La palabra como posibilidad

Por Daniela Azulay

Reflexionar sobre la palabra: como placer, como construcción, como búsqueda, como posibilidad. Aun antes de la palabra dicha. La invitación es elucubrar acerca de las palabras.

”Y también tuve miedo.
Miedo de las palabras que no cantan…”
Roberto Juarroz

En La palabra amenazada, Ivonne Bordelois propone desde el inicio:

“Al que se arriesga a leer
En estas páginas he tratado de bosquejar una estrategia para el rescate de la palabra en el mundo contemporá­neo. En primer lugar, denuncio las razones por las cua­les el presente sistema intenta aniquilar la conciencia lingüística en un tiempo diseñado para la esclavitud la­boral, informática y consumista. La segunda línea, eje de celebración, propone el redescubrimiento de la ener­gía de la palabra, clave de conocimiento, placer y con­ciencia crítica. La etimología, el diálogo de las lenguas, la observación de lo viviente en el habla coloquial y en el lenguaje del humor y de la infancia son elementos cruciales en este redescubrimiento. Y sobre todo, nues­tro reencuentro con la poesía, tanto la de los poetas como la de los involuntarios y anónimos creadores del lenguaje; la fuente que sigue y siempre seguirá manan­do “aunque es de noche”.”

Me detengo en este fragmento con la idea de reflexionar sobre las palabras. Podemos discutir si la palabra necesita o no ser rescatada, a veces creo que no, que la palabra es como un Ave Fénix, muere y se rescata ad infinitum. Sin embargo, propongo detenernos primero a pensar en lo que significa rescatar.
De las acepciones que nos revela el diccionario: salvar, sacar de un peligro.
¿Dónde está ese peligro? Ese peligro a veces somos los adultos obstaculizando el encuentro de los niños y las niñas con las palabras. Y después, después detengámonos en el reencuentro con la poesía.

Subir la ladera y también bajarla

Dice Ivonne Bordelois: “Nada más injusto que el nombre del infante, que significa que el niño no puede o no sabe hablar -como el soldado de infantería, llamado así porque carece del derecho de réplica. Todos sabemos que en innúmeros casos es la frescura de una primera aproximación al lenguaje la que hace de los niños maestros del habla. El chico cuestiona la lengua, irrumpe con la lógica de cabo contra el anómalo quepo y adjetiva y redefine sorprendentemente los términos del común vivir.”

Bordelois recuerda “Una doli tuá – de la limentá – oso fete co¬lorete – una doli tuá”.

Yo me acuerdo, y seguro que ustedes también, de la gata ética pelética:

“Yo tenía una gata / ética pelética pelimplimplética, /pelada, peluda, pelimplimpluda, 
que tenía gatitos / éticos, peléticos, pelimplimpléticos,/ pelados, peludos, pelimplimpludos.
¡Si mi gata no hubiera sido/ ética pelética pelimplimplética,/ pelada, peluda, pelimplimpluda, 
sus gatitos no habrían sido / éticos, peléticos, pelimplimpléticos, / pelados, peludos, pelimplimpludos!”

Y con estos ritmos, con estas palabras como juego, pensar la niñez como ese espacio –tiempo y escucha– para que se dé la relación con el lenguaje.
Invitar a escuchar, a cantar y a contar.

Una jitanjáfora cargada de…

Todos llevamos, a sabiendas o no, una Jitanjáfora escondida como alondra en el pecho”, decía Alfonso Reyes.

En esta Jitanjáfora, todos vamos cargando palabras, ritmos, historias, todo va teniendo un nombre, una palabra que lo significa.

Nombrar, designar: las palabras definen y el secreto tal vez esté en habilitar la exploración. Un chico aprende una palabra, rara o común para su cotidianeidad, se la apropia, la repite hasta el cansancio. La usa para nombrar todo lo que ve. La dice y la vuelve a decir, la abandona, vuelve a ella. La usa solo para una cosa: la canta. Y va buscando y encontrando y perdiendo sentidos. Las palabras entonces, cantadas, dichas, leídas, escritas, escuchadas, todas las palabras van acompañando ese recorrido vital que transitamos las personas.

