Reposición cultural

Sección: Editorial
Aparición: Marzo 2015
Autoras: Laura Demidovich y Valeria Sorín

editorial¿Cuánto dura una generación? 

Antes era habitual hablar de una generación cada veinte años, estableciendo un paralelo entre el ciclo vital de las personas, por medio del cual un niño deviene padre. Así cada generación es asociada con valores, comportamientos y una cantidad de lineamientos culturales que los caracterizan.

¿Hasta dónde un recién llegado debe reponer la cultura que le precede? 

La cantidad de libros que había que leer hace dos siglos para reponer la cultura entera era limitada. Por supuesto, según el grado de profundidad que se quisiera dar, así como la cantidad de lenguas en las que fuese posible leer, la cuenta final cambiaba. Pero era aprehensible.

La aceleración del mundo dio como resultado la especialización de las áreas del conocimiento. En este sentido, también el espacio de las infancias se fue delimitando dentro de la producción y circulación de los bienes culturales. Hace solo cincuenta años era posible que un niño accediera a todas las producciones infantiles históricas con una centena de títulos, películas y juegos.

En consecuencia, la brecha entre las generaciones era saltable, si cabía esa intención. Cerca de los ocho años, cualquier niño podía dialogar con cualquier adulto y comprender sus referencias culturales, al menos las relacionadas con las infancias.

¿La cultura de la infancia determina la lengua de la infancia?

La aceleración de nuestra forma de vida ha tenido mucho que ver con el paso del consumo (aquella actividad necesaria para sostener la vida), con el consumismo (resultado de la profusión de bienes como método de crecimiento económico). En consecuencia, se ha reformulado la duración de las generaciones de niños cada siete años.

Al menos esto es así al menos para los productores internacionales de productos culturales para las infancias. Y como profecía autocumplida, lo es así para todos. Las referencias entonces para que unos niños incluso puedan dialogar con otros se truncan. Es posible que el hermano mayor y el más chiquito no compartan al crecer las mismas figuras sobre las que sentir nostalgia. Al menos no todas ellas. Esta situación es novedosa.

Deberemos entonces hablar en plural: las culturas de estas infancias. Que no son idénticas, que se superponen incluso en un mismo sujeto, que generan constelaciones de significados divergentes.

Para quienes tenemos la responsabilidad de entrar en diálogo con los chicos, estar actualizado resulta un desafío. Sobre todo si no queremos encerrarnos en los productos enlatados, y pretendemos usar las referencias comunes para acercarlos a otras estéticas, a propuestas más desafiantes.

A no desesperar, ser conscientes de la dificultad es el primer paso para superarla. El segundo, Cultura LIJ.

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