El traje nuevo del Emperador

Genesis w (1)Por Luciano Saracino

En pleno auge de la novela gráfica, nos sumergimos en el proceso de adaptación a este formato.

(publicada originalmente en  Cultura LIJ #27 edición papel julio/agosto 2014)

Adaptar significa, de alguna manera, colocar un traje nuevo a un cuerpo conocido.

Vano sería hacer un catálogo de adaptaciones en las líneas siguientes porque, siempre, intentar la completitud falla. Me quedaría corto. Es por eso que la siguiente nota no hablará sobre las obras que han sido adaptadas, sino, más bien, sobre los modos posibles para hacerlo.

A la hora de llevar obras clásicas al aula, muchas veces el método más seductor ha sido la historieta. El porqué de aquello puede derivar de que la historieta es más cercana a la literatura que, por ejemplo, el cine.

Cuando era chico había una colección de revistas españolas que se llamaban Clásicos Literarios Juveniles. En dicha colección estaban todos los títulos que un joven debía leer –supongamos– a sus nueve, diez años: Dick Turpin; Moby-Dick; Los Tres Mosqueteros; Heidi; Ivanhoe; De los Apeninos a los Andes; 20.000 Leguas de Viaje Submarino… Yo tenía, fácil, medio centenar de aquellas revistas. Y, si bien “de grande” he leído las versiones originales de algunas de esas obras, en más de una oportunidad me encontré bien parado discutiendo el argumento de algún clásico… del que solo había leído su adaptación a historieta.

La adaptación, entonces, puede ser una puerta si el camino que queremos recorrer es hacia adentro. También, puede ser un nuevo modo de conocer una obra que ya leímos y que queremos ver cómo queda contada de vuelta.

Porque adaptar es, claro, volver a contar.

 

El Adaptador “Fiel”

 Una verdadera adaptación fiel requeriría aproximadamente la misma cantidad de páginas –o más– que la obra original, a la que solo se le añadirían dibujos en viñetas.

Otro modo de ser fieles es recortar lo que se estima recortable, pero manteniendo el mismo texto del original en las partes que decidimos contar.

Es este modo fiel, posiblemente, el menos interesante a la hora de encarar una adaptación. Aquí no descubrimos nada nuevo, excepto los dibujos (que, como en el caso del Génesis de Robert Crumb, pueden ser absolutamente geniales). El trabajo del guionista se limita a recortar el texto original y mantener la voz y el tono del autor que se está adaptando.

Se olvida, de este modo, que se está recurriendo a un medio diferente (la historieta) y que ese medio, como tal, tiene reglas propias y vivas.

Cuadros de texto demasiado cargados pueden ir a favor de la fidelidad de la adaptación… pero en contra de la narrativa historietística, que es mucho más dinámica por naturaleza.

 

 El Adaptador “por corte”

 En varias oportunidades, las editoriales convocan a un guionista para que adapte una obra extensa y le ofrecen un espacio reducido para poder hacerlo. Sin ir más lejos, el que estas palabras escribe tuvo, cierta vez, el reto de adaptar Los Miserables… en 66 páginas.

La misión, desde el vamos, es imposible. Lo que haremos, llegado este caso, es buscar en la obra original tres o cuatro núcleos argumentales de los que aferrarnos y contar, con esos recortes, otra historia. Mobby Dick será así una persecución en lugar de una batalla alrededor el alma humana. El Hombre que fue jueves será una de intrigas en lugar de un tratado filosófico. Y así.

El resultado, aquí, llegará a buen puerto si el pulso que lleva el timón sabe adónde ir y qué rumbo se debe tomar para llegar indemnes. Caso contrario, el naufragio está asegurado.

El recorte, al ser subjetivo, puede darnos una obra divertida y que nos sirva para tener una idea general de lo que se cuenta en la obra original… o puede ser un fracaso total que no se acerque a lo que se quiere contar ni sirva como obra historietística independiente.

 

 El Adaptador Genio

 Se entiende por “adaptador genio” a aquel que, adaptando una obra, logra construir una obra nueva tan o más potente que la obra original.

Se requiere para esto, claro, ser un genio.

Tenemos cerquita dos ejemplos magistrales de dos historietistas geniales Carlos Trillo y Alberto Breccia adaptando El Corazón Delator (de E. A. Poe) y La Gallina Degollada (de H. Quiroga). Ambas adaptaciones son consideradas (por su narrativa, por su plasticidad, por su nuevo modo de encarar una historia clásica) obras maestras de la historieta.

Casualmente, el español Corominas adaptó el mismo relato de Quiroga con similares resultados: su historieta es una historia en sí misma y puede leerse no como una adaptación, sino como una obra nueva que tiene al relato original como punto de partida.

 

 El Versionador

 Aquí entran las obras que, en lugar de limitarse a cambiar de ropa un relato, lo revisan. Quien cuenta, ahora, no es el autor original, sino la nueva pluma que lo está contando ahora. El tono de voz es de quien escribe la historieta, y no del escritor original de la obra a versionarse.

Generalmente, este tipo de adaptaciones son escritas por guionistas de carrera que ya tienen un tono de voz propio y no quieren limitarse a recortar un texto de otro, sino volver a contarlo otra vez.

Existe, llegados a este punto, un hermoso libro llamado Novelas ejemplares (Mojito Colectivo Editorial) en el que un variopinto grupo de autores volvió a contar a Miguel de Cervantes. Los resultados de esas nuevas versiones son, en muchos casos, interesantísimos.

 

Para qué contar una historia que ya fue contada antes

Los motivos son diversos. Hay veces que los relatos “quedaron viejos”. Contar de nuevo en un lenguaje accesible no es –de por sí– una herejía. Es –bien contado– un modo de contar una buena historia a un público nuevo.

En otros casos, la búsqueda es meramente artística y el adaptador no responde a otro llamado que no sea el de las ganas de encarar una historia que lo motiva por el motivo que sea.

Necio sería obviar, llegados a este punto, el motivo comercial de las adaptaciones. Saben las editoriales que adaptar a historieta obras de “difícil” lectura es una excelente puerta de entrada a las aulas. Y muchas veces son las aulas donde radica el mayor público consumidor de este tipo de libros. Es así que a los autores suelen ofrecernos realizar obras de este tipo (y los autores aceptamos o no, teniendo en cuenta el interés que la obra nos despierta y el dinero que se nos ofrece por trabajar en ella).

Pero, sobre todo, adaptamos porque las historietas son hermosas.

¿Por qué negarle a un relato la posibilidad ser contado en viñetas y dibujos? Yo, de ser relato, estaría encantado.

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