A la diversidad cultural, ¡respeto!

editorial CL D baja

 

Por Laura Demidovich
y Valeria Sorín

 

 

Octubre ha sido siempre un tiempo de negociación ideológica.

Ya quedó atrás la designación de Día de la Raza, que llevaba a pensar a los países Latinoamericanos desde una identidad adeudada de España. Y sin embargo… aun buscamos en el diccionario digital de la Real Academia Española los términos para determinar si una palabra de uso corriente en nuestros países está bien usada. Aun quedan quienes sostienen, como en nuestra infancia, que el voseo está mal empleado, que lo puro es el tuteo.

Habrá que reconocer que la lengua oficial en casi todo el territorio que se extiende desde México hasta la Antártida es el castellano, lengua importada por los europeos que en el siglo XV llegaron a las costas americanas. Y quienes portaban esa lengua, voseaban. Como registro familiar, usaban una derivación del vosotros, el vos, nuestro vos, que en la zona del Río de la Plata quedó anclada.

Octubre, puede ser un tiempo de reordenamiento.

Todavía hay quienes designan el evento que da origen a tanta disputa como Descubrimiento de América, desde una mirada eurocentrista que niega una historia posible de contar desde otras geografías (Oceanía, Asia, América misma), ni que decir desde otras culturas.

“Che, che, che…”, un niño interrumpe.

“Che, che, che…”, y cita sin saberlo miles de años de lenguas, culturas, gentes, amores, odios, dominio, libertad, conflicto.

Porque no hay descubrimiento, ni hay raza, como no hay homogeneidad, como no hay una armónica Arcadia, ni en Europa, ni en América. Baste recordar que el pueblo quechua dominó por ochocientos años al pueblo aimara. Que otro tanto ocurrió en Centro América y el Caribe, porque la lucha por el poder también ha sido característica de todas las gentes alrededor del globo.

“Che, vos, sí, vos…”, llama el niño al alumno nuevo.

Octubre puede abrir la posibilidad de hablar de integración, pero sin limar las diferencias. Lo que plantea un escenario mucho más difícil. Pero suficiente reto para ustedes, querido lectores, que andan yendo a buscar uno a uno a cada niño, a cada adulto, a cada vecino.

No es la primera vez que enfrentamos escenarios de diversidad. Al principio del siglo XX, América toda, aunque con cierta insistencia Argentina, vio llegar a sus ciudades nuevos habitantes, con otras lenguas, con otras comidas, con otros años nuevos. Entre la migración interna producida por una incipiente industrialización y la emigración/expulsión generada por las guerras, la segregación y los genocidios; la solución a la multiplicidad que se propuso radicó en homogeneizar valores patrios, una lengua, un origen. Y eso se cristalizó en la escuela de mil y una formas: ritos, saludos, cantos, burlas.

“Che, vos, sí, vos… ¿queras jugar? Nos falta uno.”

Por eso levantamos el respeto por la diversidad ante todo. Porque como dice el niño aquí citado, tal vez no sabíamos, hasta que apareció el otro, cuánta falta nos hacía su presencia para armar el equipo y salir a jugar.

 

 

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