Libros al resguardo

Por Daniela Azulay

Una columna se empieza a escribir en la cabeza. Al menos yo empiezo siempre a escribir en mi cabeza. Luego la vuelco a la computadora. Y durante todo este proceso se entrelazan teorías, literatura y por supuesto, todo lo cotidiano que sucede en esos días.

Y así esta columna cambia según el sitio donde me agarre, o según como sean las experiencias que hayan acompañado mis días previos a la escritura, las personas que haya visto, los libros leídos.

Hace tiempo, desde que me acuerdo, desde que aprendí a leer pero antes también, me apasiona la lectura, pero también me apasiona lo que sucede a partir de compartir libros. Estos encuentros que suceden, conmigo, conmigo y el libro, con el libro y otros, conmigo y con los otros.

Hoy, este escribir está atravesado por algunas lecturas, como el libro Leer, de Zaid, que reúne varios artículos de todo su trabajo, El sentido de la lectura de Angela Pradelli, delicioso, con el que me siento comprendida en mi avidez de capturar “escenas lectoras”, Para hacer un pastel de manzana, de Pablo Albo,  Hablar solos y la poesía del blog de Andrés Newman, Las cosas perdidas, de Lydia Carreras de Sosa, Al sur, de Felipe López de la Peña, Oficio de palabrera, de Laura Devetach… y algunos otros, siempre hay otros.

Una de las cosas que me gustan de este espacio es que a partir de la escritura, quedan sembradas otras  lecturas: lecturas de teoría sobre la tarea, lecturas sobre prácticas… lecturas literarias.

La construcción

En este artículo van a aparecer dos algunas citas importantes. La que sigue es originalmente de Walter Benjamin, pero yo la leí en El sentido de la lectura, de Ángela Pradelli. “Así como la tierra es el medio en el que yacen enterradas las viejas ciudades, la memoria es el medio de lo vivido. Quien intenta acercarse a su propio pasado sepultado tiene que comportarse como un hombre que excava.”

Qué lugar le damos a la lectura es motivo y objeto de reflexiones, pensamientos, lugares comunes también. Hay miles de modos de leer. Tantos como personas que leen. Pero a veces sin querer, quienes proponemos el acercamiento a los libros, a la literatura, alejamos la lectura, o por lo menos, si no la alejamos, no la proponemos, o en lugar de los encuentros, suceden los desencuentros.

Entre diciembre y marzo presencié en varias ocasiones algunas conversaciones de adultos sobre los libros y qué hacer con ellos después de que los chicos los leen. Con los libros literarios que propone la escuela.

Las lecturas literarias que realizan los chicos en la escuela. Los libros literarios que se les entregan a los chicos de la Ciudad  de Buenos Aires. Las lecturas sugeridas para el verano.

Estas conversaciones escuchadas me llevaron a pensar sola y con otros sobre la posibilidad de que los lectores puedan volver sobre los textos leídos,  sobre sus trayectorias de lectura.

Cuando cumplí cuarenta, decidí hacerles a mis amigos un regalo. Ese regalo fue un fragmento de alguno de los libros que me habían acompañado a lo largo de la vida.

Cuando armé el archivo de esos textos para imprimirlos, muchas veces me topé en la biblioteca con libros que había leído hacía mucho, algunos que incluso no recordaba, pero que automáticamente me llevaban a un momento, a un espacio, a un tiempo determinado. También tomé algunos fragmentos de la computadora con notas que había tomado de distintos libros que me prestaron o que luego me compré, o cosas que directamente había leído en formato digital. A partir de ese recorrido, que fue ese que construí en ese momento y seguramente sería otro si lo armara hoy, generé un archivo de textos recobrados. Es maravilloso el ejercicio elaboración del recorrido lector. Como mediadores es interesante hacerlo y volver a hacerlo, ya que aunque haya títulos o autores que se repitan, siempre es distinto, siempre hay algún descubrimiento, una excavación que nos lleva a otros lugares, a otras lecturas.

Entonces me pregunto algunas cosas. La memoria se arma con relato además de recuerdos. Uno recuerda lo que leyó, lo que vivió porque lo vivió, pero también porque escuchó los relatos de otros sobre esa vivencia, y muchas veces por objetos físicos, como los libros. Y pasa que al buscar algo, uno encuentra de sopetón un libro que lo atravesó, y eso que sucedió con la lectura se vuelve al cuerpo y se recuerda, o se relee un fragmento.

Lecturas perdidas

Hace varios años que el Ministerio de Educación de la CABA entrega textos literarios a los alumnos de todas las escuelas públicas con el objetivo de que armen una biblioteca personal. Es también sabido que varias escuelas, en su mayoría privadas, pero algunas públicas también, ofrecen listados de lecturas para el verano.  Entonces, nosotros como mediadores, como docentes, ¿qué proponemos cuando los chicos traen esos libros de regalo a la biblioteca? ¿Qué hacemos, incluso como padres, cuando se ofrece la venta al final o al principio del año de todos los libros que se leyeron el año anterior, o de las lecturas para el verano sin una necesidad económica sentida que lo justifique?

Nosotros como mediadores podemos trabajar en esto, intentar que los chicos se apropien materialmente sus bibliotecas. Podemos pensar estrategias para que se puedan habilitar lecturas posteriores, relecturas, el volver sobre un libro que nos encantó, que nos entristeció, que nos marcó de algún modo. Es un desafío trabajar con los chicos y las familias esta construcción

Encontrarse en la lectura

El libro siempre puede ser un lugar a donde volver.

Al terminar el año en la biblioteca de la Asociación Civil La Vereda, les entregamos todas las personas que pasaron por los talleres una lista de los libros que circularon durante el año. Nos parece interesante ese lugar de la biblioteca, el de ser un poco la memoria colectiva de lo que sucede con las comunidades de lectores que la visitan.

Cuando algún chico trae su libro para dejarlo, porque ya lo leyó, porque no lo quiere más, porque tal vez no era su momento para leerlo, le decimos que lo deje para compartir, pero que sigue siendo suyo si lo llega a querer nuevamente. Y conversamos sobre estas cuestiones extrañas que tienen los encuentros: muchas veces el momento en el que un libro llega a nuestras manos no es el momento en el que estamos listos para leerlo. Si lo regalamos, lo dejamos en otro lado, lo vendemos perdemos la posibilidad de que el encuentro se vuelva a producir. O que se produzca en algún momento.

“Si, como afirma Virginia Woolf,  “los libros descienden de libros”, entonces también  nosotros lectores, descendemos de lectores.” dice Angela Pradelli en El sentido de la lectura. En ese sentido, se pone en juego el lugar que muchas veces como adultos no le damos a la lectura y a los libros. Si hoy mi casa no se hubiera inundado, si no estuviera escribiendo en la cocina rodeada de libros, cuadernos, ropa y colchones secándose cerca del horno. Si hoy no hubiera visto muchos libros mojados, tal vez esta columna hubiera tocado otros temas. Esos temas quedarán para un próximo encuentro.

Daniela Azulay es parte de la Asociación Civil La Vereda, con la que ganó el Premio Vivalectura 2013. ¡FELICITACIONES!

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