Y nos podemos encontrar con otros gatos:

“yo tengo un gato que se llama Garabato,
que le gusta dormir en un zapato,
y una gata que se llama Catalina,
que le gusta dormir en la cocina
(…)Con tantos gatos adentro de mi casa,
me tuve que ir a dormir a la terraza.
Ni siquiera me queda el balcón,
porque allí es donde duerme Dormilón…”

Esos ritmos, esas primeras canciones, poemas, coplas, acompañan y van llenando la petaquita y la Jitanjáfora. Y nuestro camino se va colmando así, de poesía y palabras que se necesitan ser dichas y volver a ser dichas, una y otra vez.

“Leer, en la primera infancia, es una experiencia de vida. Lo que el bebé lee no es el sentido literal de las palabras sino sus ritmos y sus poderes mágicos para esperarlo, acunarlo, escribir en su cuerpo, cantar, contar y jugar con él. Desde las primeras nanas hasta aquellos “libros sin páginas” que los padres rescatan de sus recuerdos, el bebé recibe una herencia de palabras que marca su ingreso al mundo del lenguaje.” Así comienza Yolanda Reyes El libro que canta. Y entonces, nos seguimos acordando. Tiramos del hilo para que salgan las palabras amontonadas: “Tortita de manteca para mamá que da la teta, tortita de cebada, para papá que no da nada…”, y este dedito compró un huevito. Con estos y otros poemas y cuentos en el cuerpo, vamos contando.

Los chicos preguntan, saben rápidamente que todo tiene nombre. ¿El inodoro como se llama? preguntó Mauro a la mamá de un compañero del jardín. Inodoro, le respondió ella. No, el nombre, el que tiene escrito, repitió él señalando la marca escrita en el artefacto, distinta a la que conocía: este empieza con “F”.

O la fascinación de Carmen Tello al pronunciar la palabra visillo por primera vez… repitiéndola mientras miraba la puerta esperando a su mamá. O Daniela Resnik que antes de decir casi ninguna palabra repetía gato llena de felicidad, entre caminatas y cantos. Y así, tantas historias… como la de la protagonista de El contador de cuentos, de Saki, con la repetición incansable del primer verso del poema de Kipling  “por el camino de Mandalay”.

Brazos que acunan

Las palabras arrullan, acunan, nombran, marcan ritmos, épocas, nos ponen a jugar, nos permiten nombrar el mundo, nos abren la puerta para ir a jugar, nos arman ellas mismas juegos como el Pisa Pisuela color de ciruela, nos llegan con el sonido antes que nadie nos toque, en la mismísima panza.

Esas palabras, que como dice Michelle Petit, son a que nos van a permitir luego nombrar el mundo, tener más posibilidades y más material, más palabras para decir lo que nos pasa. “El lenguaje no es reductible a un instrumento, tiene que ver con la construcción de nosotros como sujetos parlantes. Cuanto más capaz sea uno para nombrar lo que vive, más apto para vivirlo y para transformarlo.”

Entonces, como mediadores, como atravesadores entre libros, propongamos ese encuentro, rescatemos a los chicos, y a todas las personas de las barreras que a veces levantamos entre ellos y las palabras. Propongamos el encuentro con la poesía y la música. Desde los ritmos del inicio, en la panza hasta las últimas palabras, habitemos e invitemos a habitar la posibilidad del lenguaje.

  One thought on “La palabra como posibilidad

  1. MARTHA GRANADOS
    diciembre 13, 2015 en 1:33 am

    La palabra sin duda alguna, alienta y reprime, qué bello rescatar el valor de la palabra como en aquellos tiempos que tenía tanto valor que no se requerían documentos escritos para pactar los negocios, sólo bastaba el compromiso hablado y cerrado con un apretón de manos…

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