Poder hacer

Autoras: Laura Demidovich y Valeria Sorín

“Menos mal que Harold Bloom no hace el plan de lectura”, concluye Luis Pescetti en su canción Yo leí a Harry Potter y me gustó. Por lo general la crítica literaria valora en forma diferente una obra que el mediador. Este, desde la trinchera, busca iniciar y dar continuidad a vínculos al menos lábiles con la lectura. Y si, cual anzuelo bien surtido, un título engancha al poco lector, podemos tirar de esa cuerda y sostener la caña firme.

La crítica literaria, como también recuerda Pescetti debe servir para enseñarnos a ver y valorar aspectos que se nos hubieran pasado de vista en una lectura no iniciada. De la mano de un crítico literario, producto de las academias de Letras, es bellísimo bajar hasta infierno del Dante y conversar con Virgilio. De la mano del crítico vemos un mundo que hubiera perdido profundidad, chato a los ojos no entrenados para esos descensos.

Por eso agradecemos que los críticos literarios existan.

Ignorancia letrada

Pero Harold Bloom alguna vez dijo que Harry Potter no es literatura. Y Pescetti creyó oportuno contestarle con su guitarra.

No se trata de discutir el valor literario de la obra de Rowling, sino de aplicar otra perspectiva a este asunto que parece no tener fin. Porque si Bloom puede cambiar nuestra apreciación de Shakespeare, tal vez los mismos lentes no sirvan para leer la clave de lo que Harry Potter, u otro texto, ofrece.

Los ámbitos en los que trabajamos unos y otros son diferentes. Y si son necesarios los críticos, son necesarios los bibliotecarios, son necesarios los preguntones (periodistas), son necesarios los Hamlet y los Dumbledore, las Ofelia y las Natacha.

Podemos coincidir fácilmente en la proclamación de una literatura de calidad. Y no habrá quiebre alguno. Buscamos y valoramos las apuestas innovadoras, los riesgos que autores, editores y mediadores se animan a correr en la formación de lectores críticos, no solo de los textos sino de su realidad misma.

Las bibliotecas de origen obrero que se reprodujeron durante el siglo XIX y principios del XX por toda Europa y América, buscaban despertar la conciencia de clase del trabajador alienado. Desde esta perspectiva, era lógico seguir un plan de lecturas estricto. Pero descubrieron pronto, y así consta en los registros que han quedado de sus bibliotecas, que además del Contrato Social de Rousseau o El Capital de Carl Marx, debían incorporar novelas, recetarios, libros informativos y demás atracciones. Porque lo que no se puede permitir un mediador es desoír al lector. Y mucho menos al poco lector.

Gente pequeña haciendo cosas de gigantes

Sostenía Galeano que “gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas pueden cambiar el mundo”. ¿Acaso no nos proponemos eso todos los días?

Cada cual aporta su saber y su acción en un mundo complejo. De la mano del mediador de lectura es hermoso recorrer la escalera en caracol que nos lleva a explorar otras dimensiones de los textos. Para que nos enseñen a ver y valorar aspectos que se nos hubieran pasado de vista en una lectura no iniciada. De la mano del mediador también vemos un mundo que hubiera perdido profundidad, chato a los ojos no entrenados para esas profundidades.

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