El cuerpo de la cultura – Editorial CLD 2- Junio 2013

Dicen en la radio que un profesor y sus alumnos diseñaron un algoritmo que logró codificar la partitura del himno nacional, a partir de lo cual tramaron cadenas de código de ADN e incorporaron esa información a una bacteria. Este diminuto ser no se ve afectado en su vida, lleva una información que no ve, a la que no puede acceder y que permanece ajena a su especie. Es un reservorio viviente capaz de reproducir la información y conseguir que al cabo de un día haya tantas copias de la misma como personas en el planeta.

Fernando Prada, el profesor que llevo a cabo tan particular hazaña, sostiene que hay que pensar un futuro cercano donde se comience a guardar información en moléculas. Para darle tamaño al fenómeno, sostiene que la información de los cincuenta y cinco mil libros que tiene la biblioteca de la facultad donde enseña podría ser almacenada en código genético al interior de una molécula, algo que pesaría alrededor de 0,1 gramo.

Este es un año particular para la Argentina porque cumplimos treinta años de democracia ininterrumpida. Tenemos ya una generación entera de profesores y maestros, de adultos responsables de niños y de jóvenes nacidos y criados en democracia. Jóvenes, los maestros y los alumnos, sin cicatrices.

Desde hace unos años se escucha un verbo nuevo: democratizar, o sea garantizar los derechos de todos los habitantes. Y desde hace menos, democratizar la lectura comienza a ser un punto en la agenda pública latinoamericana.

Palabras que brillan, grandes, sonoras. Palabras que no logran encerrar el esfuerzo individual que esto significa. La lectura es un derecho, o debe serlo al menos. Pero no hay posibilidad, como hemos sostenido desde estas páginas, de realizar una campaña masiva de lectura. La adquisición del hábito, la aparición de la mirada crítica, la creación del efecto subjetivizador, ocurre en el uno a uno, en un encuentro entre dos, en la conversación que permite poner en común una lectura.

La disponibilidad del soporte contenedor de la obra es la punta del ovillo. El problema central de la democratización de la lectura radica en construir seres capaces de acceder, de buscar y apropiarse de esa obra. Que no nos ocurra como a la bacteria, que no terminemos portando maravillosas piezas culturales sin tener acceso a su significado, ni capacidad de apreciarlas.

Nunca es tarde. Siempre puede ocurrir que la próxima vez que cantemos el himno descubramos un mensaje encerrado en su letra, que hubiera permanecido dormido ante nosotros por tantos años. En la posibilidad del descubrimiento también radica el valor de la relectura.

Nunca es tarde. Siempre podemos sumar nuestra voz a otros. En el coro, y en el respeto por la diferencia de sus voces, y en la armonía de buscar algo juntos, también radica la belleza.

Laura Demidovich y Valeria Sorín

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