Martínez. Y respecto a si la escuela debe suplir la carencia que los chicos podrían traer de sus hogares en torno a la lectura, es categórica: “[la escuela] no debe, pero lo hace, la obligan las circunstancias, la realidad, la sociedad. Y frente a esa imposición, la escuela responde como puede“.

Julieta Pinasco es firme y refuerza el parecer de Martínez: “En la escuela se lee, se debe leer. Por una simple razón: algunos chicos será la única oportunidad que tengan en la vida de estar cerca de un libro. Y la escuela debe suplir esa carencia, porque en un mundo altamente escrito, debe enseñar las herramientas necesarias para abordar todo tipo de texto, literario o no. Creo que la escuela debería retomar una senda que conduzca a la lectura crítica de la realidad, al trabajo intelectual, al conocimiento profundo del lenguaje como instrumento privilegiado de los seres humanos“.

La escuela cumple un rol fundamental en acercar los libros a los chicos“, reconoce Vaccarini, sin embargo, arriesga la idea de que este convite debe hacerse de modo paulatino y prudente: “En muchos casos todavía falta delimitar algo: una cosa es leer un libro para aprender de gramática, de normativa, de comprensión lectora, y otra es que el lector tome un libro para leer. Para leer y punto. Y que luego pueda conversar sobre ese libro, sobre su interpretación, que se anime a hablar sin temor. Esa confianza, esa familiaridad es importante. Hay que tener mucha sutileza, porque el lector primerizo es tímido, todavía tenemos incorporado en nuestro inconsciente que la cultura es para cierta élite, algo para iniciados. Si además le tomamos un examen, lo enterramos, lo perdemos. En cambio, conversar sobre un libro es maravilloso“.

Finalmente, Tinkuy, más moderadamente, afirma que la escuela cumple un papel de gran importancia, porque se ve enriquecida por la experiencia lectora de los alumnos en cuanto los docentes y bibliotecarios sean promotores y mediadores, “haciendo de puente, habilitando el espacio para la lectura, proponiendo, invitando… Y, además y sobre todo, es el lugar en el que se descubre y se construye el espacio poético y literario cuando en la familia no hubo espacio para ello“.

¿Innato o adquirido?

Finalmente, Infobae arriesgó la polémica creencia de que el gusto por la lectura pudiera ser innato, discutible, no tanto como concepción, sino porque toda producción cultural es adquirida por una construcción social. Martínez y Sorín son taxativas al respecto: “Nada es innato per se. Somos seres sociales. La lectura es un acto social, y en la medida en que un sujeto de importancia para un niño lee, éste irá adquiriendo el hábito“, expone Carola Martínez. Y Sorín afianza este pensar: “La cultura por definición es algo adquirido, desde que diferenció el hombre de las cavernas lo crudo de lo cocido. Ahora bien, más allá de lo biológico, desde que somos humanos y conseguimos el lenguaje, no hubo quien no disfrutara de una buena historia“.

Vaccarini sin ser terminante, reconoce matices: “Creo que nunca es innato. [Aunque] en mi propio caso, casi podría decir que es innato, pero la verdad es que en casa siempre hubo libros, revistas, diarios; una biblioteca común, chiquita, pero respetada y valorada. Había libros sobre la mesa de la cocina, yo veía a mis padres leer. Así que no tengo derecho a decir que fue innato. Se adquiere en el cien por ciento de los casos, de modos sutiles, siempre hay alguien a quien imitamos. A veces pienso que puede haber casos innatos. Recuerdo ahora al poeta Armando Tejada Gómez, que nunca fue a la escuela y aprendió a leer con revistas que encontraba en los tachos de basura. Pero son casos que no entran en las estadísticas.

Mientras que Tinkuy, Pinasco y Dotro dejan la puerta abierta a otros modelos posibles: “Creemos que, como el gusto por las diferentes cosas de la vida, depende del entorno, de lo que nos ofrezcan, de cómo nos lo ofrezcan, de compartir ese gusto con alguien que lo disfruta y nos lo hace disfrutar… Gustar de algo nos lo traen las vivencias, las personas, los espacios, la posibilidad de transitar esa experiencia con otros y con uno mismo“, arriesga Tinkuy. Valeria Dotro se ubica en el lugar gris de la duda y la pone sobre la mesa: “Pasa que en una familia con padres lectores hay chicos que se enganchan y otros que no. O al revés. Quiero decir, frente a un mismo estímulo o modelo no todos tienen el mismo vínculo. De todas maneras, me parece que siempre es mejor que un chico se tope con modelos lectores, con libros, con adultos que disfrutan de la lectura. Sin que esto garantice que ese chico sea después un gran lector”.

Julieta Pinasco asume no poder asegurar uno u otro caso de manera terminante: “Si pudiera contestar esta pregunta podría descansar al sol en una reposera. Si fuera innato, sólo resta abanicarse. Si fuera adquirido, todos los chicos serían lectores. Para mí, las razones por las que un ser humano se hace lector siguen siendo misteriosas. En mi caso, yo soy una lectora compulsiva grave; mi hermano, criado con los mismos padres lectores y la misma biblioteca a disposición, no lee nada. Hay seres humanos a los que la literatura [les] viene a colmar un vacío por causas desconocidas para mí. No me propongo formar niños lectores. Quiero que los chicos de mi escuela disfruten de lo que les ofrecemos y tengan herramientas que les permitan elegir lo que deseen para sus vidas: leer, cantar, bailar, que elijan lo que los haga sentir plenos y alegres. Por supuesto que si son libros de literatura, mucho mejor“.

Para charlar de todos estos temas, Random House organiza, como desde hace diez años, el Encuentro Anual Libros y maestros, en los que durante una jornada se comparten experiencias, así como también se discuten estrategias para aplicar articulando escuela y lectura.

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